NUEVOS TEXTOS

 

Arcángeles

Cuando finalmente abrieron el sarcófago un par de nubes se elevó desde la oscuridad interior. Contrastaban y asombraban por su semejanza con las que habían visto en el cielo esa mañana. Notaron, cuando estas subían lentamente, que de ellas se desprendían, expectantes como gotas de agua que penden de una cornisa antes de lanzarse al vacío, un par de plumas plateadas pertenecientes, según el decir popular, a los arcángeles que solían visitar el cementerio.

Fragmento

Repentinamente recordé lo que ella repetía..cuando nos amamos yo me voy a otro sitio. Quiero que me entiendas... mi cuerpo está aquí contigo y siento y disfruto lo que hacemos. Mi piel y mi corazón están aquí contigo, pero mis pensamientos y mis ojos se marchan lejos. Atraviesan el mar, suben montañas, caminan desiertos hasta llegar a una casa en la que soy niña y camino por unos pasillos largos y altos en los que el viento que viene de no se donde, mueve unas hermosas cortinas, unos suaves tules que parecen flotar. Es un mundo distinto que se mueve y respira muy despacio...como tu cuando duermes a mi lado. Es una casa o un castillo...en realidad no lo se, pero camino buscando una ventana. La claridad entra a través de los tules completamente tamizada, pero puedo saber que afuera hay un resplandor inmenso como si estuviera cayendo un aguacero de luz, deslumbrante como una chispa en la oscuridad. De repente cuando al fin llego al balcón, después de atravesar aquel mar blanco de tules sinuosos, se ha hecho de noche. De en medio de la nada que se extiende hacia el infinito, de algún lugar de esa oscuridad perfecta llega el brillo de las estrellas que parecen estar cayendo del cielo; pero no son estrellas. Son fuegos artificiales que estallan silenciosos por todas partes. Brevemente lo iluminan todo, mientras sin verte escucho tus jadeos. Son mínimos, apenas audibles como si llegaran de muy lejos. Después me escucho con unos grititos que no parecen míos, que no reconozco, que no me parece haber escuchado antes. Luego hay un torrente de luz que me encandila. Es como un rayo supremo que parte el cielo en dos y me trae de vuelta a tus brazos. A este nido hermoso de tu pecho. Descanso. Sonrío. Duermo hasta que vuelves a despertarme y te hago mío, otra vez, en un mundo ajeno, en un tiempo ajeno que se mueve a otra velocidad...como tu pecho...cuando duermes a mi lado.

 

Humedad

Justo cuando abrió los ojos y sintió la luz, le dieron con una puerta en la cara. Inmediatamente pensó que el mecanismo de la realidad no estaba funcionando correctamente. En medio de la oscuridad le pareció escuchar algo como gritos y llantos un tanto apagados por la distancia. De lo que no tenia duda era que lo movían sin poder comprender de qué se trataba. Era un movimiento lento, ritualista, que lo conducía hacia la nada oscura e infinita. Afinó el oído sin lograr identificar algo familiar o conocido, mientras los movimientos continuaban ahora más suaves y largos. Finalmente le pareció llegar a un sitio donde lo movieron otra vez. Lo bajaron hacia alguna parte.

Lo comprendió todo cuando identificó un sonido como de arena húmeda cayendo sobre el ataúd.

 

 


 

 

La Cita

Hace más de una hora que está sentado. Espera. Muchas personas han llegado y se han marchado luego. Ha ordenado varios cafés sin que el poco gentil mesonero se haya molestado en quitar las tazas. El paisaje humano es cambiante. Insiste en mirar a la puerta. Cualquiera de las personas que entra podría ser la que espera.

La alegría inicial, la posibilidad del encuentro lo había animado a comenzar el día. Me llamó, se levanta; me llamó, se afeita; me llamó, se viste; me llamó, vuelve a vestirse; me llamó, y ya es una cancioncilla que canta su cuerpo; me llamó, sale al encuentro. El lugar lo habían elegido rápidamente mientras conversaban y hacían un recuento de los años sin verse. Les pareció lo más lógico o lo más fácil ir al lugar de siempre, al mismo que habían evitado ante la posibilidad del encuentro casual. Ambas partes confesaron no haber ido nunca para no verse y no saber controlar la situación.

