María Lourdes Hernández
En el banquito debajo de los naranjos volaban tus cuentos junto al sol. Tú tenías la magia precisa.
Si me miraran bien me irían a buscar a mi escondite.
Cuando se pierde el instante no quedan sino las horas.
Por eso de que cada quien escoge su propia muerte yo no quiero morir callada. Me gustaría decirles antes que detrás de todo esto hubo una mujer.
Hoy es un día cualquiera. De esos que tanto duelen. Tal vez suene un tren en la distancia tal vez sencillamente se rompa un vaso de agua.
Y nosotros allí tendidos en la lluvia sin importarnos las risas de los pasajeros ni los potes de basura ni el ruido de los carros con sus luces intrépitas. Y nosotros allí sin importarnos el ladrido del perro ni nada.
Y la noche llena de estrellas y de voces lejanas y nosotros allí juntos. Y la vida burlándose de nosotros el río desgajándose encima de nosotros, los caminos, la noche... y nosotros allí colgados de la lluvia.
A Helenita
Por los pasillos de la vida conocí a Helenita, en una larga tarde de tristeza y de muñecas.
Ciertamente no era de la griega estirpe era una niña común y corriente. No hubo un Paris raptor de su belleza pero alguien la llamó Helenita y desde entonces le dolió la vida.
De Helenita les cuento que era dulce como lo suelen ser las niñas, pero era triste su sonrisa porque la soledad andaba por sus ojos.
¿En qué orilla del camino abandonaste tus muñecas, Helenita? ¿No sabes lo peligroso que es crecer?
¿Recuerdas cuando abrazando fuertemente tus muñecas me preguntabas ¿Amas a tus hijos así? Helenita ¡No crezcas! ¡Quédate asomada entre mis sueños! porque tal vez un día a tu madre se le ocurra buscarte, y ¿cómo te podrá encontrar si creces?
¡Ah! Helenita. La vida... Tal vez te hayan crecido ya los senos pero tu madre no se habrá enterado. Tal vez sobre tu vientre la soledad haya parido niños.
Eres el viento entre la noche delirando secretas erupciones. Tienes la densidad en carne viva, aún te impones como un tren que recorre umbrosos túneles. Toda la oscuridad te sube por las piernas hasta la inmensidad del cuello. ¡Calla ! Si es necesario muévete hasta la sombra. Si tú eres la manada cántale al río que te trajo los extraños colores. Todo es amarillo como la piel que llevas y es que tu voz para llamarse fuente danza en el vacío.
Es preferible que te envuelvas de trigo la mirada, tal vez mariposas de violentas alas vendrán a poseerte. Tus ojos sueñan rompeolas y se adentran. Sólo caminos certeros riachuelos embriagan tu apetito. Los ojos como el mar descolgándose siempre desde profundas cumbres. Reclamas desde tu mito las cosechas perdidas desde la gruta donde la tristeza se hizo mujer y la viste desnuda por primera vez.
Eres el sonámbulo porque apenas despiertas entre sombras. El habitante de una ciudad que aún no existe. No tienes nombre y andas. A veces juegas a prender el fuego y te ríes de tu propia inocencia. Debes haber tomado el vino de los dioses para cantar como los pájaros o acaso sorprendiste a la belleza en su gineceo. Te he observado mirándote en las aguas ¾ en las viejas historias todo se repite ¾ . Eres el caminante sin caminos, quisiste poseer la Belleza , pero te arrepentiste. Los demonios que la custodiaban amenazaron con prenderle fuego. Desde entonces sabes que ella es inaprehensible.
Todo vino de pronto como el fuego. Lo tomaste en las manos y encendió la memoria. Entonces fue el abismo como el recuerdo profundo. El rincón de los sueños donde una extraña sensación se alarga. El tinajero desgranando sus canciones por el cuerpo hasta quedar atónito. Todos se han ido, sólo rostros desvanecidos cuelgan de las paredes. El viejo piano sonando todavía. Teníamos los gestos atrapados entre las bolsas del mercado. La canción del canario caía por las mañanas como las goticas del tinajero. La risa de los niños pintaba de colores los juguetes. La memoria devorando la tarde y estremeciendo pájaros. El reloj terrible como el hallazgo se imponía.
Quisimos ser eternos pero los espejos lo impidieron. Aquella tarde quedó y flota. Da vueltas como el viejo molino. El perro la mira curioso y a veces le ladra. Alguien sostiene mi sonrisa en el baúl de mi infancia, otras veces la llevan mariposas blancas y la cuelgan del rostro de mi madre.
Ya no son mías las palabras que amé. Les salieron alas y se fueron.
Las palmeras en alto mienten. Un niño es el único gesto perdurable.
