LUIS ALBERTO CRESPO ALEXIS FERNÁNDEZ |
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Qué sería del lugar sin la palabra? El país ausente. .
Cruzo la calle Duro,1995
330 páginas integran la primera parte del libro, distribuidas en las nombradías geográficas que descorren el país. Se inicia con Oriente-Guayana , La primera vez del día y de la sombra; la segunda, Centro litoral , La Calle entre el sentimiento y el follaje; prosigue con Los Llanos , Esa tierra como nosotros; luego, Centro- Occidente , El mediodía entre la pasión y su espina, continúa con, El Sur , Del ser y del río para llegar a las 220 de la segunda parte del libro, con el subtítulo de, Todo el país reunido, donde se proponen las más diversas lecturas del sucedáneo cultural que integran las 568 páginas que durante ocho años, cada sábado, Luís Alberto Crespo escribiera en el Diario El Nacional. A este torrente creador le precede el fulgurante y esclarecedor prólogo del poeta Gustavo Pereira. Fulgurante por lo de referenciar las claves de ubicuidad espacio-temporal para la comprensión de las múltiples lecturas, históricas, poéticas, geográficas, éticas, antropológicas que el texto en su diversidad, nos propone; esclarecedor por lo de atajo expedito para comprensión de ese proceso de invasión militarizada, conquista y colonización que a fuerza de saqueo e imposición, avasallaje y humillación negara las potencialidades de quienes cultivaban, intercambiaban, hicieron de los astros sus dioses, se comunicaron en una lengua plural y fundaron vastas poblaciones, hasta que esas conjunciones, esos vientos de insurgencias y protestas alimentaron el enrumbamiento hacia la independencia. Bosquejo donde el poeta nos habla de “…un país poblado mayormente por seres invisibles: indios, negros, mestizos avasallados o preteridos en la escala social, ignorados de toda presencia como no fuera la sumisión y la exclusión” A pesar de ese proceso de invisibilización, “…esos hombres y mujeres de carne y hueso, devenidos en relámpagos, nos transfirieron entonces sus palpitaciones y sus rastros”. Presentir la intensidad de esas palpitaciones y recuperar la huella extraviada de esos rastros, hacer juntura de esos avatares ha constituido el magma creador de este escritor que como Agustín Codazzi, ese andante de la geografía y paisaje del hombre, como Humbolt, como Alfredo Armas Alfonso, Efraín Hurtado (aún entraña su temprana despedida), Régulo Díaz, Kuruvinda, Lisandro Alvarado, Francisco Tamayo y muchos más (esos inventores de países , en su decir) han registrado y seguirán registrando las sendas de la Venezuela profunda, que está allí gravitando no sólo en la memoria sino en la participación que cada quien desde su terruño, desde su orilla ardida, desde su manglar destruido ejercita como si esa acción fuese ejecutada en el centro mismo del universo. El universo de un país que se nombra desde antiguas voces indígenas, desde su más antigua leyenda y fábula, desde el cotidiano quehacer de sus creadores. En cada una de esas extensiones el escritor ha escudriñado sus orígenes referidos en sus crónicas y en sus fábulas, en su oralidad así como en su escritura, en sus exaltaciones así como sus desencantos, avatares de sus personajes heroicos así como propuestas de sus poetas, sus modos de aprehender su particular hábitat así como su particular manera de representarlos. La ciudad, el caserío, sus playas, sus orillas de pueblo, sus montañas y llanuras, sus quebradas, sus inundaciones de ríos desbordados en invierno así como su costumbre de sequía en el fogonazo del verano vertebran en estas páginas, un país que no quiere estar más ausente. Quizás como ningún otro escritor Luís Alberto Crespo ha logrado imantar su prosa periodística con los destellos deslumbrantes de su poesía. Esa lucidez de la intuición poética se desborda en un lenguaje que acarrea luz en la aridez, desparpajo en la obnubilación, asentimiento ante el desamparo, persistencia ante la desmemoria y la desidia. Escritura de la lengua perdida, del lugar asido de monte, de la memoria de nuestros antepasados en la oralidad