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MEMORIA DEL SIGLO XX                                                     

  ENSAYOS DE LA INCONFORMIDAD

 

Angel Lombardi ante la historia

                   
         

       

LA HISTORIA MANIQUEA

La historia no puede ser vista en blanco y negro, eso no es científico sino fanatismo o sectarismo, propio del pensamiento irracional, especialmente cuando se mezcla con lo religioso, lo ideológico y lo político, es decir esa alquimia peligrosa, como decía P. Valery, de las supersticiones, las creencias y los intereses. Como ejemplos tenemos en la actual coyuntura el caso venezolano, como si la historia del país terminara aquí y todo se redujera a chavismo y antichavismo. Estos términos hay que escribirlos con minúscula porque hoy parecen arroparlo todo y en la perspectiva histórica dudo si van a llegar a ser realmente importantes. Chávez es un adocenado caudillo más de nuestra triste y miserable historia de dictadores. Existen para perpetuar el atraso y la ignorancia y para recordarnos los fantasmas y demonios que acompañan y expresan una parte de nuestro ser social.

Otro ejemplo, es la invasión a Irak por los anglo-norteamericanos. En lenguaje de la ONU esto es una agresión militar, ya que no se puede hablar de guerra, con una diferencia tan abismal tecnológica y militar de  los antagonistas. Aquí la primera víctima es el derecho internacional, la propia ONU y su consejo de seguridad, mejor llamarlo de aquí en adelante consejo de inseguridad. No importó para nada el veto francés, ruso y chino ni la oposición de Alemania; todos son, hoy por hoy, gigantes económicos y pigmeos militares, frente a una realidad incontrovertible, estamos en un mundo unipolar, hegemonizado por Estados Unidos ¿por cuánto tiempo? Esa es la incógnita a despejar en los próximos años. Rechazada la invasión, el fin no justifica los medios; no hay duda que buena parte del mundo se alegra con la caída de los talibanes en Afganistán y del sátrapa Saddam Hussein en Irak. El reto es que el remedio no sea peor que la enfermedad y que la reconstrucción de ambos países se haga en democracia y en desarrollo y todo con el auspicio, auxilio y apoyo internacional. ¿Hacia dónde va el imperio? Según la historia, debe ir en busca de nuevas presas, y me luce que puede ser Corea del Norte, Libia, Irán y porqué no, Colombia y Venezuela.En estas guerras imperiales, los mejores aliados de Estados Unidos son sus principales enemigos visibles, que con sus acciones les dan pretexto y motivos para actuar. Así fue Bin Laden y la destrucción de las Torres Gemelas. La retórica guerrerista y retadora de líderes como la de los talibanes, Saddam, Kim el Sung, Khaddafi, Fidel, Chávez. En función de ello, y de manera irónica me he permitido calificar a este tipo de líderes, como verdaderos agentes de la CIA.

Los gigantes de hoy son los pigmeos de mañana y la historia nunca es en blanco y negro. La verdadera historia y lo verdaderamente importante es la historia cultural de la humanidad y no su historia bélica y política, ésta es ruidosa y pasajera, la otra, es silenciosa y duradera.  

El fracaso de la modernidad

 

En América Latina y en Venezuela parte del drama político es que no vivimos la modernidad en sus principales aportes: renacimiento, ilustración, revolución industrial y tecno-científica. Esto nos ha llevado a definir una cultura de la modernidad más como una moda y una retórica que como realidad, de allí la pre-modernidad internalizada en nuestra cultura imperante y el avanzar en círculo. Por todo ello nos empeñamos en seguir en la pre-modernidad, atrapados en el pasado y negando el futuro, lo del siglo XXI es pura retórica en nuestro caso. La brecha se ensancha entre ricos y pobres, los primeros son cada vez menos y más ricos y los segundos cada vez más y más pobres. “En 1960, el 20% más rico de los países del mundo era 30 veces más rico que el 20% más pobre. Treinta años después 1990, el 20% más rico de los países, era 60 veces más rico que el 20% más pobre”. Igual la brecha tecnológica, los países avanzados se despegan y nos dejan atrás y nos convierten en simples consumidores y usuarios de chatarra tecnológica. América Latina no llega al 2% de la innovación tecno- científica mundial, es decir nada o casi nada. Si a eso unimos nuestra decreciente participación en el comercio mundial (apenas el 4% en 1980, mientras que en 1950 era el 12%) estamos hablando entonces de una peligrosa y grave involución histórica. Los latinoamericanos, y en general el llamado Tercer Mundo, hemos redefinido el concepto de progreso y desarrollo, como un avanzar/retrocediendo. Nos empeñamos en la pre-modernidad, negamos la racionalidad moderna y seguimos empecinados en el anti-desarrollo, anclados en una mentalidad mineralizada en un pensamiento mágico/mítico, y un complejo de superioridad que se traduce en un etnocentrismo provinciano que padecemos en grado sumo, sustentado en la idea que somos un país rico, nuestra clase dirigente tiene el complejo en grado patológico y alimenta un optimismo panglosiano y enfermizo que les hace pensar que avanzamos mientras retrocedemos; rodeados de miseria y carencias, seguimos hablando de nuestras riquezas y maravillas naturales, cuando día a día destruimos y depredamos nuestro ambiente y reducimos nuestra calidad de vida. No se trata de ideologizar el optimismo o el pesimismo, ni dejar de ser optimistas y esperanzados, sino de asumir realística y críticamente nuestra realidad y avanzar de manera real y no retóricamente, empobreciendo el país mientras nos vanagloriamos de nuestras riquezas y bondades, que sí tenemos, pero nos empeñamos en despilfarrar y desbaratar. Otra negación de la modernidad ha sido el desprecio por las formas y los procedimientos, seguimos pensando en los hombres providenciales y las soluciones mágicas e inmediatistas, sólo cuando asumamos el principio de la norma general y el respeto a la misma, en fin, el cumplimiento de las leyes y el cumplimiento del deber, no como una concesión o un favor, sino como una obligación legal y moral; en ese momento habremos entendido y asumido, la importancia y pertinencia de la tecno-burocracia que decía Max Weber. La sociedad moderna y democrática se fundamenta en la revolución industrial y tecno-científica, en el Estado de Derecho y en la educación en su más amplio y eficiente sentido. El progreso o desarrollo es un proyecto histórico que debe ser asumido por toda la población sin magia y sin complejo. La educación es permanente y sólo alcanzará la plenitud de sus posibilidades cuando toda la sociedad se convierta en educadora, desde la familia, pasando por la comunidad hasta el modelaje de la clase dirigente, que en este sentido tiene una gran responsabilidad y que en nuestro medio lamentablemente se ha convertido en un paradigma negativo.

