AJENAS CREENCIAS
Emilio Valero nació en la Guaira , hoy estado Vargas, su infancia transcurrió en Betijoque, estado Trujillo, allí cursó sus primeros años escolares. Se traslada a Maracaibo a fines de los años sesenta y estudia Educación en la Universidad del Zulia. En esta ciudad desarrolló una intensa actividad vinculada al periodismo literario, colaboraciones suyas están dispersas en periódicos de la ciudad y en revistas institucionales. Durante un corto tiempo publicó en órganos de Caracas, es la época de su amistad con escritores como José Balza y Argenis Rodríguez. En 1998 recibió el Premio Regional de Literatura que otorga la Gobernación del Estado Zulia.
En su primer libro, Para alumbrar olvidos, Emilio Valero (1948-2001) mostró una gran soltura en el manejo de textos breves, densos y cargados de atmósferas nostálgicas de la infancia, fijan un mundo de acuerdos rotundos. Hay también otras líneas de continuidad en su narrativa, elementos contemporáneos que forman un universo: cine, música, deporte y crónicas. Quien fuera poco dado al tráfago de ciertas experiencias, se muestra en este texto como espectador interesado en las consecuencias de los sucesos. Lo rural diluido y como en sueños nutre su intento de situar el ruido de lo urbano. Lenguaje vigilado y casi austero, la economía está en función de conflictos que deben sobrevivir a su propia elocuencia. Un deseado tono impersonal empuja sus relatos dándoles la objetividad de la pura descripción, informe que fluye desde lo sensible y no de los juicios. Lo obsede, no obstante, el destino de los seres que se encuentran para reivindicar sus genealogías: el pasado común, filiaciones de familia y otros vínculos. Una secreta fe en la comunicación los hace portadores de datos para el acuerdo y el reconocimiento.
Sus otros libros son: La gruta alucinante (1991) ensayo, y Para alumbrar olvidos (1993), relatos.
Silvio Díaz
PROLOGO
Aquellos días de 1974 en Maracaibo parecían ideales para compartir lecturas e iniciar una carrera literaria, y Emilio Valero tenía, al igual que yo, algunos años viviendo en la ciudad. Había aún una cierta calma detectable en esas tardes disolviéndose en la lenta noche, solíamos vernos en la Biblioteca Municipal y de allí salíamos a caminar y hasta terminár en algún café, por entonces bastante escasos. Las visitas a la librería Cultural siempre resultaban en algún hallazgo, recuerdo mi encuentro con el tomo de ensayos de A. Mariño Palacio, ordenábamos lecturas y era como hacer un inventario de lo conocido y también de la vastedad de lo ignorado.
Emilio venía de un pueblo andino y traía con él un horizonte menos apacible que extenso y tal vez cargado de tensiones y rumor. Hablaba poco y era de una discreción inaudita, casi nunca se sentaba, permanecía de pie y con las manos detrás, pero nada escapaba a su atención, vigilante y cortés uno adivinaba las huellas de una educación familiar metódica y ceñida por el respeto a los mayores. Eran frecuentes en aquellos setenta las presentaciones de libros y exposiciones que atraían a un público nada desdeñable, relaciones con escritores y gente del mundo de las oficinas culturales creaban la expectativa de algo mayor. Como todo autodidacta deslumbrado por la literatura, Emilio decidió estudiar una carrera más bien protocolar, ajena a la escritura misma, se inscribió en la Escuela de Educación, de la Universidad del Zulia donde estudió la mención Biología. Tiempo después José Balza, en ocasión de publicarle unos textos en el periódico de la UCV , se preguntaba curioso cómo evolucionaría esa relación literatura-biología y traía a colación los consabidos nombres que fueron famosos y venían de la biología.
