María Lourdes Hernández
Mi nombre que es mujer (II)

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En el banquito

debajo de los naranjos

volaban tus cuentos

junto al sol.

Tú tenías

la magia precisa.

 


 

Si me miraran bien

me irían a buscar

a mi escondite.

 


Cuando se pierde el instante

no quedan sino las horas.

 


 

Por eso de que cada quien escoge

su propia muerte

yo no quiero morir callada.

Me gustaría decirles antes

que detrás de todo esto

hubo una mujer.

 


 

Hoy es un día cualquiera.

De esos que tanto duelen.

Tal vez suene un tren en la distancia

tal vez

sencillamente

se rompa un vaso de agua.

 


 

Y nosotros allí tendidos en la lluvia

sin importarnos las risas de los pasajeros

ni los potes de basura

ni el ruido de los carros con sus luces intrépitas.

Y nosotros allí sin importarnos

el ladrido del perro

ni nada.

 

Y la noche llena de estrellas y de voces lejanas

y nosotros allí juntos.

Y la vida burlándose de nosotros

el río desgajándose encima de nosotros,

los caminos, la noche...

y nosotros allí colgados de la lluvia.

 


 

A Helenita

 

Por los pasillos de la vida

conocí a Helenita,

en una larga tarde de tristeza

y de muñecas.

 

Ciertamente no era de la griega estirpe

era una niña común y corriente.

No hubo un Paris raptor de su belleza

pero alguien la llamó Helenita

y desde entonces le dolió la vida.

 

De Helenita les cuento que era dulce

como lo suelen ser las niñas,

pero era triste su sonrisa

porque la soledad andaba por sus ojos.

 

¿En qué orilla del camino

abandonaste tus muñecas, Helenita?

¿No sabes lo peligroso que es crecer?

 

¿Recuerdas cuando abrazando fuertemente

tus muñecas

me preguntabas

¿Amas a tus hijos así?

Helenita ¡No crezcas!

¡Quédate asomada entre mis sueños!

porque tal vez un día

a tu madre se le ocurra buscarte,

y ¿cómo te podrá encontrar si creces?

 

¡Ah! Helenita. La vida...

Tal vez te hayan crecido ya los senos

pero tu madre no se habrá enterado.

Tal vez sobre tu vientre la soledad

haya parido niños.

 


 

Eres el viento entre la noche

delirando secretas erupciones.

Tienes la densidad en carne viva,

aún te impones

como un tren que recorre

umbrosos túneles.

Toda la oscuridad

te sube por las piernas

hasta la inmensidad del cuello.

¡Calla !

Si es necesario

muévete hasta la sombra.

Si tú eres la manada

cántale al río que te trajo

los extraños colores.

Todo es amarillo

como la piel que llevas

y es que tu voz

para llamarse fuente

danza en el vacío.

 


 

Es preferible que te envuelvas

de trigo la mirada,

tal vez mariposas

de violentas alas

vendrán a poseerte.

Tus ojos sueñan rompeolas

y se adentran.

Sólo caminos

certeros riachuelos

embriagan tu apetito.

Los ojos como el mar

descolgándose siempre

desde profundas cumbres.

Reclamas desde tu mito

las cosechas perdidas

desde la gruta

donde la tristeza

se hizo mujer

y la viste desnuda por primera vez.

 


 

Eres el sonámbulo

porque apenas despiertas entre sombras.

El habitante de una ciudad

que aún no existe.

No tienes nombre y andas.

A veces juegas a prender el fuego

y te ríes de tu propia inocencia.

Debes haber tomado el vino de los dioses

para cantar como los pájaros

o acaso sorprendiste a la belleza

en su gineceo.

Te he observado

mirándote en las aguas

¾ en las viejas historias

todo se repite ¾ .

Eres el caminante sin caminos,

quisiste poseer la Belleza ,

pero te arrepentiste.

Los demonios que la custodiaban

amenazaron con prenderle fuego.

Desde entonces sabes que ella

es inaprehensible.

 


 

 

Todo vino de pronto

como el fuego.

Lo tomaste en las manos

y encendió la memoria.

Entonces fue el abismo

como el recuerdo profundo.

El rincón de los sueños

donde una extraña sensación

se alarga.

