FRANCISCO RIQUELME
Los estigmas


Eleonora

Eleonora vive  desde hace mucho tiempo en nuestro pueblo. Ahora bien, aunque esto parezca demasiado impreciso, en realidad no lo es, ya que nadie puede afirmar con certeza la fecha exacta de su llegada. Ni siquiera imaginarla o suponerla, pues esta imposibilidad parece formar parte de Eleonora. Quien no ha intentado esto, ciertamente no alcanza a comprenderlo; busca incansablemente en todos los rincones del pueblo, se desvela día y noche, interpela hasta los extraños, algunas veces llega a hacer lo inimaginable, casi las cosas más absurdas, y aún así, en el mejor de los casos, sólo obtiene soluciones parciales, es decir, no obtiene respuesta.

Por montos alguien cree haber hallado vestigios, es verdad, tal vez una leve indicación -a veces apenas una palabra-, y ya la aprensión arde en su alma, la perturbación no le permite continuar, se arrebata y se extasía en su regocijo, pero no es un simple regocijo, en él advierte la prueba de su valor, sus ojos están cansados, el esfuerzo ha sido duro, la búsqueda indecible.

En realidad no puede decirse que haya encontrado algo; apenas un minúsculo signo, sólo un atisbo insignificante, mejor dicho, un creer haber hallado algo. Naturalmente, nunca nadie ha osado preguntar -sólo un forastero podría pretenderlo- o, menos aún, siquiera pensar de dónde proviene, en qué región vivía antes o por qué se ha alojado precisamente en nuestro pueblo, pues esto rebasaría ya los límites de la cordura  y de la imprudencia, sería algo imprevisible, hasta una afrenta a la delicadeza, ¿y cómo no habría de serlo, si ante la más mínima respuesta a estas preguntas, ante el más pequeño hallazgo al respecto, ante el más ínfimo asomo de incertidumbre, desaparecería realmente Eleonora?


La Hostería (capítulo 48)

EL MENSAJERO

En la sala de baño, donde se alistaba Emil para la ducha, un recinto espacioso, totalmente revestido de cerámica fina con amplios dibujos de colores hasta el cielo raso, se erguía un espejo de cuerpo entero y junto a él había una especie de estante con entrepaños de madera negra pulida; encima de este mueble se podían apreciar, en perfecto orden, cepillos dentales, algunos con cerdas gruesas de plástico para el cabello, frascos de líquidos y lociones, envases de polvos, esponjas y demás efectos para el cuidado personal de Tini. Enfrente había un escaparate adicional un poco más alto, construido a base de materiales resistentes a la hidratación, con casilleros en su lado izquierdo para la lencería del caso y debajo de él, el bote de desechos, en realidad, en un rincón discreto, oculto a la vista de los usuarios. En este aparador colocó Elsa la ropa limpia íntima de Emil, su bata de baño, de lino y algodón, la toalla tersa para la piel y sus mullidas pantuflas de estar en casa. Muchos otros artículos como jabones, peines y un sinnúmero de pequeños objetos de metal, de empleo diario de Tini, se esparcían, de manera organizada, por el resto del tocador.

Emil encendió la luz eléctrica, pues ya oscurecía, graduó el grifo de agua caliente y con premura se metió bajo la regadera tibia reconfortante que tanto ansiaba a esa hora prima del anochecer. “Vivo aquí como si estuviera completamente seguro de mí mismo” -se increpó por un instante, casi entre dientes, al contemplar los destellos de las lámparas reflejados en el piso húmedo-. Aunque no pensaba disponer de las influencias de Tini, también se avergonzaba de sentirse, en lo más hondo de su ser, amparado, en último término, por esa canonjía.

A través de la ventanilla superior del cuarto de baño penetraba el ruido monótono que producía Elsa trasteando en la cocina para prepararle su cena; pronto percibió, además, el murmullo distante de varias voces femeninas irreconocibles que hablaban con ella, tras lo que sobrevino un silencio general. Como si flotara en medio de aquellas paredes, endurecido cual estatua de piedra, estaba él, insensible, bajo las finísimas gotas de agua que adormecían su mente.