Sus labores de profesor en liceos de la ciudad lo anclaban en esa rutina de responsabilidades indiferentes y a las que él respondía de la manera más formal, no faltaba a clases y sobrellevaba con paciencia la guasonería de los alumnos, ellos seguramente nunca supieron que les daba clase un lector de Pavese que escribía con la pulcritud de un cirujano, y seguramente hubiera podido enseñarles más en una clase de redacción y expresión. Posiblemente esa actividad no se avino bien con su salud, lo vi resentirse en los últimos años y no parecía entusiasmado con aquella rutina, se encerraba en su casa y dedicaba el tiempo sobrante a trabajar en sus relatos, y también a leer las actualidades de la región, libros de amigos que buscaban la gratificación de una nota, alguna revista que no saldría más. Se dedicaba a comentar esas publicaciones y atendía solícito la petición de escribir una reseña de un libro que le lleváramos. Quizás con asombro recibió la noticia del Premio Regional de Literatura, si alguien no tenía pretensiones con su labor intelectual era él, anteponía a cualquier exaltación y elogio la camaradería y las buena maneras, un culto a la corrección y el respeto por el otro eran una única actitud en quien estaba siempre atento y dispuesto para su interlocutor. En alguna oportunidad me mostró una pintura que había hecho del paisaje del fondo de su casa de Betijoque, me tomó una fotografía exhibiéndola. Y ese gusto por describir su tierra está presente en buena parte de sus narraciones, pero nada de grandes historias ni tramas ajenas a una ecología, más bien domina en ellas el eco del pasado retenido por el oído y las imágenes de la infancia, aun cuando esta sea más un estado que una cronología. Ríos y quebradas, caminos y atardeceres, rastros de los mudos indígenas y sus relicarios, nombres ya en desuso dados a lugares y cosas, son todos iconos de una relación donde un mundo reaparece y nos transmite su vigor. Ese catálogo se fue haciendo menos aislado y así vemos cómo incorpora a esa memoria rural y campesina elementos de la contemporaneidad citadina, exhibe una rara capacidad para ver los equivalentes urbanos de la vida enterrada y brumosa de lo agrario.
Sus relatos están poblados de referencias a gestiones del pasado de Maracaibo, pero desde un ángulo que nada tiene que ver con el costumbrismo y el color ruidoso de sus cronistas. Frases de personajes, malentendidos de la oralidad, similitudes, son recursos que en sus relatos adquieren el tono de la ficción dispuesta a elaborar, a construir desde la indagación y por encima de la mera información. Más que sus lecturas, es reconocible en su escritura una determinación de hacer eficaz el lenguaje, de ponerlo en función de la sinteticidad de lo imaginado, y esto podría ser la manifestación del escritor capaz de juzgar el oficio y no sólo de ejecutarlo, aporte orientador de la expresión, herencia de todo auténtico escritor. Maracaibo parecía demasiado ruidosa para él después de aquellos setenta, y sin embargo supo emparejar para ver escenas y tomarle el pulso a un escenario, adelantó una obra y configuró un sentido para unas relaciones. También dedicó tiempo a organizar la gestión de sus narradores, su libro La gruta alucinante es un útil regalo para los investigadores, allí fijó herencias y orígenes, valoró y marcó con adjetivos casi todo el proceso narrativo de la ciudad hasta principios de los noventa del siglo XX; nombres y libros, temas y estilos, es como una visión simultánea de más de cien años de escritura de ficción.
