José Luis Angarita
Temáticamente
frente al cine norteamericano
Las películas
venezolanas
son mucho más interesantes y profundas
"A los escritores latinoamericanos yo los siento como si fuéramos una sola persona, como si fuéramos del mismo país; no en balde tenemos la misma lengua. Creo que lo peor que podría ocurrirnos es perder nuestra capacidad de sorprendernos, por eso la literatura es vital para mí".
"Me acompañas a comprar el desayuno", me dijo José Luis Angarita a la entrada de su casa. Sonreía y recalcó: "Usted es tempranero ¿la cita no es a las diez?". Apenas tuve tiempo de contestarle que esa es una mala costumbre de mi parte. Llegar mucho antes de lo previsto a las entrevistas. Había encendido el automóvil. Fuimos a la panadería. La mañana era fresca a pesar de que el sol comenzaba a armar sus flechas contra la humanidad maracucha. La ciudad se habla despertado hacía ya largo rato y el fervor de la vida transitaba a nuestro lado.
José Luis Angarita, con apenas treinta y seis años de edad, es un periodista que nació con la imagen de la gente pegada en la memoria. Por ello ha sido fotógrafo, técnico de cine, guionista, redactor, profesor de cine en la Universidad del Zulia y escritor. He leído los originales de su primer libro (aún inédito) Textos ajenos y tengo la sospecha de estar frente a un narrador extraordinario.
¿Cómo surgieron los Textos Ajenos?
No sé, a veces trato de seguirle la pista y hay como muchos caminos que me conducen a ninguna parte. Sigo ese camino y veo de pronto a mamá que está leyendo a Marcial La Fuente Estefanía, a Corín Tellado y nunca me las dejó leer porque un niño no debía leer esas cosas: También, escucho a papá contándonos historias. La escuela rural donde estudié, en San Isidro. A los quince años intenté escribir pero no pude hacerlo, me parecía que no era posible darle formas a las ideas. Apareció mi hermano mayor con una novela: Cien Años de Soledad. Cambió por completo, entonces, la visión que yo tenía de las cosas. Me parecía imposible que se pudieran decir tantas mentiras al mismo tiempo. Ese disfrute, ese fabular fue un gozo. Después con las relecturas comprendí que no se trataba de mentiras.
¿Y después?
Allí comenzó la vorágine de mis lecturas. Aunque confieso que antes había leído a los hermanos Grimm, a Dickens. Toda esa literatura juvenil. Pero fue García Márquez quien marcó el descubrimiento literario. Luego Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Miguel Otero Silva, Rómulo Gallegos, Uslar Pietri.
Textos Ajenos son una colección de cuentos que, aunque al parecer están escritos en diferentes épocas, conservan una unidad que dan la impresión de que intentara novelar.
Bueno, en principio son cuentos. Nunca he pensado en la novela, por ahora. Para mí el cuento es más difícil, hay que mantener la tensión en muy poco espacio mientras que la novela es como una montaña rusa. Horacio Quiroga es fundamental y todos estos escritores latinoamericanos yo los siento como si fuéramos una sola persona, como si fuéramos de un mismo país; no en balde nos une un mismo lenguaje. Son escritores nacionales, los demás son extranjeros.
¿Hay una pasión en la escritura?
Sí, claro. Esa pasión es el castellano, nuestro idioma y las cosas que cuentan nuestros escritores están narradas de una manera muy vigorosa. A mí me parece que la imagen literaria castellana es muy hermosa. No sé, la de los ingleses y europeos me parecen muy frías.
¿En qué momentos usted empalma la realidad bucólica de la infancia con la encontrada en lecturas posteriores y el encuentro con la ciudad?
La realidad bucólica y de la ciudad era una sola. Yo vivía en Maracaibo y estudiaba en una escuela rural, en San Isidro. Ambos espacios me pertenecían. Así fue naciendo Textos Ajenos. Además, mi papá es del monte y nos lleva a recorrer los caminos que él anduvo de muchacho.
Ahora me doy cuenta de que mi padre era un gran embustero que de pronto por los lugares por donde pasábamos él los inventaba pero, igualmente, lo disfrutábamos. Ahora que pienso en estas cosas si nos fijamos en los libros que hemos leído, nos daremos cuenta que la mayoría tienen que ver con lo rural, con la naturaleza. Por lo pronto Latinoamérica es eso, en la más bella expresión.
Hay un autor que anda por sus relatos y que hasta el momento no ha nombrado: Jorge Luis Borges.
Sí, un buen día
apareció mi padre con un libro de Borges y me pareció increíble
que existiera alguien tan docto, que mencionara tantos lugares y libros raros
que después descubro que no existen. Borges fue, por lo tanto, un gran
embustero pero con una profundidad y belleza inalcanzables. Si García
Márquez descubrió que podía escribir como Kafka y hacerlo,
yo pensé: "si esta gente puede hacerlo ¿por qué
yo no?". Comienzo a escribir con oficio a los treinta años.
Las historias de Textos ajenos son una envolvente historia de amor, pero no en el sentido edulcorado que se le da a este término.
Sí, es el amor humano. Quiroga por ejemplo, que podía hablar de la muerte del hombre y del paisaje agonizante; por qué, entonces, no se pueden contar historias del amor, que es la vida. Eso es lo que he tratado de hacer.