Cuando era niña la tarde era una flauta. .Me gustaba escucharla comiéndome un helado. Cuando era niña me subía a los techos como cualquier hormiga. Jugaba con mi perro, trepaba a los árboles. Cuando era niña no existía esta historia ni incendios ni relojes ni cercas. Cuando era niña había columpios para las cimas toboganes para los abismos y los barquitos para los hundimientos.
Hoy sólo tengo papel y escribo. Soy una caricia de extremo a extremo de la hoja. De esta blanca hoja que ennegrece su piel con mis palabras.
Blanco mar donde escribo la palabra barco quiero que tengas olas, que de un lugar desconocido desciendan pájaros extraños a picar en tu seno, que suenen caracoles en tu brisa y tú te agigantes preso de la furia.
Hoy sólo tengo papel para extenderme sobre tu blanco testimonio.
Blanco mar donde escribo la palabra barco, y con ella, hay un pájaro más que vuela y canta. Un barco más que cruza el horizonte.
No quiero decir nada a nadie. Sólo quiero llenar de palabras este pozo. Esta blanca y profunda hoja a quien hiero con mi escritura.
Observar cómo caen las palabras es también un placer doloroso viendo como se lanzan solitarias al reto del poema.
Cada palabra con su potestad a cuestas exhibe su preñez — nada inocente.
Cuando yo muera déjame levantarme en tu memoria como un sonido cercano a la caricia acércame a tu piel para tatuar en ella la historia que nos une. Celebren nuestros hijos aquel día buscando caracoles en el mar, y yo estaré tranquila si me dejas — desnuda para siempre — reposar junto a ti.
A veces nos buscamos por camino distintos y se queda mi espejo vacío de tu imagen. Otras veces estamos tan cerca que podríamos engañar hasta al espejo.
Ser el poema que se abraza a tu cuerpo la fuerza que te sube por las venas gimiendo hasta que la palabra estalle en el silencio.
Desde mi insomnio suenan las campanadas del reloj de mi casa. Ese al que mi madre subida en un banquito daba cuerda para que me sonara toda la vida.
Has desatado la noche — sin duda eres rey —. Cabalgan sobre mí las antorchas, dueño de la luz fosforeces en mí.
Mi alma es una antología del racimo. Los ojos de los niños como fresas maduras se columpian pero la noche llega y huye la luz como un pájaro.
Tú que eras asombro sumergido surtidor de luces apenas si molino. Te ibas por las aguas enhebrando tus cuitas.
Tú que eras cantador de luces rapsoda de mis sueños, te quedaste con el gesto de los que regresan, de los sin nombre.
Tú que eras el demente cuando extendías tus manos para atrapar luciérnagas. Cuando estabas contigo te ibas de ti mismo temeroso.
Te quedaste sentado esperando las mariposas que nunca llegaron. Para tí los viejos no tenían canciones las muchachas no tenían senos. Esa mañana perdiste el camino y esperando que el día fuera eterno te sorprendió la noche.
Tú andabas bañándote en la sombra, repetidor de signos. Tu luz es una secreta oscuridad porque llegas para herir mi nostalgia. Esa mañana proyecté mi delirio sobre ti y un pájaro dormido voló hacia la distancia. Eres tú el único en mi templo, el que cosecha mis sueños y el volantín del alma. El que está allí detenido en el instante. El que me hizo nadar la piscina más honda. La única agua de mi sed el único tormento que me alegra. La única blancura que puedo ver porque en lo hondo de mí está la noche. Cantará el sol y habrá un día eterno. Tú serás, amado, lágrima rodante por mi cuerpo.
Flor de mi nostalgia raíz de mi angustia sol profundo como una bandada de pájaros.
Caes de repente entre mis ojos como una tentación y me seduces y me vuelvo muchacha otra vez porque tú cantas.
He aprendido a ignorarme a tomarme el pelo a ir por ahí diciendo que la tarde es una olla de luz y en el fogón del tiempo canta un violín... pero mis pies se cansan de sostener palabras.
He aprendido a ir de paseo con mi perro, me sorprende la placidez con que me sigue y la resignación con que me ve comer.
He aprendido a vestirme para ir a trabajar. La seriedad con que lo hago me asombra. ¿Qué tendrá el trabajo que nos hace tan perseverantes?
Nunca me he despedido para siempre y siempre he regresado de mis muertes. Aún estoy aquí tendida en esta playa inmensa que es la vida.
Pájaro cantor, tus alas, porque tal vez mañana no haya rama.
Eso de andar por ahí enterrando pedacitos de uno mismo es una mala costumbre. Nadie podrá creer que he muerto tantas veces. Terminarán dejándome sola no tendré funerales ni nada de eso que solemos hacer a los muertos.
