Miguel Ángel Campos
El olor de las imprentas
El escritor venezolano está fatalmente vinculado al periodismo

"El nuevo periodismo intenta establecer una alianza entre el escritor -en tanto conciencia crítica- y los medios de comunicación, quienes son cada vez más extraordinariamente importantes. Los procesos de la opinión pública en Venezuela parece que fueran muy dinámicos pero no lo son sino, más bien, rápidos. Hay velocidad sin procesamiento orgánico ".

Cuando el tren se deslizaba trepidante sobre los rieles que cruzaban el pueblito de Quilpue a 12 Km. de Viña del Mar, en Chile, el 3 de Agosto de 1977 un joven escritor venezolano, reclamado por el fragor de nuestras tierras, veía, no sin asombro y miedo, como la luz del día se le iba haciendo un punto sin horizonte en el centro de los ojos. Despertó días después en el hospital

Los rostros se le dibujaban porque quería estar en su pueblito de Motatán, en Venezuela, corriendo, jugando a las escondidas, sintiendo el musgo y la tierra fría debajo de sus pies. El miedo le atragantó el grito desesperado que quería abrirse paso entre tanto asombro. Sólo recuerda ahora, que sus piernas están al otro lado del riel y un chillido muy hondo, trepidante se detiene en la memoria. "Si no hubiera sido por la literatura yo me hubiera suicidado", me dijo un día. Entonces, comenzó de nuevo. Miguel Ángel Campos es un extraordinario talento para el ensayo y la narrativa. Su primer libro, bajo el titulo de Tonos recoge el fervor y transitoriedad de la vida en una ciudad que apenas trasunta el cosmopolitismo de sus habitantes. Guarda entre sus papeles una novela inédita. Ejerce el periodismo de opinión. Graduado en sociología por la Universidad del Zulia, ejerció como profesor de la Universidad "Rafael María Baralt". Coordinador de Cultura y Director de la revista "Dominios" de dicha institución. Actualmente ejerce la docencia en LUZ. Constante animador cultural y crítico mordaz. No le hace concesiones a la vida porque todo ha tenido que ganárselo a punta de valiente y soñador.

Miguel Ángel Campos, con 39 años de edad, devuelto por la magia de ser como el ave fénix, está entre nosotros.

¿Cómo nace Tonos?

Nace como una reflexión sobre el arte y la literatura. Una visión que vengo trabajando a nivel de la conciencia. Es decir, hacer crítica de la anécdota. Siempre en primer plano, en el arte de narrar, qué es una situación, qué es una historia. A mí siempre me preocupaba el problema de resolver la presencia desmesurada de la historia dentro de la narración. Encontré que podía, sin dejar de narrar, hacer acercamientos teóricos del narrador sobre la narrativa.

¿Son situaciones más que historias?

Sí, son situaciones que pueden ser abordadas desde cualquier lectura, y a mí me sigue interesando mucho esa cuestión. Entiendo que es una preocupación vieja en la literatura que la inaugura el disturbio de los escritores de fin de siglo en Europa, con esa crisis del lenguaje.

En Rimbaud, Lautremont, alcanza su posición más clásica en Joyce que significa una frontera en la escritura. Tal vez pueda resumir esas situaciones en una frase que dijo Baudelaire que "todo verdadero escritor siente en un momento dado una intensa aversión por la escritura". Más que hacia la escritura, pienso que es hacia aquellas presencias que la escritura revela, las que terminan .tiranizándolo, lo histórico, la anécdota e incluso la vitalidad como hecho diario.

¿Qué hay detrás de Tonos?

Experiencias muy secretas. Mi experiencia es una ciudad que, como Maracaibo, lo es todo. Menos urbano que humano. Tal vez, es un poco la sensibilidad puesta en confrontación con el medio, con los amigos, con los que uno ama.

¿No hay una intención katkiana o de presencias de escritores latinoamericanos, menos evidentes, que la referencia a Joyce que usted ha hecho? ¿Qué otra mano secreta hay en Tonos en el sentido literario?

Evidentemente que, al margen del gusto que uno tenga por algunos autores que se evidencian como fronteras, sí algo hay detrás de Tonos; esa sería la escritura que inaugura Kafka y que nacionaliza, de alguna manera, Borges. A propósito de otros autores, ya que tú me lo señalas abiertamente, hay uno que es silencioso, de penumbras, de rumores, que es Filisberto Hernández. Lo leí hace unos veinte años sin conciencia del descubrimiento que había allí. También Roberto Arlt, que escribió por los años treinta y que según Onetti fue el último que hizo novela moderna en el Río de La Plata. Me interesa enormemente. Sobre todo porque no ha ejercido influencia en la escuela latinoamericana.

