HESNOR RIVERA
SELECCIÓN DE POEMAS

 

En la red de los éxodos (1963)

 

Ciudad

 

Un lago en cuya superficie roja
bailan las cabezas reblandecidas de las naranjas
abandonadas por los navegantes borrachos.

La luna nueva siempre.
Banderas en las mezquitas del mercado.
Sobre los olores del pescado
Que retienen al noctámbulo amoroso.

Falta un gallo.

El gendarme ha mirado hacia la costa.
Importa aún. La antigua novia de la frente de azabache
se desangra tendida sobre los racimos de bananas.

Habrá un día en que el amor
organizará la fiesta de los crímenes
en las plazas donde el hombre es ahora
el árbol de las orejas veraniegas.
Allí cae desnuda la virgen fugitiva.

El sol viene y se instala bajo el techo.
Una isla llameante para cada casa.
El barco en la ventana se esponja ante la tarde
y hay sombras suficientes
para huir hacia el convento subterráneo.
Cuando se sale a olfatear el horror.
Cuando se va a pones la manos sobre aquellos senos
hermosamente escritos con valiosos cortaplumas.

 La luz ha roto el límite.
Te respiran los muertos
subidos como están en las palmeras dolorosas.

 El visitante trae su guitarra.
Su campana de beber.
Su flauta de arrullar a las putas
que duermen bajo los carretones.

 Los mercaderes beben de sus propios cuerpos.

 Sin embargo hay un cielo para cada mástil.
Faros para la nostalgia de los cocineros trasatlánticos.
Pórticos de orinar para el secreto del suicida.

 Falta un perro.

 El gendarme ha mirado hacia la luna.
No importa ya. La loca enamorada de la frente de coral
murió ayer adornada de legumbres.

 El alba arrea sus cangrejos devorantes.
Y la noche nos devuelve los sentidos
que perdimos en un golpe de naipes.
Bajo un farol lluvioso de esta tierra
demasiado lejana.

 

 

 

Texto integral de las desapariciones

 

Un campo brilla frente a los ojos
como una lámpara derramada sobre la sed del césped.
Un bosque pone en marcha el misterio
de su velocidad perfumada.
Los campanarios del océano en llamas
desencadenan por orden de elegancia
las tempestades y los mediodías.

Hemos partido dando saltos
por encima de la piedad que nos une.
Hemos partido dando gritos
por encima de las casas donde se nos ama
y del amor que nos destruye.

Repitamos definitivamente las señas
que nos identifican por separado en el tiempo;
-somos horribles como la bondad lamentable
Con quien quisimos doblegar las alternativas
de la naturaleza ordinaria
-somos hermosos como el rencor y el miedo
con que hacíamos entrechocar en la sombra
la transparencia de nuestras memoria.

 Más objetivamente:
-tú me amabas cuando la desolación
multiplicaba en mi rostro
la furiosa necesidad de permanecer para siempre
-yo te amaba cuando todo tu cuerpo
se cubría con el resplandor sagrado
de la necesidad de ternura.

Más objetivamente: -tú eras bella
-significativa como un lago que se desorganiza
para echar a volar sobre la ciudad amada
Como los bosques de pelambre suave
que bajan de lo alto de sus propios árboles
para tenderse a orillas de los huéspedes.

Más objetivamente:
-tú no has muerto ni morirás de nuevo
Por más que mi desaparición progresiva
Pretendía lo contrario.

 

PUERTO DE ESCALA (1964)

 

Señas de identidad

Nacer en Maracaibo significa
que uno anda casi siempre
-no se sabe de qué sitio- muy lejos.

A diario el eco de la nostalgia
se vuelca sobre sus propias huellas.
Golpea con la noche las piedras
chorreantes de los mercados a flote
donde anida todo el tiempo la luna.
Hace aparecer de repente banderas
en el alto palomar de las naves.
Desnuda con sus ráfagas la brisa
olorosa a legumbres y atrapada
bajos los bloques de calor de los muelles.
Viaja de espaldas a su rumbo
como el ángel tutelar del vacío.
Embriaga de regreso el sobresalto
de los navegantes que beben
a grandes sorbos todo el sol de las costas.

El eco de la nostalgia regresa.
Ha regresado sin cesar por las zanjas
que abre una mirada en el viento.
Toca la puerta de la casa. Raspa
con sus uñas de pequeño trueno
las ventanas que limitan por fuera
y por dentro las calamidades
del corazón solitario.