 

Tres lecciones de nuestra historia

 

Los acontecimientos de carácter histórico son siempre hechos o fenómenos de larga duración. La actual crisis nacional (2002-2003) cuya primera manifestación visible fue el viernes negro de 1983, seguido por el caracazo del 89 y las intentonas golpistas del 92, está tocando fondo y lo hace con un dramatismo extraordinario, un país económicamente en quiebra, una sociedad terriblemente empobrecida y una casi absoluta inestabilidad política. Frente a este cuadro, la escalada confrontacional continúa y hay momentos en que pareciera que la razón y la racionalidad se ausentaron del país. Pero como los pueblos no se suicidan, aunque los gobiernos cambien, al final siempre hay una solución política. En este momento, aunque parezca lejano un acuerdo, llegará; y llegará más pronto de lo que se piensa ya que la situación es insostenible tanto para el gobierno como para la oposición. Todos estamos perdiendo y el país está en franco naufragio. El pasado histórico venezolano nos enseña varios caminos, uno, el recorte del mandato presidencial, como ocurrió con López Contreras. Otro, la caída de Medina Angarita por no aceptar el sufragio universal, directo y secreto, que los sectores emergentes del país demandaban y por último la salida de Pérez Jiménez del poder  y es que Venezuela ya no puede ser gobernada desde los cuarteles. Si se entienden y asumen estas experiencias, pronto tendremos elecciones generales anticipadas, con supervisores y garantes internacionales y el país, redefinido el espectro político, debe volver a ser convocado unitariamente a un proyecto país, sin excluidos sociales y políticos y con un programa de gobierno progresista y moderno, para seguir creciendo y avanzando en democracia y libertad.

 

Teoría de la sociedad enferma

 