¿Hay algún escritor venezolano que nos pueda señalar universalmente, que nos haya dejado escuela, que nos haya marcado? ¿Está la literatura venezolana en deuda con el mundo de lo que debe ser un escritor de primera línea?

Ese es un planteamiento riguroso y central. Tarde o temprano esa reflexión hay que hacérsela. Yo sigo pensando que existen en Venezuela dos escritores que definen orgánicamente un hito y una pasión de nuestra literatura. Como toda la literatura en Latinoamérica, los escritores estuvieron vinculados en el siglo pasado, cuando nace el país, la patria, a la vida política, al parlamento; y eran escritores que se formaban en la candente arena política. Ahora, en nuestro tiempo, los grupos de vanguardia tienden a subestimarlos, pero pasan los años y siguen siendo dos referentes muy importantes: Rómulo Gallegos y Teresa de la Parra.

A mi modo de ver, la literatura latinoamericana tiene en ellos a dos referentes clásicos. Gallegos es el gran novelista venezolano por antonomasia, el gran fundador de personajes. No cabe ninguna duda, a pesar de estar inscritos en la tesis del siglo XIX de la naturaleza contra la sociedad, de que los personajes de Gallegos son absolutamente modernos.

Teresa de la Parra es la gran escritora de puertas adentro, de la cotidianidad espiritual, de los conflictos personales. Su escritura es impecable y su madurez muy por encima de los escritores nacionales de su época.

Mas allá de estos dos fundamentos de la literatura venezolana ¿Cuál es la proyección de nuestro país, haciendo una revisión de nuestros días, contrastándola un poco con la creación latinoamericana, y qué otros autores pueden mostrarse con una condición plena, auténtica, frente a los otros escritores?

Evidentemente que hay un escritor venezolano que desborda su época y las tendencias de ese entonces. Fue universal en su momento, y lo sigue siendo. Es Ramos Sucre. Pero tu preocupación va hacia lo más contemporáneo. En Latinoamérica hay nombres orgánicos, que han construido no sólo una obra sino un mundo, como Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Octavio Paz, que responden un poco a una trayectoria coherente. Sin embargo, yo veo que en Venezuela no tenemos escritores que se hayan propuesto fundar unos arquetipos. Es cierto, tenemos unos escritores importantes, con una obra numerosa pero no son más que unos hacedores de libros, que incursionan en muchos géneros, antes que escritores fundacionales. No se proponen fundar una visión del esfuerzo de la imaginación tal y como lo hizo Gallegos. En este momento hay escritores prolíficos. Quizás el que vea más nucleado hacia unos temas y un clima, pudiera ser Salvador Garmendia. No conseguimos en nuestro país en las últimas dos décadas a un autor que tú le sigas la pista y sea un creador anclado con normas y obsesiones y que las pula y vaya penosamente con ellas hacia arriba. Tenemos escritores que hacen novelas, poesía, ensayo, cuentos, es una obra voluminosa que se inscribe en la literatura pero no en el esfuerzo de fundar. Tenemos escritores prolíficos, por ejemplo, Laura Antillano, que tiene unos catorce libros y no ha conseguido establecer, hasta ahora, una especie de teogonía como los personajes de Faulkner, que son personajes que se repiten cíclicamente, que están evolucionando, fundando. Los escritores venezolanos no escriben así, sino porque se les ocurrió una idea. Escriben una novela psicológica, después una fantástica e incluso ciencia ficción. Luis Brito García, que se mete con todo y tiene las editoriales abiertas. Ese es el gran drama de la literatura venezolana en cuanto a la narrativa.

El olor de las imprentas

¿Hasta qué punto el acercamiento al periodismo ha sido un camino para el desarrollo de la literatura de Miguel Ángel Campos?

El escritor venezolano, fatalmente, está vinculado al periodismo porque no ha habido un proceso editorial, de tal manera que es la primera puerta a través de la cual se puede confrontar la obra. Creo que, para bien o para mal, ha terminado marcando profundamente esa vinculación con los periódicos, por razones de expresión, de la naturaleza y la determinación de la obra de muchos escritores. Lo bueno de todo eso es que la sociedad ha podido conocer a sus escritores. Ahora bien, el escritor que se proponga hacer una obra, terminará alejándose del periodismo porque si no, lo consume, en el sentido de que no puede hacer un trabajo denso.

¿Es un monstruo que termina devorando al escritor?

Cierto. La dinámica de la sociedad venezolana actual es que va muy deprisa pero no digiere. Los procesos de la opinión pública en Venezuela parecen que fueran muy dinámicos pero no lo son sino, más bien, rápidos. Hay velocidad sin procesamiento orgánico. Y si el escritor está insertado en esa dinámica ficticia, epiléptica y superficial, creo que le costará mucho sustraerse a esa situación.