Y nadie sabe con seguridad si parte
o si retorna a reconocer su origen
como a los despojos de algún deudo lejano.

Nacer en este puerto representa
ver alrededor el cielo tantas veces
como lo permiten las resonancias mágicas
de una mirada que se quiebra en mil piezas.
Representa la conquista del caos
que organiza a su sabor los sentidos.
La conquista de la desaparición sin motivo
bajo el empuje cautivante del fuego
que se arroja por encima del hombro.

Desde la orilla de la ciudad entonces
uno mira la partida del bosque.
Desde la orilla del bosque la partida
del lago ensimismado en su vuelo.
Desde la orilla del lago la partida
del corazón por el alba
-navega hacia la zona entrevista
por el eco de la nostalgia de nada.

El eco llega de muy lejos al centro
de la casa que se vuelve lejana
y se hace tan pequeña en el tiempo
que dan ganas de llorarla.

 

Reposo

 

En la cama luminosamente despiertos
como dos héroes a la postre ultrajados
por el porvenir riguroso.

Nos habíamos prometido el hallazgo
de la incorporación simultánea.
El misterio del lenguaje total.
El ordenamiento de las incoherencias
más apasionantes que el odio
y el progreso nocturno de las especies.

Desde el techo descendían a golpes
las bestias de las desdichas lucientes.
Entraba a saltos por la ventana el guía
tentacular de los huéspedes
-venían desde el lado femenino del vértigo.
Desde edades diametralmente opuestas.

Nos prometimos casi a gritos el goce
desesperante de la resurrección en potencia.
El dominio de la piedad espantosa
sobre los actos pretéritos que jamás vivimos.

En la cama martirizadamente intactos
Como dos héroes que reemprenden sus muertes.
Que se tocan los labios. Que se buscan
sobresaltados el centro de un sollozo
en la miseria del diálogo:
-“Dormidos frente al día nos crece
la memoria menos convincente ahora
que la sola redondez de los hombros”.
-“Despiertos nos acompaña el mundo.
Las confusiones de los rostros amados.
Cierta historia inconfesable
de secretos animales a sueldo.
Y el viaje. El solo viaje que nos redime
de las santas disculpas”.

Desde el techo descendía a gotas
la lucidez solemne de nuestras pasiones.
Entraba a vuelcos por la ventana el día
triste y en ruinas como nuestro reposo.

En la cama terriblemente puros
habíamos prometido en definitiva amarnos
desafiando a las bestias y los huéspedes.

 

 

Superficie del enigma (1968)

MANUAL GEOGRÁFICO DE LA MUERTE
SEGÚN LA MEMORIA Y EL TIEMPO

Maracaibo

 I

Mis antepasados los marinos
cambiaron sus barcos por cabalgaduras
para entrar en el reino de la tierra
-los cambiaron por espejos y adornos
para ver aparecer el santo
de sus islas en el tiempo perdidas.

Mis antepasados se nutrían
de la gracia que hace florecer en la arena
la llama vegetal de los peces.
En una balsa de maderos sagrados
que podía mantener su equilibrio
sobre las patas trasera
llegaron ellos y basta.

Es fácil regresar al origen.
Tener un pie en la luna y el corazón
puesto en la hora en punto mientras
se lamen con los ojos hinchados
de verter recuerdos las superficies
apagadas de algún viejo comienzo.
Incluso es fácil trasponer el origen
como un portal de membranas traslúcidas
y estar de vuelta a saltos en el centro
de la nostalgia por los porvenires
vividos de antemano este día.

Mi madre cosía alrededor del mundo.
Andaba alrededor cosiendo
como un insecto con sus ruedas
y su extraña cabellera de virgen.
En la ciudad no estaban todos
los nombres –no estaban los objetos
que desaparecen con cualquier tormenta
salida de la catedral del trópico.
No estaban las muchachas –las bellas
muchachas con pezuñas de mártir
-con pecíolos de alcanfor brotados
de sus dolores de cabeza nocturnos.
De sus párpados a punto de germinar
semillas con olor a baúles
llorando la suerte con los aparecidos
formados por la lumbre del carbón en los patios.

Maracaibo –la ciudad- era un bosque
con alas y tejidos de mariposa múltiple.
Un bosque echado sobre su propio vientre
para beber salsas de rones
en los arcos alucinantes del lago.