Analizar una sociedad con sentido de totalidad no es fácil, en primer lugar porque ésta cambia y está en permanente movimiento y transformación y en segundo lugar porque la identidad nacional no es ontológica, sino igualmente histórica, es decir, no es tanto lo que somos sino lo que vamos siendo. Venezuela como pueblo y cultura entronca directamente con sus raíces indígenas, africanas y europeas; como República, es decir Estado- Nación viene de 1810, fecha emblemática de un proceso de muchos años, de evolución. Nos hemos ido constituyendo como país y nos seguimos haciendo en los avatares y circunstancias de nuestra historia de muchos siglos. En los albores del siglo XXI e inmersos en una crisis de carácter histórico con más de 30 años de evolución y una profunda crisis política, no es ocioso autointerpelarse sobre el “ser” nacional, virtudes y defectos de un pueblo que van determinando su “carácter” y por consiguiente su destino. Ejercicio precario de psicología social no es ocioso preguntarnos sobre nuestras máscaras y vernos en el espejo de nuestra historia. Miranda nos percibió con ansías de libertad y proclives al bochinche, Bolívar nos verá libertarios, pero con tendencia a la anarquía y admiradores en demasía del cuartel. A. Guzmán Blanco simbolizó la República en un cuero de res, pisado por un lado y alzado por el otro, desde el gobierno, y en todos los gobiernos la cleptocracia se convirtió en un vicio recurrente y desde la sociedad el logrerismo y el oportunismo se convirtió en vocación y hábito nacional. Rómulo Gallegos simbolizó en el bachiller Mujiquita a los intelectuales genuflexos, a los leguleyos obsequiosos y a los aplaudicantes de siempre. Andrés Eloy Blanco, simbolizó en Carujo y Vargas el drama de nuestra civilidad, el gendarme impune y arbitrario violando permanentemente las leyes y el erario público. La “viveza criolla” en muchos autores representa una constante nacional que nos impide acceder a la plena modernidad, Doña Bárbara anulando a Santos Luzardo, la civilización extraviada por la barbarie. Simón Rodríguez angustiado nos advertía “sin repúblicos no hay República” es decir, sin ciudadanos no hay ciudadanía ni sociedad civil. Esta visión del país, que algunos apresuradamente y de manera interesada llamarían pesimista, en realidad es una visión agónica y trágica de nuestra historia y que muchos se empeñan en confirmar y mantener. En Venezuela si queremos modificar el Poder y la manera de ejercerlo tenemos que modificar la sociedad y la manera que tiene ésta de asumirse y representarse. La Sociedad venezolana y el imaginario social descansa sobre dos mitos que vienen de la Edad Media y del Renacimiento: el mito del Dorado y de la Juventud, es lugar común en la ideología nacional asumirnos siempre como país rico y país joven, contraviniendo todos los postulados científicos de la Economía Política y de la Antropología Cultural. Igualmente el poder en Venezuela descansa sobre tres mitos: el culto bolivariano; el mito constitucional y la ilusión revolucionaria. Todo lo anterior permite llegar a una conclusión preocupante que es el de nuestra minoridad histórica como pueblo; seguimos viviendo en el presente y asumiendo el futuro desde el mito y la magia y no desde  la historia y la ciencia anclados en la utopía (lugar de ninguna parte) seguimos evadiendo construir nuestra utopía concreta como pueblo, hic et nunc, aquí y ahora, con las posibilidades reales de nuestro tiempo, que no son otros que los valores humanistas que la humanidad ha proclamado y desarrollado. Un sistema político, económico y social, en donde los principios de libertad, igualdad y fraternidad se conjuguen de la manera más armónica posible y en donde el ser humano se redima a sí mismo en la solidaridad y la convivencia civilizada. Venezuela como país petrolero, murió en Febrero de 1983, que no lo entendamos y tardemos 50 ó 100 años en asumirlo es otra cosa. El problema o la tarea es desmontar el petro/Estado, es decir, quitarle al gobierno el control de la industria petrolera y el derecho a monopolizar y administrar los recursos que ella genera. El propietario es  la sociedad venezolana y en esa dirección tenemos que ir. No podemos permitir que el que detenta el poder político también tenga el poder económico, al igual que hay que acabar con el presidencialismo, vieja reminiscencia del caudillismo. El Presidente no puede anular y usurpar los otros poderes. Venezuela se enfermó por exceso de dinero. La nuestra es una crisis de la prosperidad que maleó nuestro carácter y costumbres, todo lo queremos fácil y sin esfuerzo. El reto está allí, cambiar de actitud y mentalidad, pasar de un Estado y una Sociedad rentista, a un país productivo, en donde el bienestar de todos dependa del esfuerzo, capacitación y bienestar de cada uno.

 

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Si bien el epílogo y las conclusiones le corresponden al lector, el autor no puede evadir la tentación final de justificarse: este libro fue escrito con angustia y esperanza durante los últimos 6 alocados años que hemos vivido y padecido. Todo el país se involucró en esta tragicomedia bolivariana, el gran bufón nos convocaba al futuro mirando hacia atrás y quienes se le oponían, en nombre del pasado, se erigían en representantes del presente.

