JORGE LUIS BORGES: UNA APROXIMACIÓN

"Desde tiempos inmemoriales, los poetas han buscado afanosamente la visión de "otro reino" (Novalis), el lugar asombroso y sorprendente donde nuestra percepción de las cosas deja de ser la común, a la que nos tiene acostumbrados la Razón , esto es, el punto de confluencia de los opuestos donde cesa el pensamiento dual, y las cosas, el hombre mismo encuentran su centro. En esa búsqueda la poesía se torna aventura metafísica, exaltación de los sentidos, visión del absoluto, despojamiento interior, diálogo con lo invisible, exploración del yo, éxtasis místico"

La opinión común, lo mismo que la crítica literaria "científica" coinciden en señalar que Borges es un autor libresco, pretendiendo con ello minimizar o atenuar la vasta resonancia que su obra tiene. Allí donde el porfiado y tenaz lugar común insiste en señalar desarraigo o carencia de vitalidad, la obra de Borges se mantiene atenta a las paradojas que rigen el destino y la vida del hombre. Dar cabida a esas paradojas en el ámbito de la imaginación, hacer de su propia obra una continua metáfora de la existencia son los elementos que otorgan vitalidad a sus páginas.

Más aún: se habla del "europeísmo" de Borges como una manera de estigmatizarlo, de señalarlo, de distanciarse de él. Sólo que su "europeísmo" no es tal, o en todo caso, consiste en algo elemental. Antes que un escritor latinoamericano que discursea acerca de gauchos, de indios, del color local de la tierra nativa, del pintoresquismo de la gente provinciana, de infelices marginados, Borges ha sido (fue) sencillamente un escritor; es decir, entendió que la literatura es, ante todo, ejercicio de la imaginación, oficio solitario (y solidario), riqueza del espíritu, agudeza y rigor; tuvo siempre como norte de sus preocupaciones al lenguaje mismo como fuente y vehículo de conocimiento __la literatura es, a su manera, una búsqueda de conocimiento o de una especial sabiduría__, de amplitud, de permanente indagación. Podría decirse, sin temor a exageraciones, que toda su actividad literaria estuvo encaminada hacia la práctica de esta proposición, y sus trabajos __los poéticos y narrativos tanto como los ensayísticos__ revelan la severa disciplina de una fina y exquisita sensibilidad que buscó, en cada caso, ahondar en el misterio de la creación.

Ya lo decía Huidobro, en 1921: "En la garganta del poeta el universo busca su voz, una voz inmortal". (1)

Desde tiempos inmemoriales, los poetas han buscado afanosamente la visión de "otro reino" (Novalis), el lugar asombroso y sorprendente donde nuestra percepción de las cosas deja de ser la común, a la que nos tiene acostumbrados la Razón , esto es, el punto de confluencia de los opuestos donde cesa el pensamiento dual, y las cosas, el hombre mismo encuentran su centro. En esa búsqueda la poesía se torna aventura metafísica, exaltación de los sentidos, visión del absoluto, despojamiento interior, diálogo con lo invisible, exploración del yo, éxtasis místico.

La poesía de Borges es, por lo menos, la exaltación de una pasión, la compensación de una carencia, la presencia de una ausencia. El Borges poeta es el eterno enamorado, el ansioso, quien siente el vacío de la amada.

Así lo ha visto Eleazar León, al decir: "El desamor conduce a los seres humanos al mal, a la violencia de cualquier índole, a la pública o privada destrucción. Borges hizo de él un canto exuberante, un homenaje caudaloso, una magia derramada". (2)

Recordemos uno de sus poemas:

"Yo, que tantos hombres he sido, no he
[sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde
[Urbach" . (3)

Partamos, pues, de esa carencia, de esa ausencia. En este sentido, a lo largo de la obra de Borges, los ejemplos se multiplican. Borges es el desamado, el solitario, el condenado a errar "por lentas galerías", a través de la metáfora de los libros en busca de un amor absoluto que lo sobrecoja y lo cimbre en su centro.

El "Poema de los dones", una de las más bellas y densas piezas poéticas de Borges, comienza con el registro de una desolada contradicción: en él el poeta nos habla de su doble condición de amante de los libros y de ciego, lo que supone incapacidad para descifrar esos secretos mensajes, trasuntos de otras vidas que los libros encierran: "Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría/de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche." (4)

El "Poema de los dones" es una perfecta formulación de la concepción de la literatura de Borges, de su universo privado (poblado de fantasías, de añoranza de viejas glorias épicas familiares, de paradojas, de círculos que parecen repetirse hasta el infinito, de bibliotecas y laberintos metafísicos), y es también un registro de la inexorable condición humana, hecha "de tiempo y agua", como afirma el autor en otro de sus más conocidos poemas: (5)

"Mirar el río hecho de tiempo y agua/y recordar que el tiempo es otro río,/saber que nos perdemos como el río/y que los rostros pasan como el agua."