Es fácil retornar al vacío
-desnudarse como las cebollas
Y las hortalizas de tupida pelambre.
Primero el taburete. El pan. La hamaca.
La demencia del barrio a todas horas
transformado en el nido de la noche
y en el lecho de ruidos del amor en las tejas.

Después la soledad metida
entre fantasmas y entre bestias
de irresistibles fuerzas consanguíneas.
Verbigracia: la casa de otro tiempo.
El tiempo de otra casa en el sueño.
El sueño de otra casa en el tiempo.
El tiempo de otro sueño en la casa.

Por eso ahora para siempre retorno.
Traspongo con la desolación la puerta
del océano y las islas envidadas
a la baraja y a la luz del hambre
por mis antepasados los marinos.
-Todavía cabalgan. Pegan gritos
de guerra para entrar en el reino.
Me interno más aún en el comienzo
que me acerca a un lejano retorno.
Llevo la piel y la camisa
que oí coser a brincos en la ciudad materna.
Llevo además cenizas de coral
y un enigma para cruzar el caos
del más viejo futuro
y la turbulencia del pasado que viene.

 

Balada del mito

V

 

Los héroes mueren a la hora en que la arena
resplandece tanto como en lo alto el cielo.
Tanto como la memoria que sale por los ojos
hacia un mundo de luminosas tumbas.
Tanto como el mar donde los fantasmas
devoran las naranjas de un navío perdido.

Recuerdo tu mirada de mariposa
bebedora del viento de las islas.
Pero tu nombre –tu nombre de atardecer
sobre las praderas de un país trashumante
quemar las redes. Borra como el agua los límites.
Mueve sus molinos antiguos
Detrás de una neblina iluminada
Por la llama amorosa de los arcoiris.

Entonces las batallas y el amor
eran la misma sombra de una selva celeste.
La ciudad era una fiesta heroica
donde se tejía la claridad del mundo.

Alguien dibujaría sus sueños en la piedra
que deposita el rayo donde duermen las bestias.
Alguien escribiría de improviso
sus cartas en las hojas más tiernas.
Si no ¿qué significa la música que gira
como un águila sobre el solar de antaño.
Qué significa el árbol con heridas o labios
de fragancia que naufraga en los parques?

Niñez –tu los viste concordar
dulcemente bajo el cielo más alto.
-Sólo es la luna. Sólo es el humo
que soplan las flautas de los dioses de fuego.
Por ejemplo el relámpago. Más allá de sus patas
no existe sino el cerro de los pájaros
-un cementerio donde oscuros caballos
abren como tulipanes sus ojos vencidos.

Los hombres conocían la danza
de sembrar sus huesos en los torbellinos
y en el olor a fuego del tambor de sus manos
cultivaban diademas de misterio.
Altas embarcaciones entrecruzaban
en el cielo escarlata las estrellas del mástil.
¿Era el atardecer. Sangraban
las hermosas fieras. Morían las patrias
donde los bosques abren sus esclusas nocturnas?

Las ciudades extendían su follaje
Imantado en la niebla. Nadie
Sollozaba bajo el rápido eclipse
de las lunas terrestres del mercado.
Porque la miseria –los demonios
más puros morían con la púrpura
y el signo digital de los santos
y la aldea miraba por la luz del sembrado
con sus ojos silenciosos de novia.

Oh! Palmeras –oh! Elevados vendavales de plata.
Subían manejados con hilos temporales.
Oh! palmeras. Con sus alas de alcándara
trenzaban la escamosa cola de los astros
y los astros saltaban por encima del agua
-bebían en la llama de los espejismos
que señalan paraísos de tesoros
ocultos en las fuentes de un río.

¿Quién a punto de morir cantaba
más allá de ese incendio tendido sobre el mundo.
Quién gritaba su nombre hasta escucharlo
repetir a las piedras que iluminan al viento?
Oh! furia ingenua de las madrugadas.
Mentías –no mentías. Y tu nombre
descubrió en la soledad
mis labios para responderte.

La soledad de la llanura apenas
Acogía la penumbra de los soles distantes.
La soledad del mar traía hasta los patios mismos
la nostalgia de sus avenidas mágicas.
Y de repente brilló entonces la mirada
Infinita de todas las amantes
y la calma despertó a los países que dormían
como estrellas debajo de la tierra.

 

 

       
   
       
   
       
   
       
 
 

HESNOR RIVERA
José Francisco Ortiz