Con la Constituyente y la Constitución se nos pretendió hipnotizar; con las leyes habilitantes se desenmascaró el aspirante a autócrata y la torpe oposición no supo hacer otra cosa que intentar un infeliz golpe de estado, la “carmonada”, monumento de improvisación e irresponsabilidad hasta culminar en el paro light de una sociedad civil que se creyó políticamente más importante de lo que realmente es. Agotado el voluntarismo aventurero llegamos al único camino lícito, la ruta electoral, con todos los obstáculos y trampas del régimen. El 15 de agosto del 2004, el SI-NO, es decir las cuatro letras que significan destino, van a determinar los acontecimientos, pacíficos o violentos según sea la actitud y conducta de los protagonistas, en especial del gobierno y su líder. Laureano Vallenilla Lanz decía que los pueblos tienen el gobierno que se merecen. Augusto Mijares pensaba lo contrario; los gobiernos modelan el pueblo que quieren. Está demostrada la relación profunda existente entre Cultura, Economía, Sociedad y Política, sin caer en reduccionismo simplificadores o determinismos mecanicistas. La identidad es lo que vamos siendo como historia y cultura; toda sociedad tiene virtudes y defectos, y las sociedades perfectamente pueden equivocarse, algunas hasta deciden suicidarse, como fue el caso de muchos pueblos que apenas son un nombre en la historia de la humanidad. Venezuela es una república vieja de casi 200 años, tiempo en que ha pretendido recorrer una distancia histórica que otras  sociedades recorrieron  por lo menos en 1.000 años; hemos sido modernos sin dejar de ser medievales y pretendemos ser post-modernos sin haber agotado la modernidad. Lo tradicional y lo moderno cohabitan sin terminar de entenderse. La mentalidad y la cultura tradicional nos identifica y al mismo tiempo, en la mayoría de los casos, se convierte en un obstáculo para convertirnos en verdaderos habitantes del siglo XXI. Muchas de nuestras conductas sociales denotan y expresan más una condición rural que urbana, inclusive nos retrotraen a estadios primitivos de nómadas cazadores y promiscuos. Lo tribal clásico imponiéndose a lo societario-comunitario. Lo privado y lo público confundiéndose y superponiéndose, con relaciones horizontales desjerarquizadas con una fuerte carga de orfandad paterna y dependencia patológica de la madre. Exceso de madre y falta de padre decía mi suegro, muchos compatriotas sufren de inmadurez afectiva y de una fuerte carga de irresponsabilidad producto de esta mentalidad y cultura matriarcal y tribal ajena por completo a la modernidad. Millones de venezolanos están mucho más cerca de la magia y del mito que de la racionalidad tecno-científica, de allí que no resulta insólito que la política vernácula, la de ahora y la de antes, sea tan tradicional y repetitiva; por un lado la tentación autocrática de nuestro presidencialismo y por el otro el populismo y la corrupción despilfarradora de nuestra renta petrolera. La novedad de nuestras revoluciones es que no son nada novedosas con su culto bolivariano; así lo hizo Páez, Guzmán Blanco, Castro, Gómez, López Contreras, Pérez Jiménez y ahora Chávez. Igualmente con el mito del Dorado, presentan un país rico, cuando, al final, lo que tenemos son gobiernos ricos y pueblos pobres. En los últimos 30 años, en Venezuela se extravió el poder y se extravió la sociedad en un gran bonche nacional; cuando despertamos en 1983, 1989, 1992, 1998, 2002 y 2003 todavía no terminamos de entender, hasta que el miedo y la necesidad nos están obligando a entender. En Venezuela en términos históricos pareciéramos seguir empeñados en la pre-historia y empecinarnos en seguir fuera de la historia real. Seguimos en mora con respecto a la creación del Estado-libertad que proclamó y practicó la Revolución Francesa y la Revolución Norteamericana del siglo XVIII o como dijera Hanna Arendt la constitutorio libertatis como base y andamiaje del Estado Moderno y que servía de soporte a la otra necesidad de bienestar para el pueblo, que el socialismo y el marxismo convirtió en eje y centro de la otra revolución, la revolución comunista. El drama del siglo XIX y XX gira en torno a esta doble exigencia histórica, libertad e igualdad como expresión de la historia real, a su vez, ésta entendida y asumida como el auto-desenvolvimiento de la razón, como diría Hegel. Venezuela como el resto de los países de América Latina inician el proceso con la emancipación, en nombre de la libertad y terminan negándola y es que el sistema político no puede desvincularse de la economía y la sociedad y sin burguesía y revolución industrial, y revolución tecno-científica como muy bien lo sabía Marx, no hay revolución de la modernidad, de allí que nuestro sistema político termina asumiendo la retórica de la libertad y la igualdad y en la práctica la niegan condenando a nuestras sociedades al atraso histórico y a nuestros pueblos a la minoridad. Esta minoridad es lo que está combatiendo la sociedad civil venezolana, frente a un Estado que lo quiere arropar todo (economía, sociedad, cultura, política). La sociedad civil, definidida como lo que no es el Estado, resiste el avasallamiento y la dependencia que éste quiere imponerle especialmente a través del monopolio de la renta petrolera. Esta es nuestra lucha histórica del actual momento político, que la sociedad sea más importante y fuerte que el Estado, de allí la obligante reforma constitucional para ponerle control y límites a nuestro presidencialismo; que garantice de manera efectiva la división y equilibrio de poderes; que recuperemos el proceso de municipalización y descentralización del Estado, que las instituciones públicas y privadas sean autónomas pero al mismo tiempo, que rindan cuenta y permitan el acceso de los venezolanos a una parte del capital y propiedad de PDVSA. En fin, desagregar el Estado en un todo orgánico, controlado por la Sociedad y al mismo tiempo eficiente y bien administrado. No otra cosa es la modernidad, libertad garantizada a cada individuo y responsabilidad asumida por todos y cada uno de los ciudadanos. Un Estado fundado en la ley y una sociedad regulada por ésta. Una sociedad en donde deberes y