Cuando quiero encontrarte encuentro que ya otros te encontraron. Cuando quiero mirarte descubrirte nombrarte tenerte me quedo con el gesto de ir apenas. Me quedo a tientas soportando la oscuridad que dejas. Me quedo colgando de una luz imposible, me quedo aquí varada en la mujer que soy. Cuando quiero encontrarte busco el rumor que eres la distancia que dejas los sonidos que van desvaneciendo, luego no busco nada ya no estás. Cuando quiero encontrarte te envuelvo en mi silencio y entonces te quedas, permaneces sólo para mí.
Te escondo en las horas que son mías cierro todas las puertas y estas sólo tú y estoy sola yo con mis pinceles.
Los puentes no me seducen no atacan lo profundo lo encubren. Acercan los opuestos y en la prisa del tiempo avanzan siempre sin sospechar siquiera que el vacío acecha. Los puentes no me seducen son el lugar preferido de los suicidas. Sus largas piernas engañan, son una falsa permanencia.
A veces sólo desvariamos, nos atrevemos a ser. Creemos ser libres como las gaviotas y empuñamos la espada. A veces cantamos y nos creemos niños y nos columpiamos alto : nos corre por dentro una alegría distinta. A veces nos escapamos de nosotros y nos vamos campo abierto tras una mariposa blanca. Abrimos quién sabe qué puertas y nos cruje por dentro el apretón del fuego. Nos vamos porai y nos sentimos héroes y nos reímos celebrando nuestras hazañas. A veces vale la pena vivir la extraña sensación que somos, pasearnos por una calle nueva sospechar que somos una piedra inmensa que rueda y que rueda como un mundo. A veces es preciso bañarse como una reina y olvidar que hemos sido cualquier doña Jimena.
Si te quisiera pintar tendría los colores precisos para signar tu historia. Te pintaría cabalgando por la llanura con tu caballo blanco. Te pintaría como dices que eras : conquistador y enamorado caballero andante. He de pensarte siempre junto a un río pescando una sonrisa que huye. Pintaría los bucares que te daban sombra mientras tus ojos se llenaban de pájaros. Te buscaría por un camino agitando un pañuelo. He de buscarte niño como Ulises valiente como Aquiles amoroso como Virgilio y sobre todo profeta como Cervantes. Si te quisiera pintar, pintaría un niño que ha perdido un cometa. Te pintaría en los ojos asombro por aquella Dulcinea que fue Julia y por todas las Julias que no fueron Dulcinea. Si te quisiera pintar, pintaría árboles desvistiéndose en la danza de las ninfas. Pintaría tus ojos de quijote cayéndose. Tus ojos de poeta arrepentido del juego donde siempre las palabras ganan. Te pintaría como las paredes de tu pueblo : de un blanco triste pero fuerte para resistir el hielo de la Sierra y la sequía del verano. Te pintaría romántico como el otoño. Te pintaría en primavera : amándome. Si he de pintarte, lo haría ebria como las abejas luminosa como las luciérnagas y escogería el instante preciso de un racimo de pájaros en vuelo.
Por la sabana intensa de tu cuerpo me he demorado. Por tus ojos por ti. Llevo tus sonidos tu voz. Tu abrazo no termina se alarga.
El mar se nos asoma. El mar. El mar ahíto de tanto caracol. Es otoño otra vez y se nos caen las hojas, pero tú sigues allí majestuoso cóndor dominas mis alturas.
Busco una espiga distinta. Una campana honda. Otra noche donde tender la luz. Un río con una sola orilla. El lugar donde tú y yo acudamos sin previa cita.
Más allá de la niebla donde se desbocan los sueños donde la brisa clava su caballo de sombras busco ese lugar donde estás esperándome.
En ese lugar tú serás una manada de tigres y yo una mariposa. Tu serás una montaña y yo seré el pozo donde busques tu imagen.
A ese lugar quiero ir. Donde tú habites. Donde sólo estemos nosotros y la sombra de un árbol.
Una cascada lenta llenará de humedad nuestra tierra. De vez en cuanto un tren silencioso pasará, le diremos adiós tranquilamente y nuestros ojos seguirán atando nuestro encuentro. Sólo ellos — río poderoso — y nuestra piel de primavera.
Quiero ser el rincón donde tú llegas. El árbol más alto, la mejor sombra. Quiero ser el espacio donde te desnudas y estás tú sólo. Quiero ser el escollo que te detiene, la brisa que conmueve tu piel.
Quiero que me retengas y que yo sea, también, en tus sueños, la mujer que se asoma. Aquella a la que no puedes negar una caricia ni decirle que no.
