HESNOR RIVERA
Conocí a Hesnor Rivera en los años sesenta, y, desde entonces, conservé la imagen del hombre parco y silencioso que hablaba a torrentes con las muchedumbres que le habitaron el corazón y la memoria que descendía lenta y clamorosa en sus palabras. Había en él un halo de misterio, de acallamiento que sólo sus mejores amigos, estoy seguro, lograron desvelar en largas noches de vino y poesía.
Lo conocí en el periodismo. A la sazón, fungía como director responsable del diario Panorama. Era esa una época interesante, pues compartían responsabilidades con Hesnor, colegas de la talla de Hugas Morán, José Semprún y Adalberto Toledo. Una tetratología imparable que propició una de las mejores escuelas del diarismo zuliano de los últimos tiempos.
Sé que fue un periodista de nobleza. Y, sin embargo, todos reconocíamos en él a un poeta mayor dentro de aquella pléyade que conformaron las voces de César David Rincón, Atilio Storey Richarson, Miyó Vestrini, Néstor Leal, Laurencio Sánchez, y tantos otros que fuera del grupo Apocalipsis compartieron época en la ciudad de Maracaibo.
De raigambre finisecular, Hesnor vivió la grandeza y la declinación de los movimientos de vanguardia, tanto de Europa como de Latinoamérica y Venezuela. Que Yo recuerde, siempre llegó a sentir una cierta predilección por la poesía del Isidore Ducasse, Pablo Neruda, José Asunción Silva y Juan Sánchez Peláez. Identificación que se ajustaba en ritmo y contenido a la búsqueda que estos poetas perfilaban en el horizonte de sus respectivas letras nacionales.
Obviamente, confieso que nuestra amistad hecha de los regalos del azar en las librerías de la localidad, en casa de un amigo formidable y mejor poeta: Hugo Figueroa Brett y, también, en los pasillos o en las aulas de la Facultad de Humanidades de nuestra Universidad. Digo, amistad que fue creciendo en la medida que nos entregaba un nuevo libro. Libros estupendos. Clásicos en la forma, algunos; de vanguardia, otros. En fin, clásicos todos pues pocos como él habían llegado a tan alto vuelo en nuestro medio.
La exégesis de la vida y obra de Hesnor Rivera apenas comienza. El tiempo gran escultor, como diría Marguerite Yourcenar, nos mostrará la esencia de ese apasionado de la palabra que vivió para amar a Maracaibo como a uno de sus grandes amores.
Yo creo, finalmente, que podemos hacer una comparación feliz entre Hesnor y Paul Valèry, en su Cementerio marino; entre Hesnor y Fernando Pessoa, en su Oda marítima. Ellos, en la visión de lo acuoso, del líquido en posesión de lo absoluto, rendidos quizá a las mismas claridades y al oleaje sempiterno, en admonitorio gesto devolverían al mar sus más caras pertenencias.
Sólo recordemos, en memoria de Hesnor, estos magníficos versos finales de El Cementerio marino: “El viento vuelve, intentemos vivir/ Abre y cierra mi libro al aire inmenso/ Con las rocas se atreve la ola en polvo/ Volad, volad, páginas deslumbradas/ Olas romped gozosas el tranquilo/ Techo donde los foques picotean”
Y de Oda marítima: “Solo en el muelle desierto, en esta mañana de verano,/ miro hacia la entrada del puerto, miro hacia lo Indefinido,/ miro y me alegro al ver/ pequeño, negro y claro, un buque que viene entrando,/ Está muy lejos, nítido, clásico a su manera,/ Deja en el aire distante, detrás de sí, la estela vana de su humo.”
José Francisco Ortiz
Maracaibo, diario Panorama.