PABLO RIQUELME SENRA


 

Pablo Riquelme es el más sereno y lúcido de nuestros poetas, sus dones fluyen y cantan la canción del hombre en la red del tiempo y es mágica su presencia en cada signo, en cada rasgo de luz y sombra que entrama y despliega en el lenguaje.

Pablo Riquelme es el más persistente y solitario de nuestros poetas. Persistente en la definición de su destino y en el fragor de tantas búsquedas que hacen posible la realización de la vida; el más solitario porque, aunque su mundo está lleno de huéspedes que transitan el bullicio de nuestro tiempo, ha descubierto la alquimia de la imagen.

Los espejos es uno de los más bellos poemarios que se hayan escrito en los últimos tiempos en nuestro país, pues no sólo son textos de una visión estética y raigal de la condición del individuo, sino, igualmente, la marca de un ser cuya espíritu anuda en su memoria la voz de los ausentes, el tránsito de las edades en vértigo, los oquedales de la vigilia y el sueño en la exacta conjunción de la realidad, en las sonoridades de un tiempo anunciado en la palabra, que sin desgaste se extiende en el trazo iluminado.

Los espejos son percepciones de la mismidad, pertenecen a una psicología de la perfección, del mirar hacia adentro, hacia la ilusión de la fecundidad, donde se definen los contornos de las apariencias. Son imbricaciones elusivas del espacio, donde concluye y abre una dimensión. La inmanencia del yo hacia la otredad de los símbolos, de la cotidianidad y de los secretos en preeminencia del recuerdo: “Si pudiéramos deshojarnos de igual forma, /arrojar fuera de sí capas y capas, / tornarnos ligeros, / semejantes a pájaros; / si pudiéramos abrirlas como hojas de libros/ y leerlas sin la pesadez acostumbrada, / sin el temor de encontrarnos con los viejos tropiezos, / con las escenas conocidas,/ entonaríamos sonidos auténticos, / como el de las viejas maderas secas y curtidas.”

Los espejos miran las contingencias de cada hombre, son instantáneas que van a la fragua donde descubre los rostros, las voces y el paisaje que las ocultaban para reintegrarlas al espacio que les corresponde, es decir: nacen por primera y única vez del lado eterno de las formas, y él mismo se hace posible en esas existencias de máscaras, tierra abajo y plomada , pues en esta trilogía, sobre la cual se estructura el texto, el poema conquista el esplendor de la existencia: “Más hermosa que esta ilusión/ no he visto nada en la vida;/ ni más intensa, ni más estremecedora./ Hasta yace dormida aún/ en los labios de muchas personas muertas./ Es por ella por la que no quisiera morir nunca”

De Pablo Riquelme ya conocíamos La Posada (1970) , libro de relatos breves; Rugosa Pared (1985) poemario y, además, Inútil Empeño (1988) textos literarios breves donde, a partir de sus unidades posibles, el autor se nos muestra como un poeta fiel a su destino.

José Francisco Ortiz

 


 

 


Antología de textos poéticos y narrativos

PEQUEÑECES
(Textos de Aldaba/2001)

Entonces me dije, con cara relajada, suelta, inmersa por completo en los ruidos de la calle y en la diversidad de seres y cosas que tenía a mi alrededor (había subido las escaleras del metro y casi descansaba, ligeramente apoyada la espalda sobre la corteza de un árbol, allí en la acera, de frente a la entrada del subterráneo), : “es curioso que sean precisamente cosas insignificantes las que hagan felices a la gente, cosas simples, hasta intrascendentes y nada serias”. Por supuesto, pensaba en mí, que en ese momento una simple adquisición de objetos había cambiado mi estado de ánimo. Me distraía, ilusoriamente, la blanda y dulce sensación posesiva de estos nuevos libros bajo el brazo, así como la pluma fuente, de oro, con trazos suaves que acababa de adquirir hacía sólo algunos días. Me eché a andar por las calles con la idea de que asimismo son las pequeñeces las que pueden tornarnos infelices y que el ser humano se caracteriza por tener, incluso hasta entrada su etapa más adulta, una marcada inmadurez. Empresas y actividades pueden ser bien administradas, resultar triunfadoras y vigorosas, no así las vidas privadas y la intimidad de las personas que generan esos cambios y logros. Cuántos amigos míos no he visto envueltos en estos casos, y aún la misma historia, por siglos, no hace más que amontonar otros similares, sin que podamos aprender de ellos para nuestra felicidad. Biografías acuñadas concisamente en libros o en horas de video me ofrecen una y mil veces esas realidades; son existencias comprimidas que se atan como un nudo en mi garganta, que me dejan un sabor amargo y de ceniza en la boca. El colorido y movimiento de París me distrajo.