del legado indígena, de la imprenta con galeras de plomo y ediciones rústicas donde respira el asombro y la sencillez más cercana a la poesía y al desprendimiento que al bombo y a la fruslería. Prosa que recupera el canto, el oficio de alfarero, la faena del coleo y la nobleza y reciedumbre del caballo a través de nuestra historia, la calidez de la casa de teja ocre en el cobijo del desvelo para las junturas del alma. Escritura incisiva del buen verbo, esta que Luís Alberto nos atiza desde su prosa encendida, culta, enjundiosa. Esa desposesión y posesión a la vez de nombrar para vivificar, de renunciar para asumir con mayor lucidez, de reiterar para permanecer en la memoria para que esa pasión no sea devorada por la inercia y la apatía de una burocracia del ayer y del hoy mismo, escritura que se aleja del para sí individual para volver sobre un ser colectivo que tiene en sus cultores las más diversas expresiones de nuestra diversidad cultural. País pluricultural, multilingüe y multiétnico (en las nociones de la retórica antropológica para describir e interpretar las múltiples especificidades que nos definen como pueblo) es este país donde mezquinos intereses entronizan el olvido. Regiones que se avecinan en sus lenguajes, que se apropian en su diversidad dialectal, que se reconcilian en sus iconografías, que se emparientan en sus sueños y delirios, que se celebran así como se desencantan en sus narrativas como en sus poéticas. Extensiones, hombres y mujeres que nombran al país, a ese país que a pulso de hibridaje, de nexos combinatorios, de mezclajes, de buena prosa castellana logra trascender la desmemoria y el olvido. En estas páginas quizás se encuentren las coordenadas para armar y amar al país, para armar ese gigantesco tablero de la inteligencia anhelado y amar esas expresiones que no nos desdicen ni niegan, que no nos borran ni dilatan de esa geografía harto accidentada llamada Venezuela.
Oriente-Guayana La primera vez del día y de la sombra.
Sólo tomaré a manera referencial dos de sus pertenencias dedicadas a esa geografía de La primera vez del día y de la sombra. La primera, Canto de Campo dedicado a exaltar la memoria y el canto de uno de nuestros cultores del folklore musical, Luis Mariano Rivera, donde escribe: “ Engendra el alma campo, ha dicho Virgilio. Es Canoabo en Vicente Gerbasi; Escuque en Ramón Palomares; Clarines en Alfredo Armas Alfonso. Pero en Luís Mariano Rivera campo se circunscribe a una geografía mucho más breve porque de Carúpano eligió, para entender el mundo y animar su vivir, un barrio, un aledaño de su norte, donde apareció, por amor de un Señor Font en mujer Rivera, en esas brisas de valle, montaña y mar con relente a ron y a loción de melaza cuando la recua y el tranvía trajinaban por el Carúpano solariego.” (L.A.C: pág. 23). Imbricaciones que delinean un perfil de lo venezolano más allá de la línea donde se curva Carúpano, más allá del Canchunchú florido en la ventisca marina, más allá donde se expresa en esa memoria del aire que nos identifica. No podría dejar de referir el espíritu que anima estas páginas cuando algún sábado nos entregara en su columna al mencionar el trabajo en compañía de poetas y antropólogos en tierra de los Kariña, en “Los Kariñas: Los muertos son nuestra costumbre”, la confesión reveladora y protagónica de: “ Hemos determinado andar juntos por el país ausente para afianzar la identidad cultural y social de las regiones y el mutuo fortalecimiento de la inteligencia del hombre con la tierra y su animamundi ” (subrayado nuestro) (L.A.C.: pág. 39) Cubagua- Nueva Cadíz es el resplandor, la luz, la orilla herida por el mar con su historia de saqueos perlíferos pero es también la tierra de gracia de la poesía y el canto, es tierra fértil del poeta creador de los somari , asiento memorable de Jean Marc de Civrieux quien escribiera al castellano el Watunna, suma de la cosmogonía yekuana. Hacia allá nos aguarda Uchire, Unare, Píritu, Clarines bien lejos en la narrativa fosforescente de Alfredo armas Alfonso. Centro- Litoral. La calle entre el sentimiento y el follaje.