Al rato oyó a lo lejos que llamaban a la puerta de la entrada principal; aunque le extrañó que no utilizaran el timbre, no obstante, lo pasó por alto (de eso se encargaría Elsa) y continuó frotándose enérgicamente con la toalla para alejar el cansancio y despertar el vigor del cuerpo; entonces, sin mediar, los sonidos volvieron a repetirse, en esta ocasión, más fuertes.

-¡Voy, voy! -escuchó gritar, por fin, a Elsa, que aún permanecía en la cocina-. ¡Aguarde un instante!

Sin embargo, los golpes retumbaron de nuevo sobre la puerta, sordamente.

-¡Tenga calma! -contestó la sirvienta, elevando el tono, y Emil advirtió que ella apresuraba sus pasos hacia el vestíbulo-. ¡Ya va, ya va, por Dios!

-¿Qué ocurre allá afuera, Elsa? -indagó Emil desde el interior del baño, acercándose a la ventanilla y alzando también la voz.

-Pierda cuidado el señor -respondió ella, a cierta distancia, jadeando un poco-. Enseguida atiendo.

Pero al transcurrir unos minutos, la criada, de vuelta, se apostó en la puerta del baño, y, con suaves toquecitos en la parte inferior de esta, exclamó al mismo tiempo:

-¡Señor Emil! ¡Señor Emil! Discúlpeme el señor. Un joven insiste en ver al señor.

Pronunciaba las palabras espaciando las sílabas, para que Emil lograse entenderlas sin dificultad dentro de la habitación cerrada.

-¿Verme a mí? -replicó él, aproximándose a la puerta del baño-. ¿Sábado en la noche? ¿Quién es?

-No sé. Espera al señor en la antesala.

-No ha debido dejarlo entrar a la casa -le criticó Emil.

-Se deslizó hasta el centro de la sala -se excusó la mujer-. No pude impedirlo, señor.

-¿Qué aspecto ofrece?

-No pertenece a la hostería -precisó la fámula, y con algunas risitas, añadió-: no es muy buen mozo, tampoco.

-Infórmele que ahora estoy ocupado -ordenó Emil-. Indíquele, por favor, señora Elsa, que lo recibiré mañana domingo en la mañana, después de las once.

Dando por terminado aquel asunto, preparó su maquinilla manual de afeitar y se cubrió la cara de espuma, dispuesto a rasurarse. Sentía sobre sus espaldas el poderoso embate que le impone a alguien el acometer una acción carcomido por la inutilidad. Esta dependencia excesiva de la servidumbre le resultaba, en particular, harto desagradable, si bien se encontraba obligado, por cortesía, a condescender con Elsa. Mas no tardó mucho esta en presentarse otra vez frente a su puerta. De nuevo tocó en la hoja de madera, con suavidad, y enseguida un poco más abajo.

“En realidad, qué criada impertinente” -rezongó para sí mismo Emil, dejando encima del lavabo su afeitadora y aproximándose a la puerta.

-¿Es usted, señora Elsa? -preguntó desde allí, en voz alta.

-¡Ay, señor Emil! -gimió la dama-. Le ruego que me perdone el señor. No obstante, es el caso que, por más que le he explicado las razones del señor de mil modos diferentes, el joven no quiere marcharse.

-¿¡Ah, sí!? -acotó Emil, pensativo. Entonces entreabrió apenas la puerta, asomó el rostro enjabonado y en tono más quedo, agregó-: ¿y qué es lo que, en verdad, desea ese hombre?

-Insiste en que tiene un mensaje importante para el señor -sostuvo la doméstica, visiblemente apenada-, pero que solo puede comunicárselo al señor.