ENCUENTRO

Serían las seis de la tarde. Un cielo nublado suave despojaba al horizonte del sol a sus espaldas. Habían salido hacía rato del agua y descansaban sentados en la orilla sobre la fina arena blanca. Aún no había bajado la penumbra de la noche. Por estos sitios no se encontraba absolutamente nadie. Algunos gritos de pájaro quebraban la tranquilidad del cielo en lo alto: eran lejanos, agudos, profundos; huían lejos. Ella rozó su muslo con la rodilla de él, ladeó algo la cara inclinándose y besó sus labios. Después retornó a su posición anterior. Sus manos descansaban apoyadas sobre la arena dentro del espacio que formaban las piernas, cruzadas una sobre la otra. Se encontraban sentados a la forma hindú.

-¿Sabes?, eres un hombre … “nostálgico”. - y acentuó esta última palabra de una manera extraña que no le permitió a él identificar bien lo que deseaba decirle. Su mirada era transparente, limpia.

-¿Sí?–repuso él a su vez mecánicamente, aunque con cierto tono de sorpresa y duda, buscando entender el sentido de esa afirmación. Sus ojos recorrieron los de ella y luego, abajo, en su boca, la sonrisa suave que de algún modo reforzaba la expresión de su cara. El viento movió sus cabellos; ella los quitó luego del rostro y los volvió a llevar atrás, a su cabeza.

-Sí, sí; parece que eres una persona serena que guarda un mundo interno profundo, que lo vive intensa y permanentemente.

El hizo una breve pausa, la que justo corresponde a la sorpresa. Luego replicó:

-¿Cómo así? ¿Qué quieres decir?

Ella sonrió callada ; únicamente se limitó a mirarlo.

-Bueno… de acuerdo, de acuerdo; creo que sí; es probable. -vaciló algo él y prosiguió : -En mi vida íntima dependo mucho de las cosas, de los detalles, de las situaciones y vivencias; sí, del menor de los recuerdos. Es decir, asocio todo a mi vida, o al revés, si quieres-, y le sonrió, más con los ojos que con la boca. -Esto es para mí una gran desventaja. Suele abrumarme, suele poseerme; me impide ser libre. Eso es, dependo mucho de los objetos y de las cosas, pero en el sentido en que ellos se vinculan a los fenómenos humanos, a las vivencias… Me ocurre también con los seres humanos con los que me vinculo. Así puedo retener conmigo unos zapatos viejos, o una camisa ya gastada y hasta fuera de moda , o un carro o una pluma. ¿Sabes?, aún guardo amorosamente mis abrigos y guantes de París. También unas rosas secas, unos caracoles y papeles circunstanciales, con notas, que una mujer me dio. Es más que un respeto por esos momentos; es una atadura de cierta parte de mí a esa vivencia que tuve. Ella respira dentro de mí, tiene independencia, vive. Oh, he hablado como un beodo; te he soslayado a ti descaradamente. ¿Me creía solo? Discúlpame. No suelo ser egoísta ni tomarme las conversaciones para mí.

Se frotó sus ojos con la yema de los dedos y dio un pequeño suspiro. Algo de solapada culpabilidad se asomó tímidamente a su rostro.

-No, no; te escuchaba. Me encanta escucharte y mirarte, sólo que comienzo a sentir celos.

-¡Pero eso no tiene sentido, es absurdo! – protestó él cariñosamente, tomándole con sus manos el mentón y obligándola, con cierta suave presión, a mirarlo a los ojos.

-No pidas que los sentimientos sean diferentes a como son- le aclaró a ella-: déjalos que vayan y vengan como olas, que nos cubran, que se retiren luego. Es absurdo celar el pasado.

-Ustedes los hombres creen que todo se remedia con razonar. El mundo de nuestra emotividad es otro. Sencillamente ya me pasará, eso es todo. Tampoco estoy brava.

El la abrazó por los hombros y la atrajo hacia sí.

-¿Sabes que eres la chica de los caracoles?

-Lo sé, pero también sé que tienes otros recuerdos que no son míos.

El miró largamente el cielo arriba y al poco rato se dejó ir hacia atrás y se acostó en la arena blanca.

MÁSCARAS
(Poemas de la trilogía Los espejos)

I

Se apega uno a los seres
como lo hacen los animales;
aunque, claro, con el tiempo
este apego y la extrañeza
es mucho más intenso en nosotros.

Duele entonces cualquier gesto,
cualquier palabra,
una separación.