Crónica pura. Reconstrucción etnográfica de hechos y deshechos de un país que entre el verdor de su follaje y la memoria de sus habitantes se niega a entregarse a la vorágine de cemento y macadam, a la construcción seriada de edificios, centros comerciales, apartamentos que arrastran la vecindad hacia lo que no es, hacia la indiferencia acuñada de olvido. Memorial desde Silbo y temblor del Ávila, pasando por Cuando Chacao quedaba en el interior, Cuando Chacao quedaba lejos, El hundimiento de la casa Knoche, amén de otros tantos requerimientos de nombradías y hechuras del alma en el cultivo de la letra y la propuesta estética para erigirse con dignidad ante el olvido y la inopia, hasta El valle del corneta Agraz, que pretende recuperar no sólo el oficio articulista de la memoria, si no el fabulario de lo que abisma, de lo que zahiere ante la indiferencia, de lo que abruma de pesar ante un paisaje que no cede en su encantamiento. Ante esa pasión de infinito, Luís Alberto se pregunta: “¿Qué persiste, que se niega a ceder al siglo que fenece su fisonomía profunda, su yo colectivo, al enfrentarse al derrumbe de la modernidad, al pillaje de la costumbre y el comportamiento? ¿Qué se opone a la devoración metropolitana que le borra su figura de pueblo y de “región”, su actitud de vecino, de habitante histórico y afectivo? (Pág. 67). La respuesta no tiene demora, quien niega la “…ruina del muro y del olvido” son sus cronistas, sus poetas , sus narradores, es decir “ese diezmador de nuestra desmemoria, el cronista, en este caso Cristóbal Rojas; el poeta, Juan Liscano, puesto que en su poesía se escucha la casa de hacienda, el casco del caballo sobre el empedrado y una vieja fulía de Barlovento; el narrador, Manuel Díaz Rodríguez, de cuidada pulcritud como los sembradíos que poblaban el entonces sosiego que viajaba a Petare en la ventanilla del vagón y sobre el lomo de la bestia y apenas mancillaba el canjilón que dejaban a su paso el quitrín, la carreta, el pasitrote, el adormilado tren encopetado de humo y de espigas y por supuesto el artista, Cabré, así como el anónimo del ferrotipo y el daguerrotipo o el fotógrafo, por caso Prospero Rey, o Lessman o Pal Rosti…” Guarda la memoria recuperada esa pasión de infinito ante el “progreso” de la franquicia, el saudade del mall o las transnacionales propiciadoras del consumismo inusitado sin rostro cuya única razón no es si no la comercialización de cuanto respire o no sobre el planeta. La propuesta de interpretar el pasado como un reto para explicarnos el presente subyace en Orituco: la economía del dolor , “Llueve en Guatopo. La bruma es tenaz cuando el alba demora demasiado. La selva, de continuo mojada, cría la deleznable heliconia y el forzudo cucharón o niño , que se atreve a rozar con su copa el vuelo del águila arpía. La macagua promete la muerte bajo su hojarasca y el conoto y el perico sietecolores pregonan la vida en la espesura…A un costado de la carretera una rueda de un trapiche hidráulico evoca nuestro siglo XIX gumancista; su pasado cafetalero revive en la hacienda La Elvira , sumida en la selva del tigre y la culebra y recostada al Macaira y a la quebrada Cañafístula.” (L.A.C.: pág. 88). Es el país que suda por uno de sus costados, donde la grima imprimió el saqueo y la destemplanza, el abuso del pillaje y los correlatos jurídicos de lo invasivo quedaron impresas en ese “valle feraz que acuna la Serranía Interior de la Cordillera de la Costa.” La inicial búsqueda de oro, luego los sembradíos de cacao en el siglo XVIII, posteriormente el tabaco, el cultivo del café en el XIX y XX, arriaron una secuela de expoliación y exclusión a nombre de la Real Corona , la Santa Iglesia. Encomederos, curas y obispos en sus santos mandamientos contra los guaiqueries propiciaron la nefasta crónica del despojo.