La literatura como oficio comienza para usted a los treinta años. ¿Qué influencia ha tenido el cine en ese aspecto?
Desde que tengo memoria, el cine ha influido en mi vida. Yo recuerdo que faltaba a mis deberes de estudiante para irme al cine. Te confieso que dejaba de escuchar las clases de literatura por ir al cine. Ese es el gran espectáculo de todos los tiempos. Creo que el cine me empujó a escribir. Y cuando he hecho cine, he trabajado en 12 películas de manera amateur, pensando siempre profesionalmente, no haciéndome concesiones para justificar errores. Sé que en el trabajo cinematográfico intervienen muchos factores. A los directores se les escapan muchas cosas. Y en este cine pobre que hacemos necesitamos la ayuda de amigos que hagan tal o cual cosa. Me di cuenta que lo que yo pensaba lo podía plasmar en la literatura en vez de ponerme a hacer películas, porque éstas son muy costosas.
Sin embargo, se dice que usted es un buen realizador de fotografía en el cine.
De pronto descubrí que tenía ciertas habilidades para manejar cámaras, lo suficiente para nuestro medio. Sin embargo, mi experiencia tiene más importancia como espectador. El ver cómo se manejan las historias, el tiempo de la narración, de la acción, son cosas fundamentales en el cine y la literatura.
Podríamos decir que hay un aporte de la realización cinematográfica en la búsqueda de una literatura nacional.
El cine es una de las expresiones artísticas más difíciles. En la realización de una película industrial, por ejemplo, en los Estados Unidos, intervienen unos trescientos profesionales. Es una cultura de masas, es un trabajo artístico que nada tiene que ver con élites. Lo que ocurre en Venezuela es que no tenemos un desarrollo estético como para presentar un producto técnico como el que muestran otras cinematografías, como las europeas.
En Venezuela tenemos un banco de temas muy interesantes pero no así en las técnicas propiamente dichas. Yo creo que el cine nacional tiene logros, comparados con la pobreza de recursos con que trabajamos. Si nosotros pudiéramos hacer un balance de tú a tú entre el grueso de la producción norteamericana en el año 77 y el grueso de la producción venezolana de esa misma época, que fue más o menos grande, y sacamos temáticamente profundidad e importancia de temas, lo trascendental de los temas tocados durante esas películas, nos damos cuenta que las películas venezolanas son mucho más interesantes y profundas, menos divertimiento, que el cine norteamericano. Ahora, las técnicas no son comparables nunca. En cuanto al cine y la literatura venezolana se hermanan en algunos momentos. La Balandra Isabel llegó esta tarde, de Guillermo Meneses; País Portátil, de Adriano González León; las versiones de las novelas de Gallegos.
¿Cuál es el futuro del cine venezolano?
Mira, yo por los momentos no hablaría del cine venezolano sino de las películas venezolanas. Y lo que veremos será producciones aisladas de autores como Chalbaud, que arrancó del piso a los diecinueve años con una película escrita por él y ha seguido haciéndolo. Ha hecho películas por complacencia pero el hombre ha seguido haciendo cine. El futuro es el esfuerzo de algunos realizadores.
Hablando de imágenes, Humberto Cuenca dijo, en alguna ocasión, que el periodismo tiene su matriz en la literatura. ¿Es esto cierto?
Yo he escuchado por allí que son como dos hermanos. Uno mayor que el otro, en edad, por supuesto. Creo que el periodista es un escritor que hace periodismo para no morirse de hambre. La mayo ría de los escritores venezolanos han hecho periodismo. Díaz Sánchez, Job Pim, Leo. Pero no todos los periodistas son escritores. El problema parece ser de realidad y de ficción. ¿Dónde está una y dónde está la otra?
¿De tener que renunciar a la literatura tendría sentido seguir siendo periodista?
La existencia tiene mucho que ver con el sentido que uno tiene de la vida.Hay muchos que tienen neurosis y hacen graffitis en las calles, lo canalizan hacia eso y me parece bien, en vez de caerle a golpes a la gente. Además, yo no termino de creerme el cuento de que estos cuentos de Textos Ajenos les gusten a la gente. Yo creo que lo peor que podría ocurrirnos es perder nuestra capacidad de sorprendernos, por eso la literatura es vital para mí.
En el caso del periodismo es muy difícil decírtelo, pero te lo digo. En nuestro país, y por eso casi nunca he ejercido el periodismo, es que terminas por ser complaciente o mordiéndote la lengua.
Hay momentos en que hay que defender intereses que no te pertenecen o que no son tuyos. O uno es un hipócrita consigo mismo o con la sociedad en la cual vive. Tenemos un compromiso, se le dice al periodista. Tal vez yo sea más sincero, por eso he trabajado en otras áreas como la publicidad. Puede ser que no comparta algunas cosas de la publicidad pero ésta me paga a mí porque le haga una buena imagen. En periodismo hacemos buena imagen a costa de la imagen propia, a costa de un sueldo, a veces muy bajo. Aunque esto suene prosaico nunca será bien pagado un buen periodista.
José
Francisco Ortiz