MIGUEL GOMES

The University of Connecticut-Storrs

   
 

Miguel Ángel Campos . La fe de los traidores. Maracaibo: Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, Universidad Católica Cecilio Acosta. 2005.

 

La obra de Miguel Ángel Campos ilustra varias tendencias del ensayo venezolano de fines del siglo XX y principios del XXI. Luego de un período de treinta años en que dominó un tipo de escritura imbuida de una “moral de la forma” (como la ha denominado, con toda razón, Óscar Rodríguez Ortiz) y una gran variedad de inquietudes que, sin embargo, acababan persistentemente girando en torno al lenguaje y, sobre todo, a la fenomenología de lo literario, el decenio de 1990 y lo que va del decenio de 2000 ha visto un regreso al cuestionamiento menos velado de la realidad nacional. Es obvio que la explicación puede hallarse en la crisis económica y social que desde 1989 se ha hecho dolorosamente visible, pero debería incluir una necesaria matización: el nuevo ensayo de lo nacional no reacciona del todo contra el que lo precedió, sino que más bien conduce sus imperativos estéticos a terrenos temáticos urgentes. Del diálogo que así se entabla entre la tradición literaria y la vivencia, surge un sujeto letrado enriquecido por un responsable (aunque no ingenuo) diseño de puentes entre la “alta cultura” y otras arenas sociales donde se distribuyen, con reglas propias, los bienes simbólicos o materiales de la sociedad.

No es poca la distancia crítica que a la realidad nacional como objeto aporta una escritura como la de Campos, consciente de sí misma y de los abismos del lenguaje. Quienes desde las postrimerías del modernismo hasta poco después de la segunda mitad del siglo XX más se destacaron en la indagación de lo “nuestro” (Picón Salas, Uslar Pietri, Briceño Iragorry son nombres memorables), lo hicieron calculada o accidentalmente expresándose mediante hablantes semiproféticos y magisteriales que de manera sutil demonizaban usanzas que no coincidieran con la suya. Esos enamorados de la modernidad, enamorados de los valores ilustrados con que “los grandes varones de la nacionalidad” (Briceño Iragorry dixit ) fundaron la patria, neobolivarianos, neobellistas y, a veces, también admiradores (aunque no seguidores) de Simón Rodríguez, recaían no obstante en la flagrante y no deseada trampa de una visión cíclica de lo que debería ser, según su sistema de pensamiento, la historia lineal de la patria. De un modo u otro, el progreso anhelado recurría a la recuperación de orígenes, a la corrección de desvíos en la que forzosamente había que empezar de nuevo desde un conjunto de ideales perdidos. La serie de ensayos que Campos reúne en este volumen, sin dejar de honrar a los viejos exploradores de la nación donde es debido, se estructura, por su parte, gracias a un cuestionamiento de varios de esos discursos que nos obliga a ver su parentesco con las lamentables regresiones actuales del “redentorismo” estatal que “emerge, en momentos de rectificación, como hecho protocolar, vacío informe de un tiempo de falsas esperanzas” (p. 71). El conflicto de lo que la “fe” y la “traición” suponen en el título condensa con las virtudes del oxímoron el centro de la cuestión, la cualidad aporética de los mesianismos que sacrifican la mayor utilidad del realismo sociológico en aras de optimismos a la larga ciegos y en aras de la exaltación de lo heroico con que, una y otra vez, ha querido identificarse el “ser” venezolano.