La imagen fría, áspera, que queda luego
la doblamos y la guardamos
incómodamente
como esas cartas que nos llegan inesperadas,
que nos golpean súbitamente,
que las dejamos allí,
reposar entre nuestras manos
o por días sobre la mesa.

 

II

 

Cuesta alejarse de ellos,
olvidarlos;
aunque quizás no sea eso lo que se quisiera.

No es un papel que se dobla y se tira;
es un ser.

Una vez que ha entrado en nosotros
nos deja una huella,
el timbre de su voz,
un calor en las manos.

Conocemos hasta la yema de sus dedos,
la blandura de su sonrisa,
sus vestidos y zapatos,
el olor de su cuerpo;
conocemos los días grises y tenaces
que la abaten implacablemente.

Cuesta quitar esas cosas de uno
y ponerlas a un lado,
sacudirse,
dar la espalda y olvidarlas impunemente,
porque no son polvo
ni fiebre que viene y pasa.

 

III

 

Ronda uno por sus cosas y lugares,
va y viene,
toca recuerdos, papeles,
tropieza imágenes,
revisa adentro,
echa para adelante y para atrás los días
como las hojas de un libro,
mira aquí y allá,
sopesa y rememora,
teje nuevamente los hechos,
el vaivén inevitable del recuerdo.

Viven muchas cosas de ellos en nosotros,
golpean como pequeñas sacudidas.
Ahora están allí
para no irse nunca;
nos seguirán pegadas
como las sombras a los talones,
como el vaho de sus perfumes
que traemos de regreso luego
impregnado en las manos.

PLOMADA

Amor

Tierra abonada para sembrar ilusiones.
Parajes donde venimos verticalmente
a hincarnos como árboles,
a buscar aliento para las embestidas de la vida,
a reirnos a bocajarra de la razón;
no importa que el tiempo oscuro nos aceche
y espere tranquilo hacernos pedazos
y revolcarnos
confundidos con el estiercol en su arena.

Dunas de espejismos
que generalmente nos hacen sangrar.
Se borran y cambian de sitio
sin dejarnos mapas para buscarlas.

¿Cómo emergieron esas dunas polvorientas ?
¿De la nada?,
¿de los latidos de un cuerpo?,
¿de un afán prendido en los ojos?

TIERRA ABAJO

I

Son distintos los patios que recuerdo de mi vida.
Siempre me golpean suave
como una brisa o como un rumor lejano.
En todos dejé mucho de mí.

En los sueños busco cosas en ellos
que todavía no preciso bien.
A veces los encuentro oscurecidos
y me ando en penumbras;
piso arenas húmedas,
recojo frutas silvestres del suelo
-almendrones, tamarindos, mangos-;
reconozco guijarros y árboles,
aquella plataforma de madera
suspendida en lo alto entre ramas,
el mecate grueso por donde subíamos y bajábamos,
antiguos caminos de juego
que se abren una vez más ante mí.

Intactas todavía las piedras y los troncos,
algún viejo caucho o ciertas latas,
los escondrijos y vericuetos de los árboles.

Ubico los linderos de los muros
y los techos
como las rutas en los viejos mapas.

 

Está el misterio de los tejados
donde vuelvo a encontrar objetos extraños,
pelotas o metras perdidas,
provenientes de la calle,
de las casas de los lados
o de viejos inquilinos.

Otras veces despierto bajo el estremecimiento
de aquel mismo temor
-el de la infancia, el de antaño-.
Por momentos permanezco impávido.
Pero la vida de adulto disipa los bordes,
borra y desacomoda,
empuja, como por efecto de inercia,
hacia otras latitudes
-cosas "serias", decimos-,
y quedan lejos los patios y los sueños,
traspapelados en la memoria.

Pocos lo encuentran;
pero sabemos por ellos
que era verdad la dicha que se intuía y que predecían.

Es un nombre que se busca indefectiblemente.
No es suficiente la memoria,
ni una foto ni un olor;
es un nombre que parece único,
que lo vemos en todos lados
y nunca nos deja.
Es un nombre que no se basta a sí mismo
sino que nos hace falta su corporeidad.

Quienes lo han poseído
suelen debatir sus pasiones a escondidas y en una sola dirección,
como esa vías que no tienen regreso.
Quienes lo han poseído
saben que yace dentro de un espejo,
esperando como una mentira más.
Ellos están seguro que es verdad
-pero sólo raras veces-
esa doble dirección.en su encuentro.

No existe estancia más maravillosa que él.
¿Pero quién asegura su durabilidad?
Pareciera que el tiempo todo lo desacomodara;
tampoco él escapa a esos estragos.