El tinajero desgranando

sus canciones por el cuerpo

hasta quedar atónito.

Todos se han ido,

sólo rostros desvanecidos

cuelgan de las paredes.

El viejo piano

sonando todavía.

Teníamos los gestos atrapados

entre las bolsas del mercado.

La canción del canario

caía por las mañanas

como las goticas del tinajero.

La risa de los niños

pintaba de colores los juguetes.

La memoria devorando la tarde

y estremeciendo pájaros.

El reloj

terrible como el hallazgo

se imponía.

 


 

 

Quisimos ser eternos

pero los espejos

lo impidieron.

Aquella tarde quedó

y flota.

Da vueltas como el viejo molino.

El perro la mira curioso

y a veces le ladra.

Alguien sostiene mi sonrisa

en el baúl de mi infancia,

otras veces

la llevan mariposas blancas

y la cuelgan del rostro de mi madre.

 


Ya no son mías

las palabras que amé.

Les salieron alas y se fueron.

 


 

Las palmeras en alto

mienten.

Un niño es el único gesto

perdurable.

 


 

Cuando era niña

la tarde era una flauta.

.Me gustaba escucharla

comiéndome un helado.

Cuando era niña

me subía a los techos

como cualquier hormiga.

Jugaba con mi perro,

trepaba a los árboles.

Cuando era niña

no existía esta historia

ni incendios

ni relojes

ni cercas.

Cuando era niña

había columpios para las cimas

toboganes para los abismos

y los barquitos

para los hundimientos.

 


 

Hoy sólo tengo papel

y escribo.

Soy una caricia de extremo a extremo

de la hoja.

De esta blanca hoja

que ennegrece su piel

con mis palabras.

 

Blanco mar donde escribo la palabra barco

quiero que tengas olas,

que de un lugar desconocido

desciendan pájaros extraños

a picar en tu seno,

que suenen caracoles en tu brisa

y tú te agigantes preso de la furia.

 

Hoy sólo tengo papel

para extenderme

sobre tu blanco testimonio.

 


 

Blanco mar donde escribo la palabra

barco,

y con ella, hay un pájaro más

que vuela y canta.

Un barco más que cruza el horizonte.

 


 

No quiero decir nada a nadie.

Sólo quiero llenar de palabras

este pozo.

Esta blanca y profunda hoja

a quien hiero

con mi escritura.

 

Observar

cómo caen las palabras

es también un placer

doloroso

viendo como se lanzan solitarias

al reto del poema.

 

Cada palabra

con su potestad a cuestas

exhibe su preñez — nada inocente.

 


 

Cuando yo muera

déjame levantarme en tu memoria

como un sonido cercano a la caricia

acércame a tu piel

para tatuar en ella

la historia que nos une.

Celebren nuestros hijos aquel día

buscando caracoles en el mar,

y yo estaré tranquila

si me dejas — desnuda para siempre —

reposar junto a ti.

 


 

 

A veces nos buscamos

por camino distintos

y se queda mi espejo

vacío de tu imagen.

Otras veces

estamos tan cerca

que podríamos engañar

hasta al espejo.

 


 

Ser el poema que se abraza

a tu cuerpo

la fuerza que te sube

por las venas gimiendo

hasta que la palabra

estalle en el silencio.

 


 

Desde mi insomnio

suenan las campanadas

del reloj de mi casa.

Ese al que mi madre

subida en un banquito

daba cuerda

para que me sonara

toda la vida.


 

Has desatado la noche

— sin duda eres rey —.

Cabalgan sobre mí las antorchas,

dueño de la luz

fosforeces en mí.

 


 

Mi alma es una antología del racimo.

Los ojos de los niños

como fresas maduras se columpian

pero la noche llega

y huye la luz como un pájaro.

 


Tú que eras

asombro sumergido

surtidor de luces

apenas si molino.

Te ibas por las aguas

enhebrando tus cuitas.

 

Tú que eras cantador de luces

rapsoda de mis sueños,

te quedaste con el gesto de los que regresan,

de los sin nombre.

 

Tú que eras el demente

cuando extendías tus manos

para atrapar luciérnagas.