Aunque roza siempre el borde de lo filosófico, la de Borges no es una literatura para filósofos, lectores cultísimos o especializados; si bien no podemos negar la inmensa cultura del autor de Ficciones , tampoco es dable suponerlo como un especialista o un simple erudito: a pesar de sus juegos con el tiempo y con los espejos, con la cábala y con apócrifos o verdaderos libros, detrás de su obra palpita incesante el corazón humano.

Con esto queremos significar nuestra disensión con la opinión de algunos autores según la cual Borges es sólo una literatura, un universo cerrado y hermético inaccesible a la vivencia más desnudamente humana. Lo que sucede es que Borges, a lo largo de su vida, con sus declaraciones y su obra misma, contribuyó a fomentar el juego de los equívocos y las interpretaciones, los malentendidos y las elusiones, sin duda por un acendrado sentido de la ironía y el humor, pero también porque su aguda sensibilidad advirtió desde siempre la espesa bruma de irrealidad que cubre la vida del hombre, así como lo espurio y artificioso que significa "hacer una literatura" copiada exactamente de las experiencias cotidianas.

En tal sentido puede decirse que en literatura no son precisamente los temas los que dan valor a una obra, sino lo que desborda esos temas, la desmesura que supone la construcción de una arquitectura verbal que no es sólo eso: meras palabras, sino que éstas siempre apuntan a la revelación o la certidumbre de verdades humanas, vale decir, aquellas que nutren el espíritu e iluminan el corazón del hombre.

Tanto las obras que abordan los temas locales o cotidianos (enmarcadas dentro de un tendencia "realista"), como las que voluntariamente se entregan a increíbles juegos de ingenio y erudición (agrupadas en la línea metafísica) apuntan hacia un fin común cuya característica es el ejercicio pleno de la imaginación.

El rigor y la lucidez (la "pasión por el lenguaje", diríamos) son, en definitiva, para Borges las condiciones irrenunciables de todo escritor.

Pasión por el lenguaje que lo llevó a hacer de su obra una ausencia, una "anti-literatura", en el sentido de que su obra está continuamente cuestionándose, negándose y aun borrándose en una suerte de extraño y añoso palimpsesto: nadie desconoce que para Borges la escritura (decimos escritura y no estilo ) es la posibilidad de oír distintas voces que entonan más o menos diversamente las mismas y recurrentes metáforas: de allí su concepción de que todos los autores son siempre uno y el mismo (la idea de la impersonalidad del autor).

Es ya lugar común decir que la poesía no se escribe con ideas, sino con imágenes, con metáforas. La poesía elude la expresión directa y llana de las cosas del mundo y de la fantasía para acceder a un plano donde es posible intuir dimensiones que escapan a la presencia lisa del mero acontecer cotidiano; la poesía es por eso ritmo y cadencia del Universo mismo, o como decía Huidobro (poeta tan disímil de Borges, por cierto): "Las palabras tienen un genio recóndito, un pasado mágico que sólo el poeta sabe descubrir porque él siempre vuelve a la fuente.” (6)

"Volver a la fuente" es ponerse en armonía y conjunción con el Universo, lograr un punto de elevación del espíritu en que nuestro ser se identifica con las cosas creadas. Por eso la poesía, que está hecha de metáforas, quiere siempre descorrer el velo que oculta el verdadero ser de las cosas.

Esto ha sido desde siempre búsqueda y esfuerzo continuos de los poetas: la metáfora no es lo novedoso, lo sorprendente, lo irreal o el mero alarde técnico, la simple conjunción de formas, como querían los ultraístas. La metáfora es intuir o aprehender el Universo en sus formas esenciales (o, por mejor decir, en sus manifestaciones esenciales). En tal sentido, según opinión de Guillermo Sucre, Borges concibe a la metáfora como una necesidad metafísica. Dice Sucre: "Volver a las grandes combinaciones metafóricas de todos los tiempos, no es mero gusto anacrónico ni excesivo apego al pasado; es casi un imperativo de la creación misma: ellas nos revelan lo ineludible." (7)

En Borges no sucede como en Dante o en San Juan de la Cruz , donde la aspiración a la intemporalidad, esa "vocación de Infinito" que define la vida y la obra de ciertos hombres, conduce a una ascesis mística o religiosa a través de la poesía. En el autor de El Aleph la idea de la intemporalidad y los intrincados accesos a una realidad superior sólo obedecen a una actividad lúdicra, a una forma de disipar el tedio existencial de un individuo que a pesar de tocar el tema de la Eternidad y de Dios, se abandona a la frustración que representa la imposibilidad de trascender a un orden superior, divino, pues en él el escepticismo es su más íntima convicción (aunque la frase de por sí resulte una paradoja). En Borges Dios es más bien una Presencia Impersonal, un poder anónimo cuya representación es prácticamente imposible.

