| A PROPÓSITO DE VOTO DE SOLITUD |
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Alberto Añez Medina, el mismo del ya famoso poemario Swing con Song, Lucky Bar Poems y otros que sin ser de poesía se sumaron en calidad y placer estético literario para que el jurado, le acreditara en su versión 2007, el Premio Regional de Literatura del estado Zulia, es también el autor de un denso poemario intitulado Voto de solitud (Ediluz, 2001). Quien bien lo conozca sabe que Alberto es un irreverente empedernido que si no tiene peleas las inventa y entonces, en la imaginación de los hechos, inicia sus narraciones mientras su ceño se arruga, su antológico abdomen se inflama para inspirar fáciles caricaturas y es capaz de golpear con la facilidad aprendida en los bares, las mesas de los modernos cafés que ahora visita, en una obediencia solamente ofrendada al amor de las mujeres con las cuales convive, en el silencio cómplice de unos libros que se tornan amigos dilectos en las horas de soledad. Estamos de acuerdo, todos conocen Swing con Song y Lucky Bar Poems. En el primero, la expresión de este inconforme, por suerte irredimible contestatario, polémico, que llega a diagnosticar casi de muerte a una escuela de letras que lucía entonces decadente hace más de cuarenta años. En el segundo, el canto a los bares, la rocola, la caña, a la mujer; especie de síntesis que acuña “la memoria anclada en la barra”. Sin embargo, pocos conocen ese inmenso poemario que ha pasado discreto ante la crítica que hoy día parece no interesarse de los libros que se producen en el país. Se trata de lo que considero uno de los mejores poemarios de Alberto Añez Medina; Voto de solitud, especie de cancionero dedicado a ese otro grande de las letras y la plástica como lo fue Carlos Contramaestre, el mismo de la propuesta ballenera y de Homenaje a la necrofilia, de amplia ocupación y preocupación de las clases poderosas desiertas de humor ante la realidad inexorable que es la muerte y socio anónimo de la violencia en todas sus manifestaciones. Pues bien, Alberto Añez Medina, guiado por el ritmo, cadencia y estructura del poema, canta y musicaliza la vida de Contramaestre donde él mismo se torna emisor y receptor y ciertamente polifónico porque el decir de los textos compete a más de una voz y aun cuando cada uno se exprese, a modo de sonidos, forman una unidad armónica, robusteciendo así la significación y el despliegue en una aparente referencia hiriente que simultáneamente se torna apologética. Todo lo anterior es resultado de la confrontación con la realidad y el juego dialéctico que del método, Alberto aprendió del marxismo leninismo, para hacer todo lo contrario, si era impuesto, lo antidialéctico, es decir, cuando trastocara la erótica, el botiquín y las mujeres que en trilogía y al son del aguardiente son: la misma cosa. ¿Quién y a quién se escribe y canta en Voto de solitud? El cancionero comienza con un Tedéum Libérrimo: Escribí entre querencias/ asumí el erotismo/ disfruté la ojeriza/ y mortifiqué la celotipia. Padecí entre resacas/, enfrenté el sermón púdico,/ eludí morir por cuotas/ y logré vivir a placer./ Hoy que canto la solitud, /amanezco de síndrome, / atardezco de plenilunio/ y anochezco de serenata. Antes de responder reproduciré parte de un texto de Carlos Contramaestre (Erotismo: Ojo de la memoria), donde expresa: “El deseo, la imaginación erótica, atraviesa los cuerpos, los vuelve transparentes. O los aniquila. Más allá de ti, más allá de mÍ, por el cuerpo, en el cuerpo, más allá del cuerpo, queremos ver algo. Ese algo es la fascinación erótica, lo que me saca de mÍ y me lleva a ti. No sabes a ciencia cierta lo que es, excepto que es algo más. Más que la historia, más que el sexo, más que la vida, más que la muerte”. Intuyo una correspondencia en los dos textos que no hace sino plasmar la dimensión humana de Carlos Contramaestre resumida en un contexto donde lo erótico sobrepasa lo sexual y lo lúdico y vida y muerte aparecen ciertamente como la unión de los contrarios que en Contramaestre se sintetizó en aquello de “vivir la muerte y morir la vida”. Víctor Bravo en su libro Ensayos desde la pasión (Caracas, 1994) señala que: “El amor, indisolublemente emparentado con la muerte, hace del vivir una intensidad que, paradójicamente, se plantea a ratos como la negación misma de la vida. El “Muero porque no muero” del místico y la entrega del enamorado se emparentan en este renunciar al vivir por una intensidad que es una forma deseada del morir donde el ser alcanzará una trascendencia, donde la negación de la muerte será vencida por la intensidad de lo amoroso; donde como podríamos