Prometieron puntualidad y ahora no llega. ¿Sería que me estaba tomando el poco pelo que me queda? ¿O será que pensó que se trataba de una broma de mi parte?. Una treta sólo para molestarla y burlarme. ¡ No puede ser !. Hablé claro y sinceramente ... ¿Será que me entendió mal cuando le dije que podía pagar por darle lo que se merecía?. Es posible que aún se sienta culpable y crea que le voy a recriminar algo. Ya está..., se dice el hombre con toda la seguridad de la duda, posiblemente aumentó de peso y se siente o realmente está poco atractiva, gorda o muy delgada, o quizá ha envejecido prematuramente y ya tiene la piel arrugada como la de los ancianos.

También es posible, piensa mientras mira fíjamente al estacionamiento donde está parado un carro como el que usa la persona a la que espera, que no haya tenido un vestido apropiado para deslumbrarme y saliera temprano a comprar uno amplio y luminoso como sabe que me gustan. Sin duda es eso, se dice con la seguridad tonta, con la naturalidad absurda de los amantes que se creen eternos. Sigue pensando mientras con una señal ordena otro café. Ya no gasta palabras con el empleado. Ahora se fija en el lugar que no parece ser el mismo de antes. Al menos ya notó que el servicio ha disminuído en calidad. Mira la decoración. Está muy cambiada pero termina identificándola por el papel tapiz cuyo dibujo imita unos ladrillos que después de tantos años son casi color tierra. Las sillas están recién tapizadas pero la estructura es igual a la de antes. Los afiches descoloridos continúan invitando a exposiciones y ferias y asambleas a las que ya no podrá llegar a tiempo. El piso está sucio y venido a menos. Se podría decir que existen canales en su superficie, en los sitios donde el tránsito humano es mayor. Las lámparas lanzan una luz opaca que sólo en algunos casos llega hasta los objetos, el resto de las veces se queda en el camino. Los bordes de las tazas están golpeados, el mantel manchado y las personas que entran y salen forman un conjunto armonioso con el local. Llega el último café que ordenó. Parte del contenido de la taza forma un pequeño océano en el plato.

Hace mucho tiempo que espera. Mira al estacionamiento y el carro no está. En otro momento. En otra época se habría levantado para ver la placa, y dejar una nota pegada al vidrio e informar donde estaba. En otra época...

- ¡ Vaina ! - la expresión se pierde en el barullo de mercado que hay en el lugar. Ahora piensa ... ¿Y si es eso? ¿Y si llegó y me espió, no le gusté y se marchó? ¿Quién puede negar que no soy yo el que está más gordo y no luzco como antes? Debo reconocer que no soy el mismo. Me falta cabello, tengo un poco de panza y a esta edad debo tener algunas arrugas que yo no noto por la fuerza de costumbre, pero que ella ... Debí ponerme lentes de contacto. Por muy moderna que sea esta montura no deja de parecer anticuada. Está asombrado. Se mira al oscuro espejo que tiene al lado. Divide su rostro en tres áreas: Frente, ojos y nariz, boca.

Tiene los labios bien dibujados, el bigote recortado perfectamente pero con algunas canas y pelos rojos que no sabe de donde salen. En los labios, apenas perceptibles descubre ahora una serie de puntitos blancos que podrían ser grasa. Son pequeños, tanto, que la muchacha no podría haberlos distinguido en caso de haberse asomado a hurtadillas. De la nariz no quiere hablarse. Es la misma nariz sosa que pensó operar toda la vida, pero que no se atrevió a hacerlo por temor a la tomadera de pelo de los amigos. Los ojos, había que reconocerlo, eran su gancho. Tenían la particular propiedad de cambiar de color y brillo de acuerdo al estado de ánimo y de satisfacción que pudiera sentir. Allí tampoco tenía arrugas, pero él no lo puede asegurar en estos momentos. La frente. Aquí la cosa comienza a descomponerse en realidad. La frente es un cuaderno cuadriculado en tres dimensiones. Está dividida en dos por una cañada inmensa que se extiende de sur a norte. Esta nace, más o menos, en la depresión que el hueso que la nariz hace entre los ojos y de allí se dirige hacia arriba, hacia el norte, profunda y sinuosa, hasta desaparecer en el ensayo de desierto que comienza a ser su cabeza. No es nada del otro mundo. Es un hombre común y corriente, convencional y no es sino hasta hoy cuando se da cuenta de ello. Cuando toma conciencia y comprende entonces muchas cosas de su vida. Se siente desolado. Enterarse ahora, hoy, ya, en este momento de lo obvio de su presencia le hace sentir ridículo.