Cuando estabas contigo

te ibas de ti mismo

temeroso.

 


Te quedaste sentado esperando

las mariposas que nunca llegaron.

Para tí

los viejos no tenían canciones

las muchachas no tenían senos.

Esa mañana perdiste el camino

y esperando que el día fuera eterno

te sorprendió la noche.

 


Tú andabas bañándote en la sombra,

repetidor de signos.

Tu luz es una secreta oscuridad

porque llegas para herir mi nostalgia.

Esa mañana proyecté mi delirio sobre ti

y un pájaro dormido

voló hacia la distancia.

Eres tú el único en mi templo,

el que cosecha mis sueños

y el volantín del alma.

El que está allí detenido

en el instante.

El que me hizo nadar la piscina

más honda.

La única agua de mi sed

el único tormento que me alegra.

La única blancura que puedo ver

porque en lo hondo de mí

está la noche.

Cantará el sol y habrá un día eterno.

Tú serás, amado,

lágrima rodante por mi cuerpo.

 

Flor de mi nostalgia

raíz de mi angustia

sol profundo

como una bandada de pájaros.

 


Caes de repente entre mis ojos

como una tentación

y me seduces

y me vuelvo muchacha otra vez

porque tú cantas.

 


 

He aprendido a ignorarme

a tomarme el pelo

a ir por ahí diciendo

que la tarde es una olla de luz

y en el fogón del tiempo

canta un violín...

pero mis pies se cansan

de sostener palabras.

 

He aprendido a ir de paseo

con mi perro,

me sorprende la placidez

con que me sigue

y la resignación

con que me ve comer.

 

He aprendido a vestirme

para ir a trabajar.

La seriedad con que lo hago

me asombra.

¿Qué tendrá el trabajo

que nos hace tan perseverantes?

 


 

Nunca me he despedido para siempre

y siempre he regresado de mis muertes.

Aún estoy aquí tendida en esta playa

inmensa

que es la vida.

 


 

Pájaro cantor, tus alas,

porque tal vez mañana

no haya rama.

 


 

Eso de andar por ahí enterrando

pedacitos de uno mismo

es una mala costumbre.

Nadie podrá creer

que he muerto tantas veces.

Terminarán dejándome sola

no tendré funerales

ni nada de eso que solemos

hacer a los muertos.

 


Cuando quiero encontrarte

encuentro que ya otros te encontraron.

Cuando quiero mirarte

descubrirte

nombrarte

tenerte

me quedo con el gesto

de ir apenas.

Me quedo a tientas

soportando

la oscuridad que dejas.

Me quedo colgando de una luz imposible,

me quedo aquí varada en la mujer que soy.

Cuando quiero encontrarte

busco el rumor que eres

la distancia que dejas

los sonidos que van desvaneciendo,

luego no busco nada

ya no estás.

Cuando quiero encontrarte

te envuelvo en mi silencio

y entonces te quedas,

permaneces sólo para mí.

 

Te escondo en las horas que son mías

cierro todas las puertas

y estas sólo tú

y estoy sola yo con mis pinceles.

 


 

Los puentes no me seducen

no atacan lo profundo

lo encubren.

Acercan los opuestos

y en la prisa del tiempo

avanzan siempre

sin sospechar siquiera

que el vacío acecha.

Los puentes no me seducen

son el lugar preferido

de los suicidas.

Sus largas piernas engañan,

son una falsa permanencia.

 


A veces sólo desvariamos,

nos atrevemos a ser.

Creemos ser libres como las gaviotas

y empuñamos la espada.

A veces cantamos y nos creemos niños

y nos columpiamos alto :

nos corre por dentro una alegría distinta.

A veces nos escapamos de nosotros

y nos vamos campo abierto

tras una mariposa blanca.

Abrimos quién sabe qué puertas

y nos cruje por dentro

el apretón del fuego.

Nos vamos porai

y nos sentimos héroes

y nos reímos celebrando

nuestras hazañas.

A veces vale la pena vivir

la extraña sensación que somos,

pasearnos por una calle nueva

sospechar que somos

una piedra inmensa

que rueda y que rueda

como un mundo.

A veces es preciso bañarse como una reina

y olvidar que hemos sido

cualquier doña Jimena.