derechos de los ciudadanos se equilibren y alimenten mutuamente. La crisis venezolana es fácil de diagnosticar, lo difícil siempre es implantar las soluciones adecuadas y oportunas por aquellos de los intereses egoístas y particulares y la carga de emociones y pasiones que la política entre nosotros tiende a generar. La crisis nacional de las últimas décadas puede ubicarse en 1979 cuando se inicia el descenso vertiginoso y brutal del salario real y del poder adquisitivo del venezolano, creando esta pendiente de empobrecimiento colectivo que no termina y cuya erosión de la confianza y estabilidad nacional, con su ilusión de armonía estalla en el Caracazo de 1989 y las intentonas golpistas del 92; fantasmas y demonios del pasado siempre latentes en nuestra historia mientras no superemos nuestras estructuras y mentalidades primitivas y no terminemos de acceder a la plena modernidad. La historia racional define de manera precisa la modernidad, pero en su sentido más genérico es la democracia moderna desarrollada y tecno-ciencia, cuya inevitabilidad nos abre las puertas del siglo XXI con su carga de oportunidades y riesgos. Y es que ningún sistema político es perfecto pero sí perfectible. Conciliar libertad y justicia social es imperativo en el mundo y en el país. Producir y distribuir en términos modernos y post modernos es producir con eficiencia y distribuir con equidad, y esto es tarea no solamente del Estado, sino obligación de las instituciones, de las personas y de la sociedad como  un todo. Como dijera Simón Peres, el reto es producir como capitalistas y distribuir como socialistas, de allí que la modernidad política en los países mas avanzados tienden a un centro inteligente, evitando los extremos ideológicos peligrosos y lógicamente cualquier tipo de fundamentalismo. Es el péndulo de la historia buscando siempre el equilibrio. La riqueza no puede ser un escarnio como tampoco lo es la pobreza. Pero la riqueza tiene que ser legítima y responsable; es decir, solidaria, tanto en el sector privado (por aquello de que quien más ha recibido más debe dar) como en el sector público (cuyos recursos son de la sociedad y no del gobernante de turno y tienen que ser distribuidos de manera pulcra y equitativa). Estado, Sociedad, Gobierno, Instituciones, tienen que ser una permanente escuela de pedagogía para la libertad, dignidad y promoción humana. El futuro es impredecible, pero si prevalece la razón, tiene que ser “a mejor” como diría Kant. No le hagamos caso al optimista que promete soluciones para “ya” pero tampoco al pesimista que no ve solución o piensa en el pasado mañana; optimismo y pesimismo en términos históricos son dos enfermedades peligrosas porque se niegan a ver la realidad “real”. La realidad es moldeable si sabemos actuar sobre ella, “racionalmente” con sentido común y asumiendo nuestra acción desde los “valores”, no como mera declaración de principios sino como postura y compromiso existencial concreto. Esta es una democracia “secuestrada”, evidentemente imperfecta, tanto en la mal llamada 4ª ó 5ª República, con todo el abuso oficial, una vez más de presidencialismo exacerbado, poderes cómplices y populismo y corrupción desbocada; con todas las ventajas y trampas, la tentación autoritaria no puede prevalecer, porque me luce irracional seguir llegando tarde como país a la cita con la historia; en el siglo XIX nos rezagamos de manera importante y en el siglo XX entramos después que se murió Gómez; en el siglo XXI sería imperdonable seguir perdiendo el tiempo y avanzar en círculo. Creo que millones de venezolanos no lo vamos a permitir, especialmente esa clase media que se extravió en el “bonche” mayamero y saudita y que hoy se asume democrática y progresista como sociedad civil y definitivamente las nuevas “elites” universitarias, técnica y profesionalmente mejor preparadas que nunca para orientar y dirigir el país por el camino adecuado. En Venezuela urge tener “memoria y responsabilidad” no puede ser que nadie responda de los muchos errores y extravíos de la llamada 4ª República y alguien o algunos deben responder por el menosprecio y los extravíos que ha asumido la 5ª. Los “ángeles rebeldes” del 92 resultaron conspiradores de vieja data y hambrientos de poder. Nuestras “repúblicas”, todas sin excepción, están llenas de “apóstoles” y beneficiarios del poder, las oligarquías del dinero que dijera Domingo Alberto Rangel. Bolívar ha sido utilizado y maltratado por todos. La misma palabra “revolución” ha identificado todo tipo de gobierno y en el mundo moderno, abandonada su carga utópica, llegó a significar lo peor de la derecha y la izquierda y hasta intentaron unirse para dominar el mundo en nombre de la revolución cuando se firmó el pacto entre Stalin e Hitler. La “razón” en la historia alimenta la esperanza pero también engendra monstruos; la ciencia, la economía y la política tienen que “reingresar” a la sociedad subordinadas a la ética. El progreso en sí mismo, no es garantía de nada, sino un mayor y mejor “confort” para muchos o para algunos. De lo que se trata es que no podemos pretender vivir en estado natural; a nivel individual pudiera ser válido no a nivel social, a menos que decidamos extinguirnos como especie en un holocausto nuclear o regresar a las cavernas como decía Einstein, si persistíamos en nuestros afanes suicidas. El progreso es real y posible, la tecno/ciencia lo impulsa y permite, pero siempre y cuando el progreso se impregne de moral. En Venezuela la política anda extraviada desde hace muchos años, igual que la economía y en algún momento también la sociedad se extravió; hoy los venezolanos podemos reencontrarnos en un espacio común compartiendo nuestras diferencias, en democracia y libertad, con tolerancia y pluralismo; si alguna virtud tenemos como sociedad y cultura, es que los muchos “rollos” del racismo y fundamentalismos de todo tipo, no forma parte de nuestra cultura; el venezolano por regla general es abierto y amigable, rasgos “premodernos” que pudieran convertirse en rasgos importantes de nuestra modernidad, si sabemos combinarlos con las otras virtudes de la modernidad que pueden ser aprendidas y definitivamente practicadas.