Quiere irse. Ya ha esperado suficiente sin que la esperanza le ayude a pensar en que ella, la mujer, puede llegar de un momento a otro. Quiere irse, pero las dudas lo mantienen con el cuerpo en la silla. Ahora el espejo lo refleja de regreso. Parece vomitarle de vuelta un rostro turbio, de tormenta, desesperación, desasosiego. Lo único que puede salvarlo es que ella llegue. Pero, que vá, a esta hora no llegará. Habrá pensado mejor y seguramente no le intresa este anciano de reloj con leontina.

Quiere irse. La puerta se abre. El no la vé. Mira el reloj. Ella se acerca. El no la vé. El hombre se da cuenta de la hora al mismo tiempo en que ella llega sonriente y puntual, como siempre, a esta cita. Ella lleva un vestido amplio y luminoso como sabe que le gustan al hombre.


In Memorian

Leí un obituario en el diario de esta mañana, justamente antes de desayunar el día de mi sexagésimo cumpleaños y luego de más de nueve lustros sin saber nada de sus huellas, luego de esos millares de días sabiéndola viva por obligación, luego de millones de horas de pensar en ella sin ningún resultado para que un diario, un aviso mejor dicho, me desarmara la esperanza con una notificación de muerte.

Asistí a la oscura cita a la que rogaban los acompañaran un viudo y dos huérfanos ya creciditos. En medio de una llovizna persistente que convertía al camposanto en un tremedal sin memoria presencié el funeral. Tres figuras desgarbadas de un negro cerrado y húmedo, y otras varias distantes entre sí, fueron marchándose con un paso penoso producto de la tristeza y del barro rojo desbordado de las tumbas recientes. Allí casi sin darme cuenta recordé...

... Mi maestra tomaba la taza de té entre sus manos y daba comienzo al rito que se extendía por horas en aquellas largas tardes de polvo y sol. Parecía hipnotizada cuando me hablaba de los hombres que habían cruzado su vida sin más pena ni gloria que el recuerdo permanente, especie de homenaje contra su soledad.

En la sala inmensa casi a oscuras pese al resplandor vítreo del exterior, nos sentábamos; ella con su té, yo con una limonada sin azúcar que jamás terminaba de tomar por la acidez que me producía y, además, porque si llegaba a casa sin apetito mi madre prohibiría seguramente las visitas que después de la escuela yo le dispensaba a mi maestra. De aquellos días lo primero que me llega a la memoria es su mirada fija, recta, invariablemente dirigida hacia el frente, como si en esa dirección estuvieran desfilando uno a uno los recuerdos en un tiovivo. Su espalda derecha, empalada. Sus manos lentas y largas que subían y bajaban la taza, tesoro preciado, llave que abría aquel baúl inextinguible, eran con sus ojos con luz propia como el sol, los puntos más resaltantes de su humanidad abandonada.

Había llegado al pueblo gracias al insistente canto de las chicharras que los nativos no notábamos nunca y del cual los visitantes y escasos viajeros comentaban era la única clave para hallarnos: "cuando los oídos están a punto de reventar con el ruido de las chicharras, llegas al pueblo y no lo escuchas más", decían como si se hubieran puesto de acuerdo en el orden, tono e inflexión de las palabras.

Trajo una carta sin enmiendas que, pese a ofrecerla al director de la escuela para que la leyera, éste ni siquiera miró afirmando que quien llegara al pueblo con ganas de trabajar no necesitaba cartas de ningún ministro, ni de ningún burócrata que no sabía lo que era partirse las bolas por aquí perdido, nojoda. Inmediatamente San Pedro y San Pablo del Espíritu Santo se revolucionó. En todas las casas se comentó la llegada de la maestra con sus ropas nuevas, planchadas y con su cara de nana inglesa, frágil pero con carácter. Ella venía de un pueblo que estaba al pie de la sierra donde llovía ocho de cada siete días; donde el aire que se respiraba parecía cola de carpintero y estaba cargado de chismes y comentarios venenosos contra cualquiera. Había cambiando aquel paisaje por este otro: terroso, caliente, con un aire que no estaba cargado de la pesadez de la cola de carpintero pero que en cuanto a chismes y malas intenciones, no envidiaba nada a nadie.