Sin embargo, tenemos entendido que usted ha realizado una actividad periodística importante como columnista de opinión y como ex-director de la revista Dominios de la Universidad "Rafael María Baralt" ¿Cómo establece los límites necesarios para bracear en ambos terrenos?

Yo tuve una columna de opinión durante varios años en el diario Critica. Noté algo muy curioso: en los periódicos, los temas de las columnas sostenidas por escritores, tienen que apegarse a una condición contingente. Sucumben. Y esto quiere decir que no las lee nadie. En mi experiencia sentía la necesidad de temas que yo juzgaba trascendentes pero, evidentemente, eran los temas de la literatura, y, como no eran noticia, no le interesaban a nadie. Si querías que te leyeran y ejercer el carácter beligerante que hay en todo escritor, porque todo escritor es un intelectual, había que asumir los temas del día. Y lo que está en el tapete es la noticia y ésta casi nunca trasciende, aun cuando en su base haya elementos trascendentes de reflexión. Dejé la columna porque los temas que debía tratar eran incompatibles con una columna de opinión. Sin embargo, la experiencia fue interesante.

¿Cuáles cree usted deben ser los ámbitos del escritor y del periodista desde la perspectiva de su responsabilidad social?

Creo que se ha confundido la función del escritor y del periodista. Quizás por esa misma tradición de los orígenes de ambas actividades. Un periodista es ante todo un buen ciudadano. Es un comunicador que está llevando la versión de lo que está ocurriendo en la sociedad al ciudadano. Además, debe ser moralmente solvente, políticamente formado con criterio de cómo debe ser la forma de conducirse en una sociedad.

El periodista que asuma su responsabilidad puede llegar a su obra maestra como, por ejemplo, descubrir una situación fraudulenta y producir un juicio donde los culpables vayan a la cárcel. Esa es una cosa maravillosa. El caso Watergate, en Estados Unidos, fue obra de periodistas en tanto que eran buenos ciudadanos. Sin embargo, un periodista no puede producir transformaciones raigales en una sociedad porque no está formado para ello.

Emile Zola, a finales del siglo XIX, escribió un artículo "Yo acuso", sobre el caso Dreifus.

Emile Zola, un escritor, escribió ese artículo y transformó la conciencia francesa. Ya no sobre el caso Dreifus, sino sobre la hipocresía de la sociedad francesa. Un periodista puede llevar a que se conozcan los culpables. Un escritor puede llevar a que la sociedad produzca un estado de angustia ante la presencia de la injusticia. Esa es la diferencia central.

Ahora, la ausencia de un terreno especial, en el marco que usted viene señalando, quizás toma cuerpo en la voluntad de los periodistas de los años sesenta con el llamado nuevo periodismo, apuntalado por Norman Mailler que escribió una novela que le dio fama Los ejércitos de la Noche; Tom Wolfe, con sus textos desmesurados que hablaban y referenciaban la época frente a A Sangre Fría de Truman Capote, textos densos productos de una realidad periodística que hablaban de estas cosas como si fuera una categoría: novela de no-ficción. Crear una novelística producto del periodismo. ¿Sería una actividad snobista ante los sucesos de esos años que le estaban mostrando al mundo sus verdaderas heridas?

El nuevo periodismo, creo, es una exigencia muy particular de los Estados Unidos. En esa sociedad nace lo que conocemos como cultura de masas, la masificación de la información y la del consumo. Tal vez allí, en un momento, los escritores se sintieron desplazados por la superindustrialización de la sociedad, abierta en todos los sentidos y con los medios a disposición de los ciudadanos para hacer comunicación. Entonces surge una nueva generación de periodistas, que no son periodistas sino escritores. Los que tú has mencionado intentan establecer una alianza entre el escritor, en tanto conciencia crítica y los medios de comunicación que son extraordinariamente importantes. A ellos les interesa llegar a doscientos millones de lectores sin duda. Para ello ya no es posible la zaga de John Dos Passos y ni siquiera el mítico John Natapa de Faulkner. Crean, por lo tanto, el género de no-ficción, el tratamiento de los hechos de la información, de la opinión pública, con las herramientas y la perspectiva que aporta la literatura, concebida para ser instalada en los medios de comunicación de masas. Por lo tanto había que eliminar la oscuridad, la ambigüedad, los problemas ontológicos, la penumbra; hacer esto es lo que los convierte en no-ficción, pero el tratamiento es literario, eliminando toda la fantasmagoría que acosa a un escritor para dejar solamente lo técnico, lo esencial que, puesto en función de los medios de comunicación, puedan conquistar un gran público, sin maltratar el idioma.

José Francisco Ortiz