Este libro, Ajenas creencias, tal vez complete todo lo escrito por Emilio Valero desde una experiencia de lecturas y proyectos, lo acumulado a lo largo de varios años intensos pero también dispersos en la escasa oportunidad de editar y confrontar: mal del medio. Visto desde hoy nos podemos dar cuenta que su esfuerzo apuntaba sobre todo a hacer una obra marcadamente literaria, si tenía muy presente las tradiciones del entorno, lo que llamaríamos los antecesores, le preocupaba asimismo el formato de unas escrituras, y en ese sentido sus libros mantienen una atenta relación con el género. Esto sólo es posible conociendo a fondo las genealogías, el rumbo de una evolución. Era conciente de ese riesgo del obvio pecado de repetir recursos acomodaticios, narrar sobre la gratuita eficacia de procesos cumplidos. Esto es claro en ese afán suyo de evitar la linealidad, la anécdota pura que se presenta a sí misma, sus relatos están poblados de entradas y salidas, citas y referencias como para entendidos, es una manera de llamar la atención sobre la condición misma de la expresión: esta no es inocente, no es información. Ese caligrama de uno de los textos finales de este libro, por ejemplo, es un recurso para decirle al lector que hay otros lugares donde ir a buscar, hacerlo salir y dar vueltas y volver, forzarlo a imaginar sin necesidad de proponerle enigmas ni disquisiciones. Tiene el justo valor de una pausa. Admirador, sin duda, de la narrativa corta, tal vez fue a él a quien por primera le oí hablar de Pavese, Kafka, Rulfo, eran sus devociones junto a Armas Alfonso. Lector empedernido de novelas, cuando intentó el género le salió lo que constituye la parte final de este libro. Y esos juegos de palabra son su manera de humor, no podía ser otra en alguien tan serio, tan cuidadoso. Pero también hay anagramas e identidades indirectas, nos está diciendo que la realidad por muy plástica y diversa no es la materia a moldear, tan sólo el disparo capaz de configurar otra realidad, y en ese sentido otros nombres son necesarios, otras entidades.
Miguel Ángel Campos
(TEXTOS SELECCIONADOS)
Bostezos al anochecer
1
Los torbellinos invaden mi existencia a corta edad. Torbellinos que dejan firmes huellas, y acuden siempre a los sueños. Ellos creados sobre áridos techos, en un campanario de iglesia en la comarca, invadido por golondrinas. Ellos tallados en pasos tardíos de sacristán, y en voces de catequistas. Así acuden los ritos iniciales.
2
La humildad pastaba verdosas e interminables llanuras. Esperaba una mañana cuando rompí esa jarra blanca y negra con leche. Lloré, no porque la había roto, no porque iban a pegarme cuando llegara a casa. Sí, porque vi la humildad por vez primera. Esperaba, cuando giraron cerca los torbellinos, danzaban en el cinc caliente. Construí mundos geométricos, figuras coloreadas, imaginarias selvas, y finitas líneas correteaban en la plaza despejada. Esas formas giraron en los pozos, en botellas usadas para pescar. O, en la callejuela, donde reuní experiencias, y proyecté detrás de compañeras vistosas persecuciones en juego.
3
Mientras la ración de todo andariego concluye al anochecer, ésta ración no posee límites. Por eso, ciegos y dementes son mis amigos. Ante esa niebla, que oculta la visión o la razón ¿tienen ellos alguien que los envidie? Si, hacia ellos arruman rencor otros. Sin embargo son dichosos, y así destierran por siempre algún resto de felicidad.
4
Ante la última caída de los amigos, sería inútil idear nuevas palabras. Esta caída definitiva, absurda, más que otras cosas deja en mí la máxima expresión de algo concluido, aun cuando no llegue a creerlo absolutamente. La muerte, de ellos y de ellas, no es más que un renacer en la edad nuestra, visto desde éste lado. Una continua repetición de frases con el “paper-mate” del último regalo, precisamente minutos después cuando el silencio acompañó a una de ellas. Y, nuestra inconsciente penitencia, sería mojarnos hasta llamar la atención, con los ascensos por la calle en tarde lluviosa. Mientras regresamos bajo el fresco olor de la tierra, del adiós, y del reposo.
5
Afuera, el viento consume el silencio y sigue por la orilla. Llega hasta casa de noche, cuando sólo uno continúa despierto. Y, escucha gorgoteos de anfibios, que conjugan y despiden conciertos. Mientras las sombras confunden luces en el patio, separo los párpados de ranuras en la puerta trasera. Escucho avanzados ronquidos.
6
Sencillo payaso de circo recorre calles, más allá de algarabías gratuitas. Aprovecho los días siguientes para jugar, no al circo, ni con máscaras. Solo, prendido de la arena busco insectos arrastrados por única lluvia, en caravana de alas, y aguijones, y sonidos dilatados frente a los árboles. El circo perdura entre semanas. Son muchos los golpes recibidos del gordo payaso, que inquieto guardo ganas para siguientes temporadas.