Se acostumbró a nosotros como si nos conociera de toda la vida. Yo creo que hacía bien su trabajo, pero a diferencia de los otros maestros nunca escribía el nombre de nuestro pueblo, sino que colocaba la fecha en el pizarrón con el nombre de un pueblo vecino que estaba más allá del canto de las chicharras, más próspero y menos perdido que el nuestro. Era muy joven pero parecía tener más edad. Sus ropas, sus gestos daban la idea de una persona vieja en un cuerpo nuevo y vigoroso que se empeñaba en aislarse sin que nadie se diera por enterado.

En aquellos días no podía notar mi enamoramiento de la maestra ni mi desesperancia (como decía mamá) por ir a clases si nunca la escuela había sido santo de mi devoción. Era algo en verdad extraño que mi apatía natural por aprender metódicamente se trastocaracon la sola presencia de aquella mujer tan bella como triste a quien la lluvia, que le recordaba su pueblo de diluvio, ponía más melancólica en las tardes de nuestros encuentros caseros ... Estos días sin sol y con lluvia me meten en el alma una tristeza líquida que se renueva cada vez que respiro. Es como que la lluvia me erosionara algo adentro. Algo que no es físico; intangible pero que és sin lugar a dudas. Es algo como vivir las tristezas que yo creía superadas pero que realmente estaban escondidas esperando el malmomento de salir, de dejarse sentir como un animal que en la jaula corre de un lado para otro, desesperado, ansioso, que sabe que más allá del enrejado hay algo para él, sin saber qué, ni cuándo ni dónde ni cómo. Es, como que la lluvia, tan alegre y útil siempre para otros, me desencadenara los deseos tronchados o me trajera a mí, que sólo soy culpable de vivir, las frustraciones ajenas, la melancolía heredada, la depresión ancestral de muchos seres que no veré, que ni siquiera imaginaré nunca. No sé si tu puedes entender, pero tengo que decirlo. Me miraba a través de los vapores del té saliendo de sus reflexiones hasta hoy entendidas. Es, como un deber triste, doloroso, que tengo al prepararte para la vida; para que no te sorprenda en días como estos y no sepas qué hacer, o lo que es peor, creas que puedes resolver algo. Te lo digo para que sepas que al menos para mí todo está perdido.

Así eran sus ataques de tristeza. Por suerte ese no era su estado permanente. De la sima del fango, del barro del desánimo, desde el lodo del desespero, llegaba hasta el extremo de la euforia con final feliz de sus amores que ya no eran. Pasaba de un lado a otro como quien cambia de habitación abriendo una puerta o como quien entra a una sala de cine y deja atrás la luz, el ruido, la gente, para cambiarlos por otra luz, otros ruidos, otras gentes, diferentes, que dolían menos o que simplemente no dolían nada.

Sólo gracias a esas alegrías inmensas era posible superar el tedio de la rutina del pueblo y los accesos de nostalgia inexplicable. Su euforia crecía cuando recordaba aquellas cosas tiernas de amor puro, de purito amor que yo entonces no entendía pero que en cuanto comencé a comprender me hacían sonrojar y preguntarme cómo era posible que ella hablara así de esas cosas que si mi madre hubiera oído sin duda habría calificado de inmorales. Era como si en el carrusel de su memoria ella comenzara a cabalgar en el más hermoso potro. Como si saliera corriendo y se echara sobre su lomo y lo controlara con la voluntad del recuerdo. Ella montaba ese animal cuando me hablaba del poeta insomne que le había regalado el amor por primera vez, cada vez; de la ternura de sus manos de niño hombre; de sus palabras incomprensibles pero que sonaban a gloria; de sus miradas apasionadas de muchacho hambriento; de sus locuras de viejo novato; de sus mensajes escritos con vellos pubianos, repetía ella cuando en lugar de ojos tenía toda la fascinación del mundo hecha brillo; de su presencia pecadora en la misa, en plena iglesia, en plena fila de confesarse donde me agarraba el culo sin temor a Dios ni a la virgen que nos miraba desde arriba, desde el altar; de su manía de rayar paredes para mi en los lugares más recónditos, para que ella los encontrara en cualquier momento, ahora o mucho tiempo después de su partida.