Los peores tiempos son los mejores tiempos, dice Dickens en una de sus novelas; de los venezolanos depende avanzar, estancarse o retroceder.


MEMORIA DEL SIGLO XX

El siglo XX es un siglo fronterizo y tal como lo vió y estudió Tuchman, historiadora norteamericana;fue un siglo equiparable, como en un espejo lejano, al terrible y creativo siglo XIV. En este siglo, complejo ydinámico, sin la menor duda, el hilo conductor estuvosignado por la ciencia y los científicos. A finales delsiglo XX se calculaban 5 millones de científicos en todo el mundo, casi todos concentrados, no importa su origen, “en los países avanzados” y particularmente los Estados Unidos; esto es su verdadera ventaja estratégica sobre el resto de los países. En 1920 el número de científicos en el mundo no llegaban a 10.000 y en su mayoría concentrados en Europa occidental, particularmente Gran Bretaña y Francia y más de la mitad en Alemania, hecho que tiene que ver con el modelo universitario que se implantó en ese país, a partir de 1808, con la creación de la Universidad de Berlín, por Guillermo von Humboldt. Este modelo universitario volcado decisivamente a la investigación, será imitado posteriormente, y en este orden,por Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón; después pasará a influir al resto de las universidades, aunque éstas en su mayoría, todavía hoy respondan más al llamado modelo francés, orientadas básicamente a graduar profesionales.

Este es parte del secreto, la ciencia exige como es lógico, talento y condiciones individuales, pero si no se organiza, estructura e institucionaliza, no hay verdadero desarrollo científico. También la ciencia se convierte en otra rama de la economía y exige estructuras económicas, académicas e industriales adecuadas.

El método más usual para desarrollarse una estructura científica moderna es unfinanciamiento adecuado (no menos del 3% del PIB); con las políticas correspondientes de organización, formación, difusióne intercambio. Todo esto funciona normalmente con la política de los doctorados, las revistas especializadas, las reuniones y encuentros entre pares yespecialistas.Venezuela y América Latina sufren un gran rezagoen esta materia, apenas aportamos menos del 2% a la innovación tecno/científica del mundo, lo que indica de paso el fracaso relativo de nuestras universidades o su estancamiento, ya que siguen viviendo de modelos y políticas que no han logrado ir más allá del movimiento universitario de Córdoba, Argentina, de 1918.

La revolución científica y tecnológica del siglo XX ha subvertido todo el sistema de vida y creencias existentes, y apenas estamos en los comienzos. Todo se ha relativizado, mientras más avanzan nuestros conocimientos; no es casual que en el campo de la física (ciencia estelar de toda esta revolución) surgieran la teoría de la incertidumbre y la teoría del caos y que el propio Einstein fracasara en llegar a formular una teoría del campo unificado, que devolviera orden y concierto al mundo del conocimiento. Los descubrimientos y las innovaciones se hicieron abundantes y continuas, tanto es así que hay un desfase entre la realidad de la ciencia y su aceptación o percepción por parte de la sociedad.

Matemática, física, química, biología, cienciasmadres, dieron lugar a una combinación impresionantede nuevas ciencias o ramas de las mismas: bioquímica, biogenética, informática, telemática y cada día surgen más y más especialidades.

En el mundo científico hay una confianza casi absoluta en la ciencia y por eso no se renuncia a ningún tipo de investigación y no se ignora ningún reto, lo que ha llevado a decir a ciertos investigadores que la cura del cáncer y del sida, es un simple problema de tiempo y dinero. La ciencia se hace omnipotente y omnipresente y el científico tiende a evadir la responsabilidad moral de su trabajo.

Este no es un problema fácil y lo vivieron con el máximo dramatismo el equipo científico que construyó la primera bomba atómica, entre otros Oppenheimer, Fermi y el propio Einstein, quienes ante el temor que la bomba la pudiera construir la Alemania nazi, urgieron al gobierno norteamericano a que se adelantara a esa posibilidad; de allí surgió el Proyecto Manhattan del gobierno de F.D. Roosevelt dirigido por Oppenheimer, este mismo grupo de científicos horrorizados, volvieron a dirigirse al gobierno para desalentar este tipo de proyectos, pero era demasiado tarde y es lo que llevó a exclamar a Oppenheimer los científicos hemos conocido el pecado, después de Hiroshima y Nagasaki.