Los Llanos Esa tierra como nosotros Esa tierra como nosotros es esa vasta extensión que se alarga desde el extremo occidental del estado Apure hasta los límites orientales del estado Monagas, que integran los llanos occidentales, centrales y orientales: tierra de los caminos que andan que son sus ríos según Alberto Arvelo Torrealba, tierra que tiene el horizonte por límite según reseñara el poeta barinés en glosa de Andrés Bello y que hoy Luis Alberto Crespo, transita en sus alargaduras de río, en la bifurcación anegosa de sus caminos, en sus vueltas de monte, en el chubasco, en la candela, el polvo y la sed, en sus esteros, bajíos y galeras (no sólo alambre, no sólo ganado y tabaco cuando el lugar común promueve ) en busca de sus hombres y mujeres, sus cantores y artistas, sus cronistas y fabuladores, sus héroes y poetas que procuran el ser colectivo, es decir, eso que contra el viento y el olvido, en esa tierra de todos y de nadie, el sentido que en esa inmensidad apolvada del nunca jamás se llama llaneridad . En el decir de Lazo Martí, el llano es una ola que ha caído y el cielo es una ola que no cae. Eso que tiene de inmenso la llanura por dentro, replica Luís Alberto Crespo. El llano es la extensión infinita de A dos palmos apenas de Efraín Hurtado, la conjura poética de Alberto Hernández, las composiciones de Antonio Estévez, la copla de Alberto Arvelo Torrealba, la Silva de Lazo Martí. Centro-Occidente El mediodía entre la pasión y su espina “Esa tierra que se ve por Falcón, Lara y Yaracuy acusa un parecido indistinto en el cieno rojo, la costra ocre del cerro, la puya de la tuna, el cauce de piedra, el animal que bala y la paloma torcaz que allá llaman turca. Y es asimismo pareja la catadura y la postura de sus habitantes, que siguen siendo –mirénles el mirar, mirénles la delgada sombra que dejan- los caquetíos . Atienden aún a la memoria lejana y a la memoria reciente que la retórica de las ciencias sociales da en determinar conciencia colectiva. La contextura de dicha gente es la del venado, la osamenta vestida con una piel de cortadura de cují, el pelo cerdoso de los flecheros de Manaure y los alfareros de los valles de arcilla de Guadalupe y Camay. Sopla igual la brisa en el espinar del yermo falconiano-larense y en las chaguaramas de la feracidad yaracuyana” nos refiere en La Aparición de la Biblioteca de Occidente, cuando los convocados de la memoria se aprestan a forjar una de esos anhelados sueños, crear un fondo editorial entre esos tres estados de loma roja y delgada sombra, apurados por los desvelos del poeta Elías David Curiel y la escritura de serranía y murmullo del poeta José Rafael Álvarez, por la memoria de la biblioteca de Don Chío Zubillaga y la presencia de la biblioteca de Crespo Meléndez quien le hablara a ese su hijo, de El Tocuyo como si las bibliotecas de Pío Tamayo y de Roberto Montesinos fueran pueblos a los que iba en peregrinación con el sentimiento cuando dejaba atrás la suya olorosa a alcanfor y malageta. A esa intimidad de los cuartos con sus rumas de libros y las lecturas cavilosas, pretende exaltar esa vieja aspiración editorial para la región Centro- Occidental, coordinada por la gente que acuña La Oruga Luminosa , recuperar esos hilos que de invisibles tejen el alma, el alma de sus gentes asoleadas. A qué dejar de referir