-Me veré en la necesidad de atenderlo -farfulló Emil, meneando la cabeza-. Dígale que tome asiento y que espere; saldré cuando me desocupe y no antes.

Sin embargo, un tanto desconcertado por la obcecación de ese desconocido, y sintiéndose, además, culpable por haber consentido que ese imprevisto convulsionara su paz de la noche, decidió calmarse y continuar su arreglo personal sin que la aparición de aquel individuo se convirtiera fácilmente en un impedimento para su tranquilidad.

En efecto, al concluir, envuelto en su bata púrpura de baño, se presentó ante el intruso. El visitante, que estaba ensimismado en el sofá, en cuanto lo vio, de un brinco se puso en pie y, después de una ligera reverencia, sonrió; enseguida esquivó el canapé y se colocó detrás de dicho mueble, talvez porque así se hallaba más próximo a la salida. Lucía un poco más bajo que Emil; este prefirió, por simple urbanidad, disculparse de la demora, no obstante, el extraño le suplicó que no se preocupara en lo más mínimo por ello, pues él apenas se encontraba cumpliendo con su deber. Era un joven bien vestido, con abrigo de rayas, ojos grises, grandes y soñolientos, y una rara cicatriz que atravesaba su mejilla izquierda y terminaba casi encima de un mentón cuadrado; tenía una curiosa mirada, nostálgica pero investigadora. Aunque contaba evidentemente con menos edad que su anfitrión, Emil evitó tutearlo para excluir familiaridades inconvenientes.

-¿Quién es usted? -inquirió este, contemplándolo de arriba abajo. ¿Qué hace usted aquí adentro?

-¿Es usted el ordenanza Emil? -requirió, a su vez, el interlocutor.

-Exacto... -masculló Emil, con un movimiento afirmativo de la cabeza-. ¿Qué quiere usted?

-En ese caso traigo una información para usted -intervino el recién llegado, y al decirlo miró para el cielo raso-. Quién soy carece de relevancia, ya que no albergo ningún interés personal en el asunto; solo me encomendaron transmitirle un recado; sin embargo, me presentaré: me llamo Kris, estudiante de abogacía -y metió las manos en los bolsillos de su gabán como si se desplomaran sin fuerza hasta el fondo de ellos.

-Jamás pensé que alguien pudiera enviarme un mensaje -aclaró Emil y para advertirlo de la superfluidad de su presencia, entrelazó los brazos sobre el pecho, apartando la vista de él-. ¿De qué se trata? -añadió luego.

-Es preferible que hablemos de eso en otra parte -objetó el hombre, oteando hacia los lados-; no es cosa para exponerse en medio de una sala.

-Únicamente la cocinera se halla en el apartamento -arguyó Emil, algo inquieto-. Nadie podrá oírlo.

-No -negó Kris, con acento categórico-, me es imposible comunicárselo dentro del hogar.

-Y yo -adujo Emil irritado-, no recibo visitas durante mi descanso. Así que buenas noches.

Y avanzando un paso le dio un empellón tan fuerte al estudiante que lo lanzó contra el vano de la puerta, con lo que este rodó con toda su humanidad por el suelo.

-Pero llevo casi una hora esperándolo -lamentose el del gabán, incorporándose en forma paulatina, mientras sacudía aquí y allá el sobretodo.

-Eso demuestra que el encargo solo reviste importancia para usted -sentenció Emil, fuera de sí, ajustándose la bata que, con el esfuerzo, se había soltado-. No me interesa en absoluto ningún mensaje, por lo tanto, lárguese de mi casa de inmediato.