 


 

Si te quisiera pintar

tendría los colores precisos

para signar tu historia.

Te pintaría cabalgando por la llanura

con tu caballo blanco.

Te pintaría como dices que eras :

conquistador y enamorado caballero andante.

He de pensarte siempre junto a un río

pescando una sonrisa que huye.

Pintaría los bucares que te daban sombra

mientras tus ojos se llenaban de pájaros.

Te buscaría por un camino

agitando un pañuelo.

He de buscarte niño como Ulises

valiente como Aquiles

amoroso como Virgilio

y sobre todo profeta como Cervantes.

Si te quisiera pintar, pintaría

un niño que ha perdido un cometa.

Te pintaría en los ojos asombro

por aquella Dulcinea que fue Julia

y por todas las Julias que no fueron Dulcinea.

Si te quisiera pintar, pintaría árboles

desvistiéndose en la danza de las ninfas.

Pintaría tus ojos de quijote cayéndose.

Tus ojos de poeta

arrepentido del juego

donde siempre las palabras ganan.

Te pintaría como las paredes de tu pueblo :

de un blanco triste pero fuerte

para resistir el hielo de la Sierra

y la sequía del verano.

Te pintaría romántico como el otoño.

Te pintaría en primavera : amándome.

Si he de pintarte, lo haría ebria como las abejas

luminosa como las luciérnagas

y escogería el instante preciso

de un racimo de pájaros en vuelo.

 


 

Por la sabana intensa de tu cuerpo

me he demorado.

Por tus ojos

por ti.

Llevo tus sonidos

tu voz.

Tu abrazo no termina

se alarga.

 

El mar se nos asoma.

El mar.

El mar ahíto de tanto caracol.

Es otoño otra vez

y se nos caen las hojas,

pero tú sigues allí

majestuoso cóndor

dominas mis alturas.

 


 

Busco una espiga distinta.

Una campana honda.

Otra noche

donde tender la luz.

Un río con una sola orilla.

El lugar donde tú y yo

acudamos sin previa cita.

 

Más allá de la niebla

donde se desbocan los sueños

donde la brisa clava su caballo de sombras

busco ese lugar

donde estás esperándome.

 

En ese lugar

tú serás una manada de tigres

y yo una mariposa.

Tu serás una montaña

y yo seré el pozo

donde busques tu imagen.

 


 

A ese lugar quiero ir.

Donde tú habites.

Donde sólo estemos nosotros

y la sombra de un árbol.

 

Una cascada lenta

llenará de humedad nuestra tierra.

De vez en cuanto

un tren silencioso pasará,

le diremos adiós tranquilamente

y nuestros ojos seguirán atando nuestro encuentro.

Sólo ellos — río poderoso —

y nuestra piel de primavera.

 


 

Quiero ser el rincón donde tú llegas.

El árbol más alto, la mejor sombra.

Quiero ser el espacio donde te desnudas

y estás tú sólo.

Quiero ser el escollo que te detiene,

la brisa que conmueve tu piel.

 

Quiero que me retengas

y que yo sea, también, en tus sueños,

la mujer que se asoma.

Aquella a la que no puedes negar una caricia

ni decirle que no.

 

Quiero ser esa que no puedes dejar de mirar.

La que te tienta y te seduce.

La que te lleva a la cima

y luego te tiende sus brazos.

 

Quiero ser la mujer que ancla tus pies.

La que sostiene en alto tu alegría.

La que te hace cantar al amor en una plaza.

La que te impulsa a correr como un niño.

La que sentirte hace, por primera vez.

Esa mujer quiero ser.

 

Quiero ser la mujer que, clavada entre tus ojos,

se extasía.

La que tú, egoístamente, represas.

La que no le teme al mar, marinero.

La mujer que va contigo

y tú con ella vas.

 

Quiero ser en ti la causa del asombro,

tu razón para llamarte pájaro y cantar.

El manantial donde te solazas

el escondrijo donde vienes

a enterrar tus querellas.

 

Quiero ser el relámpago

que aprisiona tu cuerpo

en una sola convulsión de luz,

la tenue claridad del ocaso,

la confusión de los colores

del amanecer,

la mancha negra de la noche

quiero ser.