Este problema o dilema moral no ha desaparecido ni puede desaparecer, al contrario, se hace más imperativo que nunca, en un momento que la ciencia ha accedido al código genético, que le está permitiendo actuar sobre la propia creación del ser humano. Una vez más la tentación de jugar a ser Dios.

Si algún problema es importante en el siglo XXI es éste, los límites y las posibilidades de la ciencia, de allí nuestro planteamiento sobre la urgente y necesaria subordinación de la política, la economía y la ciencia a la ética. Después de la bomba atómica, la humanidad entendió las posibilidades reales del suicidio a escala planetaria de toda la humanidad. Esta amenaza está plenamente vigente, agravada hoy con los riesgos ciertos del deterioro del medio ambiente: la capa de ozono y el calentamiento del planeta; el deshielo polar y, la amenaza de desertificación en todos los países y particularmente en los grandes pulmones vegetales, como la Amazonia.

El modelo de desarrollo no parece el más adecuado,con sus deshechos tóxicos y despilfarro de recursos y energía. La situación se agrava por la inconsciencia generalizada de las mayorías y de las propias elites; pareciera que el futuro, más allá de la propia vida, no tiene interés. Aquí también el desequilibrio es la nota dominante, lo que indica que estos problemas no solamente son educativos y económicos, sino fundamentalmentepolíticos.

Dicen algunos expertos que las guerras del siglo XXI van a ser por el agua, esto ya parece ser cierto, y las aguas también están repartidas geográficamente de manera desigual.

Algunos fi lósofos y científicos no se hacen muchas ilusiones sobre el futuro de la humanidad y han llegado a sostener, que así como el mundo empezó con una gran explosión (teoría del Big Bang), así terminará: por la propia naturaleza de la materia, por la energía convertida en calor, y por irracionalidad de los seres humanos, que parecieran empeñados en apresurar las cosas. Nosotros, no podemos aceptar esta posibilidad, aunque veamos la realidad y el peligro.

En términos estrictamente históricos e historiográficos, nuestro horizonte no va más allá de este comienzo del 2004; por aquello de la prudencia y sabiduría retrospectiva, nadie puede, racional y científicamente anticipar nada, aunque es válido y lícito,proyectar y planificar.

No creemos que la historia se va a acabar mañana, no participamos del milenarismo apocalíptico de algunos; pero sí creemos que los tiempos no van a ser tranquilos, pero hay que evitar emular al siglo XX y sus matanzas. La paz es necesaria más que nunca; necesitamos ahorrar energías y ganar tiempo para enfrentar los muchos problemas de nuestro tiempo y de nuestras sociedades. Científica y técnicamente, nunca la humanidad y cada país, estuvieron mejor preparados para hacerlo, de allí la importancia de la política; otra vez hay que aprender a ponerse de acuerdo, más allá de cualquier tipo de diferencia. Hay que convencer a la gente y ganársela para las buenas causas, más allá de los intereses particulares, sin quitarle licitud y pertinencia a estos. Hay que construir sistemas políticos respetuosos de los derechos humanos ygobiernos eficaces, competentes y honestos; hay que aprender a formular políticas realistas, racionales, coherentes y auto-corregibles. Absolutamente, hay que subordinar el poder militar al civil y el gobierno a la sociedad. Ningún interés egoísta, grande o pequeño, debe o puede prevalecer sobre el interés general y el bien común.

El ocio y el entretenimiento deben convertirse en acción cultural, que promueva valores y facilite la condición humana como un ámbito sagrado de respeto, dignidad, libertad y solidaridad. En fin, norenunciar a una utopía concreta, realizable y posible históricamente.

La historia es nuestra responsabilidad, es decir la vida toda; del siglo XX, debemos y podemos aprendermuchas cosas y fundamentalmente no repetir ciertos errores monstruosos que allí se dieron. La historia se mueve entre dos extremos, según Cicerón es maestra de la vida; para Hegel, si algo enseña la historia es que no enseña nada. Como siempre, los dos tienen razón, si aceptamos sus puntos de vista, con la prudencia del caso. Algo aprendemos de la historia, pero el futuro solo se define a partir de la incertidumbre y de nuestra libertad.

Por eso la historia es útil y es interesante; es un libro abierto que puede ser interpretado de muchas maneras y de hecho lo es. La historia es re-escrita permanentemente, y hasta puede convertirse en materia peligrosa e inflamable, como decía Paúl Valery, cuando se convierte en ideología. En el conocimiento histórico no existe objetividad, con excepción del método y las técnicas empleadas; pero si debe existir honradez por parte del historiador, aunque no propugne una verdad, si debe ayudar a comprender. Al historiador le está vedado hacer prospectiva, pero igual que es inevitable opinar y ser testigo directo, igualmente difícil es evitar la tentación de proyectaraunque sea nuestros propios deseos e intereses.