La percepción de la multiplicidad del mundo (simbolizada en la cópula y los espejos, también en el laberinto) se presenta a Borges como un caos al cual es necesario darle un orden: ese orden es metafísico; sólo que su metafísica se apoya en un pensamiento principalmente estético. De ello hizo Borges precisamente una profesión de fe. El suyo es un credo estético, literario; no hay que olvidar la reiterada presencia en su obra de la concepción del mundo como un libro que es ninguno y a la vez todos los libros, cuyo autor es nadie y al propio tiempo todos los hombres.

Cifra y suma de todos los idealismos, el pensamiento de Borges apunta permanentemente al comentario y la glosa de otros autores (verdaderos o apócrifos); pareciera sentir un entusiasmo fanático por la exposición de teorías y concepciones (a veces encontradas) sobre el Universo. Un Universo de Ideas, de Esencias, según el modelo platónico. Este mundo es sólo la representación, la sombra de otro mundo de seres esenciales.

La obra de Borges, pudiera decirse, es la continua refutación del tiempo. (8) La abolición del tiempo real, tal como lo entendemos y padecemos, por la idea de un tiempo mítico, un tiempo de los orígenes.

Pero volvamos a la relación de Borges con el lenguaje. Ésta, en efecto, es problemática. Pero no por la simple intuición de una carencia (al escribir, es inevitable, ya la sintaxis, el orden de las palabras en el discurso propone o susurra un cierto giro, un cierto ámbito o cauce por donde las palabras van apareciendo: en ese sentido, ya todo está dicho, no hay nada nuevo que decir ), sino también por la certidumbre del aparente poderío del lenguaje: las palabras designan las cosas, pero a la vez las palabras no son las cosas, nos alejan de lo real (¿no es ésta, acaso, la intuición de que al escribir siempre entramos en el riesgo de la mera formulación de conceptos y abstracciones que nos encierran en una mera especulación blablaísta sobre el mundo?). En uno u otro sentido, Borges siempre estuvo consciente de la fatalidad de todo lenguaje.

Su escritura no es expresiva , es decir, no recorre un camino seguro, afirmativo, al final del cual siempre hay conclusiones. La de Borges es más bien una escritura alusiva , esto es, la que se interna en un camino oblicuo, la que intuye como al sesgo, al final de la cual no hay un mundo ya dado y ordenado, sino dudas, interrogaciones, un mundo por hacerse, la conciencia de la fragilidad del lenguaje, su imposibilidad para traducir al mundo en palabras; pues, como señala Sucre: "La alusión , en efecto, es un decir menos que crea una ambigüedad; ésta, a su vez, nos hace cobrar conciencia de la secreta complejidad del universo, irreductible a meros conceptos. Por ello, dice Borges con razón, el hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce. La riqueza de la literatura, si alguna tiene, se funda en esa continua privación." (9)

NOTAS

1. Vicente Huidobro, "La poesía" (Fragmento de una conferencia leída en el Ateneo de Madrid el año 1921), en Altazor y Temblor de cielo . Edición de René de Costa, Ediciones Cátedra, S.A., Madrid, 1981, pp. 177-179.
2. Eleazar León, "La adivinación por la ceguera", en Papel Literario de El Nacional , Caracas, 22/6/86, p. 3.
3. J. L. Borges, "Le regret d´Heraclite", en El Hacedor , Emecé Editores, Buenos Aires - Barcelona, col. "Piragua", 5a. ed., p. 152.
4. J. L. B. "Poema de los dones", Ibid . , pp. 73, 74 y 75.
5. "Arte poética", Ibid ., pp. 143-144.
6. V. Huidobro, Op. Cit . , p. 179.
7. Guillermo Sucre, Borges el poeta , Monte Ávila Editores, col. "Letra Viva", 2da. ed. corregida y aumentada, Caracas, 1974, p. 43.
8. Ver a este respecto: Ramón Xirau, "Borges refuta el tiempo", en Palabra y Silencio , Siglo Veintiuno Editores, S.A., col. "Teoría y Crítica", México-Argentina-España, 2da. edic. corregida y aumentada, México, 1971, pp. 89-96.
9. Guillermo Sucre, "La alusión o mención", en La máscara, la transparencia , Monte Ávila Editores, col. "Prisma", Caracas, 1975, pp. 290-291.