La fe en el “pueblo”, sugiere Campos, ha arrastrado a nuestros pensadores a “apologías de lo gregario” (p. 73) y a devociones que “no se desprenden del análisis sino de una elección” (p. 74), es decir, un ideal que antecede a las evidencias que arroja la historia, inmediata o no. Los forzados intentos de mantener coherencia en medio de esa escisión del hecho y el deseo produce obras y visiones melancólicas ( Prosas de llanto , como insinúa Campos a partir de un título póstumo de Biceño Iragorry) en las que, con todo, podemos observar constructivamente “el alma dividida de doctores y traidores” (p. 81). De esa relativa tragedia del intelecto, en efecto, puede aprenderse que la “vindicación del pueblo como numen” (p 78), idealismo de cuño herderiano, constituye, a estas alturas, uno de los mayores peligros para “aquello que sea la condición de lo venezolano” (p. 13). El “Nosotros” heladamente escueto, irónico hasta el desgarro que da título al ensayo con que se abre el libro delata de una buena vez el juicio sumario al que se someten las entronizaciones cándidas de lo colectivo propias de la retórica de los “maestros del pueblo” (y de los demagogos que, hoy en día, sin el talento verbal de aquéllos, repiten sus tácticas, descontextualizadas y manipuladas con fines para nada democráticos).

El de Campos es un nuevo ensayismo de lo nacional, pero, por fortuna, no un nuevo ensayismo nacionalista (y por nacionalismo entiendo un aparato de fórmulas para encaminar a la comunidad a los disimulados rediles de ciertos grupos e, incluso, de ciertas personalidades que explotan los esfuerzos de las mayorías). La tesonera acusación que arroja contra el síndrome épico con que suelen organizarse nuestras prácticas políticas o nuestra visión de ellas es la prueba más patente de cuál es la falacia que ve La fe de los traidores en los nacionalismos circulantes: “en adelante deberíamos recelar no tanto de la vida privada como de la pública; ésta ha sido el modelo de un intercambio fracasado y fraudulento” (p. 19). En lo que concierne al arte y las letras, la advertencia de Campos no es menos clara: la “ineptitud para mirar hacia dentro, para ensimismarse, trae nuestros largos períodos de literatura criollista, dolida y mimética” y “una ciudadanía de registro, hipócrita y contable, [que nos] dispone al descrédito de la vida solitaria” (p. 88).

Otra prueba de la constancia de esa postura se localiza en el comportamiento del personaje ensayístico mediante el cual Campos dramatiza su pensamiento. En contraste con los profetas o los maestros solemnes, se trata de un acompañante discreto, nada estentóreo, de las ideas de los demás, que incluso elige el presente de indicativo para relatar la inmediatez de la experiencia de lectura y de la comprensión en pleno desarrollo de los textos que comenta. Esa técnica homenajea, en cierta forma, al Picón Salas de obras maestras como De la Conquista a la Independencia , pero la inteligente timidez que predomina en La fe de los traidores adquiere un cariz trasgresor, que raya en la inversión humorística del modelo si consideramos que el presente histórico de Picón Salas lo ponía, solapadamente, a protagonizar su versión del pasado continental (tal como un nuevo Bolívar letrado, el ensayista nos guiaba hasta la Independencia que aparecía en las últimas páginas, cuando la escritura se completaba: país y ensayo se hacían uno).

Pese a lo anterior, ha de repararse en que la casi invisible presencia de Campos, en la ocasión más oportuna, se configura de pronto como sujeto perfilado, ni plural ni evanescente, capaz de narrar anécdotas donde la exploración intelectual arraiga en el dato personal (p. 49) o capaz de aprovechar con nobleza lo que hay de lúcido en el sarcasmo: “Siempre me he preguntado por qué en posesión de estos hallazgos [las certeras denuncias de Miguel Ángel Pardo en Todo un pueblo ] fuimos a buscar el origen de nuestros males en explicaciones tan poco interesantes como la llamada teoría del imperialismo , por ejemplo” (p. 96). La duda del ensayista se despeja con los elegantes argumentos que ha sembrado en otros pasajes del volumen fingiendo casualidad o descuido: exigimos soluciones al exterior porque nos falta ensimismamiento; porque, probablemente, no nos damos como comunidad los valores sociales a los que sólo acceden los conjuntos organizados y armónicos de auténticos individuos, tan distintos y distantes de los detritos arquetípicos del inconsciente colectivo con que suelen disfrazarse los héroes de profesión, los concientizados buenos salvajes para el consumo progresista o los ya muy cansinos jeremías del destino patrio.