De cara al siglo XXI pensamos que todo va a cambiar, más en apariencia que de fondo, por lo que ya hemos dicho sobre la persistencia y permanencia de muchos aspectos de la conducta individual y social y porque no todo cambia al mismo ritmo La geopolítica de los intereses nacionales y el juego de las grandes potencias seguramente va a continuar,aunque algunos protagonistas puedan cambiar.

Seguramente Estados Unidos seguirá dominando la escena mundial por unas cuantas décadas más con una competencia cada vez más cerrada de la Unión Europea y China. Rusia volverá a jugar un papel protagónico y hay un grupo de países, cuya importancia geopolítica actual y potencial es evidente: Japón, la India, Australia, Canadá, México, Brasil, Sudáfrica.

Una incógnita es América Latina en su conjunto, subcontinente con un potencial geopolítico increíble, pero que pasa necesariamente por su desarrollo, integración y unidad. En esta proyección lo importante y prioritario es evitar una guerra a gran escala y mantener los conflictos regionales y locales en los límites de la política internacional, es decir, manejables, que no se desborden y eventualmente puedan ser resueltosmediante negociaciones.

El otro conflicto o problemática a atender urgentemente son los grandes desequilibrios mundiales en el orden de la pobreza y el desarrollo; 20% de los habitantes de la tierra no pueden seguir siendo privilegiados en detrimento del otro 80%; la riqueza, el bienestar y la democracia política tienen que ser compartidas y verdaderamente universalizadas. No va a ser fácil, los intereses egoístas de los individuos y de las naciones tenderán a mantenerse y si es posible a acrecentarse; el ideal ético va a ser fuertemente comprometido por una economía cuya racionalidad y razón de ser es el lucro y la maximizaciónde los beneficios. Igual la política, gobiernos y políticos, va a ser difícil que renuncien a la lógica del poder y la supremacía y en el campo científico, prevalece la idea de no ponerle límites a la investigación.En fin, el mundo peligrosamente se desliza hacia la inequidad y a un individualismo determinado por el consumismo. En nombre de la libertad cadavez somos menos libres en nuestros hábitos y conductas, cada vez más condicionados por las modas y la publicidad.

El mundo se homogeneiza y uniformiza, adocenando y mediocrizando las conductas individuales y colectivas. Nada más triste que un stadium pleno de fanáticos vociferantes, cuyo nivel de racionalidad se reduce al mínimo y se maximizan sus posibilidades de violencia.

Autopistas y carreteras se estandarizan en tecnología y tipo de negocios, facilitando las comunicaciones y la velocidad, pero igualmente inhibiendo el verdadero viaje de placer a tiempo perdido, para poder disfrutar de verdad del paisaje, las costumbres, la gastronomía local y la artesanía correspondiente.

Esto puede parecer romántico y perdido para siempre, pero hay que volver a meditar sobre la importancia del ocio helénico y del dolce far niente, a menos que le entreguemos también nuestro tiempo libre, a la moda, al marketing, al comercio y al negocio en general.

Los tiempos cambian. El Mundo nos usa. Todo es revisable, estamos fatigados y aparentemente no vamos a ninguna parte. No hay peor nihilismo que el consumismo, todo es desechable, todo nos hace falta, más allá de nuestras necesidades reales.

Vivimos la época posmoderna de la neutralidad absoluta (Barthes) “Ni esto ni aquello”, es el gran rechazo y la insatisfacción permanente y es que siempre hay un objeto y una mercancía que nos reclama más allá de nuestras posibilidades. Es el infierno de Dante, la publicidad y la moda nos abren el apetito y nuestros recursos reales ponen los límites. Se nos invita al infinito y a lo absoluto, desde el limitado horizonte de nuestros ingresos y medios.

El actual modelo económico conduce al desastre, ya que ha establecido una ecuación terrible: consumir para crecer económicamente y crecer para generar empleo y más dinero para gastar, más allá de las necesidades básicas. Este es un modelo económico pensado para un 20% de habitantes del planeta mientras abandona al 80% restante.

No creo que esto sea pesimismo sino constatar una realidad objetiva que mucha gente por cobardía, comodidad o complicidad no quiere ver. La gente siente la necesidad de algo más, aunque no sabe de que se trata, de allí el resurgimiento de las religiones tradicionales, especialmente en las sociedades más pobres y atrasadas, y en el mundo urbano contemporáneo, la soledad del individuo se compensa con el ruido y el aturdimiento del espectáculo o la droga y la evasión de todo tipo.

Decíamos que queríamos comprender y queríamos ser optimistas, a nuestra manera lo somos, en la línea del optimismo trágico del siglo XX y con unas creencias que no permiten renunciar a la esperanza, pero el ejercicio de lucidez que estamos obligados a hacer de manera permanente nos alertan sobre los riesgos y peligros de nuestra época. El siglo XXI, como siempre sucede con los tiempos históricos, será lo que nosotros queramos que sea, desde nuestra responsabilidad, valores y libertad.

Nuestros límites son el miedo a la libertad y lacarga de verdad que estemos dispuestos a aceptar.