 


 

De alegría saben los niños

más que yo.

De andar por ahí a la buena de Dios

y diciendo taima a cada rato

para no perder el juego.

 


 

Tú que me cantabas

Princesita la de ojos azules

sin acordarte que mis ojos eran verdes.

Tú que me cantabas.

Y yo que me sentía de verdad princesa

frente a un rey.

 


 

 

Tus ojos bajan por mi cuerpo

y me buscan.

Bajas todo tú hasta el encuentro

y entonces somos

un sólo globo

de fuego entre la noche.

 


 

 

Heme aquí detenida

a mitad del camino

con un ramo de flores en la mano

sin poder encontrar la dirección.

 

Heme aquí sentada

con los ojos abiertos

pensando que la vida

es una flor muy blanca

con exquisito olor.

 

Heme aquí estrenando mi vestido

con la inseguridad del caso.

Con la sonrisa que se estila

y con las piernas bien juntas

(como me enseñaron las monjas).

 


 

Tuviste el mar entre los ojos

pero no hiciste caso de los dioses.

Por eso no puedo dibujar

la estrella que tú eres.

 


 

El caracol tiene el color de la manzana verde.

Cuando llueve

se esconde en su nostalgia.

Alguien lo llama desde un mar lejano,

pero él duerme y nada escucha

tendido en la humedad de la tierra,

duerme.

Su casa es el abismo,

suena profunda como un eco

y se levanta como un castillo errante.

El caracol no sabe que yo hablo de él,

ni siquiera sospecha que existe,

si lo supiera tal vez se burlara de mí

tal vez me invitara a cenar a su casa

y yo le llevaría una botella de buen vino.

 


Mi infancia son recuerdos
de un patio de Sevilla

Antonio Machado

 

Mi infancia es una hilera de mariposas blancas

el color rojo de las ciruelas maduras

y una ola gigante que me arrastra a la orilla.

Mi infancia son unos ojos verdes escarbando la vida

y un cuento que escuché a Clemencia.

 

Mi infancia es el olor a musgo del pesebre

y el niño Jesús que llega cada vez más inocente.

Mi infancia es un columpio y un pedazo de sol.

Es el trencito eléctrico

queriéndome llevar de pasajera.

La voz de mi madre

cayendo junto en la soledad

de mis muñecas.

 


 

Tal vez nunca lleguen los reyes

por la posible estrella

y el corazón estalle de dolor un día.

 


 

Y pensar que la vida

es un pan que se nos cae a pedazos,

pero alguien detrás de nosotros

recoge las boronas.

 


 

A veces somos un pedazo de leña

que se quema,

a veces un volantín perdido.

Y a veces ni siquiera somos.

 


 

La eternidad debe ser eso,

el cambio de la sucesividad por la intensidad.

 


 

A veces me asomo para atrás

y hay una niña mirándome asombrada.

 


 

Estoy convencida,

sólo en el espejo

la soledad es un rostro.

 


 

De vez en cuando se alza el telón

y dolorosamente actuamos para nosotros mismos.

 


 

Los sueños son una muñeca hecha pedazos

por el perro de la casa.

 


 

Mi yo como una sombra

viene detrás siguiéndome

y algunas veces se cansa

y me abandona.

 


 

 

Me ahogué en mi propio río

pero no dije a nadie que había muerto.

Por eso ando tranquila sin que nadie me entierre.

 


 

Déjame anudar mis pasos.

Seleccionar mis trajes, mi parafernalia.

Desasirme de tanta circunstancia.

Habrá tiempo para estrenar la voz,

para romper papeles.

Habrá tiempo

para desnudarme

mientras el viento suena.

Porque tal vez hay que inventar los nuevos ojos

para este viejo rostro que contemplas.

 


 

Llevas la noche entre tus manos.

Apenas si sientes el temblor del río.

Apenas eres niño

y gorjeas entre la sombra

de tu propia caricia.

Ahora es el mar que se hace inmenso

dentro de ti.

El caracol de tiempo

que se arrastra indiferente,

y tus ojos ahí

precisamente donde se quedó tu historia

y tu piel quemada

resiente de tu propia caricia

y tu manía de respirar profundo

para comerte las horas.