decir recordando a Quevedo, seremos polvo, más polvo enamorado”. Pareciera que Contramaestre dio a la muerte el lugar que Freud en contra de todo convencionalismo expresaba de la misma: ¿No sería mejor dar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta ahora hemos reprimido tan cuidadosamente? (Freud: El malestar en la cultura. Alianza Editorial, 1973. P. 123). En palabras del mismo Freud, “Si vis vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte” Ese tránsito por lo contestatario, la irreverencia, el amor, el erotismo y la muerte serán la referencia de Contramaestre en textos como Tanatorio o Piel de Ángel y lo es también de su Cancionero. De allí pues que la respuesta a la pregunta planteada es: Ambos se escriben y cantan. Es el canto al erotismo, a la vida a la muerte, especie de exorcismo para desmantelar lo absurdo y alumbrar caminos; urdimbre reveladora de utopías. Alberto Añez Medina estructura su canto en varios movimientos: Salmodia mixteca, Oración caribeña, Miserere porteño y Mosaico orillero para terminar con un Réquiem idólatra pero en todos ellos la constante es el bolero, sí, el bolero vuelto ranchera, tango, expresión de la nostalgia, vida, muerte, resurrección, odio, rencor, pena, todo ello sin descuidar por un momento el hilo conductor del canto que, paradójicamente y en aparente contradicción, son todos solemnes; alusión a textos litúrgicos para misas de difuntos y hasta un himno de alabanza (Tedéum ) con cuyas denominaciones sacras se nutre un contenido altamente poético pero desacralizado. Así nos encontramos con elementos claves como: conjuros, estigmas, novenarios, silencios conventuales, letanías, ablusiones, en clara oposición a otros como: íngrimos desvaríos, sutiles embelesos, arpegios del trago, impío guayabo, bala perdida, vuelto del despecho; giros poéticos musicales que van de lo sagrado a lo profano, en un intento por escudriñar las zonas abisales de quienes se comunican a través del canto y la escritura. A lo largo, los cantos se comparten y entonces los versos estructurados en tiempo verbal imperativo y segunda persona del pretérito, llegan a la ruptura de una tensión que culmina en necesaria exaltación de la pena compartida: He naufragado/Contramaestre,/ con tanto estupor a igualar/ tu pena sobria/ que trasegaba meditabunda/ su lamparazo,/velado indeclinable/ por el olvido./ Bandonéame / que puedo enmudecer. ¿Queremos acaso mayor expresión, inigualable grito de desesperación? Es la profundidad del tango, lacerante, es “el destape arrabalero”,”cambalache sin escolio” o acaso la inminente identificación . En el segundo canto de Oración Caribeña, leemos: Ese saciarte sin fin,/ esa duda por expresarte ilícitamente/ y después que vaina tan buena,/ derrapabas el odio y enmorecías los celos/. Cuando como un bolero es deslastrado/ por el creador tremebundo/ y no logra el magma necesario:/ lo exprimirá, lo está exprimiendo./ Como cuando un recuerdo desnudo/ bifurcaba tu neurosis,/ sin hablar y sin querer cantar,/ obliterando el orificio de la ballena. Vislumbramos de nuevo el erotismo, entendido como persecución de la desintegración, sustancia de la muerte, la búsqueda incesante para llegar al hartazgo, esa sed constante que no se sacia, “la cadena confusa de deseos”, “las emociones fijas”, “torvas” y luego, “el silencio”, la humana partitura de la vida musicalizada de Contramaestre. Alberto Añez continua demostrando en este libro su profundo conocimiento de lo humano, la grandeza y debilidades en las que solo oscila el hombre, de modo que no pudiéramos pensar que actúa como un psicoanalista que escudriña conductas para deducir patologías, porque en todo caso la emoción y la identificación también lo invaden y al final el lector encuentra en la obra un mesurado lenguaje que en las transgresiones de lo común, luce enriquecido erigiéndose así en una posibilidad expresiva singular que distingue al autor de propuestas poéticas reiteradas. El cancionero culmina con un mosaico orillero con el que parece terminar lo que el autor mismo ha dicho en el poema vii de Miserere Porteño “…escancia mi perorata ”. En este último canto destacan los elementos simbólicos con los cuales han sido construidos: embeleso, enguayabado, despecho, rocola, depresión, ausencia irredenta, tanatorio errante, erótica fondeante, reclamo mortal, caída desahuciada, ilusión furtiva, sortilegio erótico. Todos ellos signos inequívocos del Cancionero. Sin dudas, Voto de Solitud es quizás el mejor homenaje poético que se le haya podido rendir a Carlos Contramaestre, una vida hecha poesía, cancionero, endecha. |
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