Quiero ser esa que no puedes dejar de mirar. La que te tienta y te seduce. La que te lleva a la cima y luego te tiende sus brazos.
Quiero ser la mujer que ancla tus pies. La que sostiene en alto tu alegría. La que te hace cantar al amor en una plaza. La que te impulsa a correr como un niño. La que sentirte hace, por primera vez. Esa mujer quiero ser.
Quiero ser la mujer que, clavada entre tus ojos, se extasía. La que tú, egoístamente, represas. La que no le teme al mar, marinero. La mujer que va contigo y tú con ella vas.
Quiero ser en ti la causa del asombro, tu razón para llamarte pájaro y cantar. El manantial donde te solazas el escondrijo donde vienes a enterrar tus querellas.
Quiero ser el relámpago que aprisiona tu cuerpo en una sola convulsión de luz, la tenue claridad del ocaso, la confusión de los colores del amanecer, la mancha negra de la noche quiero ser.
De alegría saben los niños más que yo. De andar por ahí a la buena de Dios y diciendo taima a cada rato para no perder el juego.
Tú que me cantabas Princesita la de ojos azules sin acordarte que mis ojos eran verdes. Tú que me cantabas. Y yo que me sentía de verdad princesa frente a un rey.
Tus ojos bajan por mi cuerpo y me buscan. Bajas todo tú hasta el encuentro y entonces somos un sólo globo de fuego entre la noche.
Heme aquí detenida a mitad del camino con un ramo de flores en la mano sin poder encontrar la dirección.
Heme aquí sentada con los ojos abiertos pensando que la vida es una flor muy blanca con exquisito olor.
Heme aquí estrenando mi vestido con la inseguridad del caso. Con la sonrisa que se estila y con las piernas bien juntas (como me enseñaron las monjas).
Tuviste el mar entre los ojos pero no hiciste caso de los dioses. Por eso no puedo dibujar la estrella que tú eres.
El caracol tiene el color de la manzana verde. Cuando llueve se esconde en su nostalgia. Alguien lo llama desde un mar lejano, pero él duerme y nada escucha tendido en la humedad de la tierra, duerme. Su casa es el abismo, suena profunda como un eco y se levanta como un castillo errante. El caracol no sabe que yo hablo de él, ni siquiera sospecha que existe, si lo supiera tal vez se burlara de mí tal vez me invitara a cenar a su casa y yo le llevaría una botella de buen vino.
Mi infancia son recuerdos
Mi infancia es una hilera de mariposas blancas el color rojo de las ciruelas maduras y una ola gigante que me arrastra a la orilla. Mi infancia son unos ojos verdes escarbando la vida y un cuento que escuché a Clemencia.
Mi infancia es el olor a musgo del pesebre y el niño Jesús que llega cada vez más inocente. Mi infancia es un columpio y un pedazo de sol. Es el trencito eléctrico queriéndome llevar de pasajera. La voz de mi madre cayendo junto en la soledad de mis muñecas.
Tal vez nunca lleguen los reyes por la posible estrella y el corazón estalle de dolor un día.
Y pensar que la vida es un pan que se nos cae a pedazos, pero alguien detrás de nosotros recoge las boronas.
A veces somos un pedazo de leña que se quema, a veces un volantín perdido. Y a veces ni siquiera somos.
La eternidad debe ser eso, el cambio de la sucesividad por la intensidad.
A veces me asomo para atrás y hay una niña mirándome asombrada.
Estoy convencida, sólo en el espejo la soledad es un rostro.
De vez en cuando se alza el telón y dolorosamente actuamos para nosotros mismos.
Los sueños son una muñeca hecha pedazos por el perro de la casa.
Mi yo como una sombra viene detrás siguiéndome y algunas veces se cansa y me abandona.
Me ahogué en mi propio río pero no dije a nadie que había muerto. Por eso ando tranquila sin que nadie me entierre.
Déjame anudar mis pasos. Seleccionar mis trajes, mi parafernalia. Desasirme de tanta circunstancia. Habrá tiempo para estrenar la voz, para romper papeles. Habrá tiempo para desnudarme mientras el viento suena. Porque tal vez hay que inventar los nuevos ojos para este viejo rostro que contemplas.
Llevas la noche entre tus manos. Apenas si sientes el temblor del río. Apenas eres niño y gorjeas entre la sombra de tu propia caricia. Ahora es el mar que se hace inmenso dentro de ti. El caracol de tiempo que se arrastra indiferente, y tus ojos ahí precisamente donde se quedó tu historia y tu piel quemada resiente de tu propia caricia y tu manía de respirar profundo para comerte las horas.
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