Me hablaba también de las inolvidables horas del amor desaforado, de aquellas tardes en el campanario, entre las palomas y encima del pañuelo grande y sin color exacto que él portaba a todas partes siempre alrededor del cuello. De esas mismas tardes en las que ella daba sus grititos indefinidos de animal primitivo que a veces se convertían en una plegaria mundana ... ay Dios mío esto si es rico! ... ay padre eterno esto no puede ser pecado! ... ay madre santísima! ... y así una serie de expresiones que evocaban a los miembros de la corte celestial hasta que las campana sonaba y ellos tomaban conciencia de donde estaban, bajando uno primero, el otro después para mezclarse entre la gente e irse, él a la calle; ella a confesar por cuotas sus pecados veniales, guardándose para si y para siempre los otros.

Un payaso triste y malhumorado que llegó al pueblo como parte del circo más aburrido y descorazonador del mundo había sido su otro amor. Trashumaban aquellos caminos con una carpa derruida a través de la cual lluvia y sol se paseaban orondamente. Se conocieron en la casualidad de la escuela hasta donde había ido con su nariz colorada a promocionar la función. Se miraron y fue suficiente para que ella volviera a pensar en la posibilidad de continuar entregando a alguien toda la ternura y pasión que había acumulado en vidas de espera para el poeta. Pero no era igual, me dijo. El payaso era un amor de juguete, un amor a través del cual iba a amar a otro hombre siempre intangible. Un amor de pasatiempo, un amor para no aburrirme, decía. Claro que lo quería pero no era igual; el pretendía y logró ponerme trabas: que no hagas esto ni aquello; que no te atrevas a fumar en mi presencia; que no te pongas esa ropa que te queda fea; que no creas en lo que te digan que sólo yo digo la verdad; que no pienses sino en mí y nada más que en mí; que no hables con ese muchacho que ya está crecidito y puede enamorarse. Todo eso sólo para contrarrestar la soledad. Todas esas asfixiantes prohibiciones sólo para sentirse querida, para sentirse atendida por alguien que a veces parecía tener sólo tripas por dentro, pero que sin embargo estaba a su lado e hizo pasajera aquella soledad de iglesia de mediodía. Ella había decretado amarlo sin límite de tiempo para ver si podía desechar al otro, al bohemio, al que vivía para hoy tratando de disfrutar cada segundo con una sonrisa de oreja a oreja. Pero resultó infructuoso su empeño. Todo parecía llevarla de vuelta al primer amor, al de las locuras. Cualquier palabra del payaso ya había sido dicha antes, con más gracia y mejor pronunciación. Cualquier gesto también era una repetición de aquellos casi infantiles con los que el poeta regalaba sus carantoñas. Cualquier sonrisa no era tan brillante y limpia como la de ese hombre que no sé que carajo tenía o tiene si es que está vivo. Cualquiera de sus olores. Cualquiera de sus atenciones. Cualquiera de sus caricias. Cualquiera de sus remilgos de muchachito mimado. Cualquiera de esas cosas que parecían haber dejado como una marca en no sé qué parte de mí. Una marca como las que le hacen a las vacas, algo distinto. Algo más fuerte, como el pecado original, pero que no se quita con el agua bautismal sino con la del amor eterno de un hombre como él para mí sola.

Así eran sus evocaciones. Al principio yo sólo escuchaba. Después con ver su cara era suficiente para saber lo que pensaba. Eso me sirvió para creer que aquello de la telepatía existe de alguna manera. Todas mis vivencias con ella eran como recibir información sin saber lo que tenía entre las manos. No ha sido sino hasta hoy, tanto tiempo después, que he podido atar todos los cabos sueltos de los recuerdos que tengo de los recuerdos de ella. Es como que de pronto haya madurado una idea que cayó en mi cabeza como se han ido cayendo de ella mis cabellos ...

... Cuando el cortejo se marchaba creí sentir una mano suave posarse en mi hombro. Su propietario, un anciano con cara de tahúr que llevaba al cuello un pañuelo sin color definido, venía cansado más por la vida que por los dos o tres metros de altura del montículo barroso que nos servía de atalaya para aquel espectáculo final. Miró mis ojos y me pareció, por segunda vez en la vida, que eso de la telepatía existe. De alguna manera, gracias a su mirada de pozo profundo, de sus ojos de mundo entero, supe cómo se había pasado la vida huyendo de la única mujer del universo, a lo largo y ancho, que lo habría encadenado de manera tan fuerte inevitable y posesiva que no hubiera podido escribir un sólo poema, un sólo verso, una sola palabra, una sola letra para nadie más que para ella, si eso que llaman vida hubiera servido para otra cosa más que amarla.

 

 

 

 

José Luis Angarita:
Las películas venezolanas son mucho más interesantes y profundas