Tomó al individuo con firmeza por detrás de los hombros, lo condujo al zaguán y trancó la puerta con pestillo. “Esta es una de las casualidades de la vida -reflexionó para serenarse- que siempre ocurren sin cesar, por una ley inexplicable que cada uno de nosotros conoce y acepta, aunque nos sea por entero incomprensible”. Se dirigió a la mesita del velador, se sirvió una copilla de exquisito licor de cerezas, lo saboreó con fruición y para despejar la mente se asomó al pórtico del jardín, a admirar la noche iluminada por la claridad de la luna llena. Sintió el hálito fresco del rocío en la cara y cerró los ojos. Sin embargo, pronto escuchó ahora las suaves campanillas del timbre de la entrada. “No tendré más remedio que imponer el orden de modo definitivo -pensó, retornando a la vivienda-. Me veré forzado a echar a ese tipo a la calle sin contemplaciones”. Colocó de nuevo la pequeña copa en el mueble y, ya ante la puerta aún cerrada, preguntó:

-¿Todavía está usted allí afuera?

-Permítame pasar, por favor -respondió el hombre desde el otro lado, con voz quejumbrosa-, se lo suplico.

De alguna manera la humildad del visitante obró un efecto benéfico sobre el ánimo de Emil.

-Voy a recibirlo -accedió este, admonitoriamente-, pero dirá todo lo que quiere contar sin rodeos y se marchará enseguida.

En cuanto Emil abrió la puerta, el estudiante, alzando las manos a la defensiva, imploró:

-No me golpee, se lo ruego.

-¿Y qué aguarda? -puntualizó Emil-. Aproxímese y hable de una buena vez.

El joven sacó un pañuelo del bolsillo, lo dobló con premura y se enjugó con él la frente.

-Pues bien, señor Emil -explicó Kris, muy quedo, con cierta nerviosidad- se trata de... una citación judicial para usted...

-¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla! -interrumpió Emil, con sorna-. ¿Y entonces por qué no me lo informó al principio?

El mensajero le hizo una seña con la mano para que acercara el oído y, en un susurro, le comunicó que la autoridad militar había prohibido en forma terminante la menor trascendencia de la convocatoria, razón por la cual tampoco se había emitido una circular con dicho requerimiento; que Emil debía comparecer ante los tribunales de la corte marcial con la brevedad del caso y que le agradecía a Emil, finalmente, el que le hubiese facilitado su difícil misión, puesto que no podía él regresar a sus mecenas sin antes haber dado fiel cumplimiento a su encargo.

-¡Estupendo! ¡Estupendo! -asintió Emil, en voz alta-. Déjeme a mí esa responsabilidad. Y ahora, buenas noches.

 

(Cartagena,Colombia,1934)
es un escritor que reside entre nosotros desde su infancia, ejerció brevemente la docencia para dedicarse a la corrección de estilo en la editorial de la Universidad del Zulia. Editor del mensuario SITUACIÓN (1968-1969), órgano de prensa donde  realizó un importante trabajo de análisis y de opinión estética, y de difusión cultural. En 1969 Monte Avila Editores publica su primer libro de textos narrativos LOS ESTIGMAS, desde entonces ha guardado el silencio necesario para producir LA HOSTERÍA (inédito) que algunos amigos hemos tenido la suerte de leer en privado, y que seguramente su edición será un verdadero acontecimiento en las letras nacionales.

La Editorial Monte Avila, en su oportunidad expresó de LOS ESTIGMAS: "Los textos narrativos que integran este libro constituyen menos una obra que un intento desesperado por expresar  -a  través de la anécdota más o menos fantástica, del rodeo analítico y descriptivo- lo que no se puede expresar, o sea lo imposible, lo inexplicable, lo inconcebible; un esfuerzo tenaz y penoso por hacer sensibles la nada que roe a la literatura y el espectral abismo de la existencia"

En legamos.com logramos entrevistar a Francisco Riquelme, sacarlo de los territorios de la opacidad y del silencio donde ha situado su existencia. Es un conversación amena de antiguos amigos que reproduciremos en nuestra próxima entrega, además de un capítulo de La Hostería.

En esta oportunidad, con la autorización del autor, ofrecemos ELEONORAun brevísimo texto de LOS ESTIGMAS.