Carora, ese “terrón soleado”, “ese valle aridecido”, “ese pueblo ardoroso”, persistencia de “ese valle arrugado y puyado Carora se sostiene, entejada y ocre, desde 1569” . Desde entonces la chuchuba, el chiribital, la teja ocre y la loma tiznada andan tras la memoria de Luís Alberto Crespo, quien nacerá unos años más acá, prendido de esa angustia de nombrar y reconocer sus raíces. Como Cavafy, como Ulises e Itaca, “los caroreños andamos por el mundo con Carora bajo los pies y más adentro. Nombrarla no basta: hay que tenerla en uno, practicar, respirar su nostalgia. Es que es la capital de la infancia, el puerto, el portillo de toda vastedad. No hay caroreño que no tenga enterrado sus huesos en su yermo: alguien que fue él un día es ya el polvo que lo transfigura”. De esa materia transfigurada se acaudala buena parte de su poesía y se apropia su fulgurante prosa, de ese solar caroreño no se despedirá jamás porque nunca viajo si no a su mismo centro, al sitio donde inquirió por sus orígenes, a las aguas resecas del Morere donde bebió el azul de sus cielos, a la memoria de sus antiguos moradores, en busca de la tortolita, esa íntima desmesura. La orilla lacustre se acrecienta en la poética de Hésnor Rivera y Blas Perozo Naveda, las propuestas del cineasta Jacobo Penzo y las presencias míticas de Maleiwa. Atesoró amistad con Ramón Paz Ipuana, y fueron notorios sus esfuerzos por incorporar a Ramón Paz a la Escuela de Antropología de la U.C .V. y me consta de las reiteradas solicitudes de Ramón por recorrer los limites de Yaguasirú, en la Guajira , donde ese memorioso de la cosmogonía Wayuu hablaba de sus ancestros y de los dones de Maleiwa y Pulowi. Fama las referencias a nuestro cronista mayor, a Régulo, a Kuruvinda, nuestra conciencia lúdica y lúcida como he acuñado en ocasiones anteriores, al reseñar su particular fabulario: “Tendría once años la madre de Regulo Díaz (Kuruvinda) cuando preguntara a los piragueros cómo hacía para llegar a Maracaibo si el horizonte de las aguas se juntaban con el cielo: Es que hay una puerta que nosotros mismos abrimos para pasar la piragua y después la cerramos” , le respondieron. Carácter alegórico le atribuye Luís Alberto, a esa anécdota de Kuruvinda, al contrastar el húmedo sur y el árido norte de la geografía lacustre, “la pobreza atroz de Nazareth, el barrio costero de El Moján, donde los niños de la étnia añú le disputan el lodo y las porquerías a los cerdos y frente a la riqueza extrema de El Tablazo, donde Pequiven esparce a los cielos el humo deletéreo de su refinaría…ante el reflejo sucio del lago de seda por el que suspirara Udón Pérez”, en El lago ilustrado y defendido. (pág. 293).
El Sur. Del ser y del río. Atabapo, El Ventuari, el Caura, el mismo Delta, el Orinoco “el agua del agua” como llaman los indios del Sur al Orinoco, esos ríos digo aguan la piel así como el alma. Heráclito habrá dicho, las aguas llevan el ser, el río es el ser como la poesía es el ser según el decir del maestro Gerbasi. La selva que se acrecienta y desfallece en sus riberas hace más intenso el esfuerzo por habitarlo. La historia fabulada más fecunda abreva en sus raudales, la realidad anda a tientas tras sus torrentes, la geografía accidentada hace de sus moradores los hombres que ven marcharse el alma en sus afluentes. Más acá el Chamán Barne Yavarí, el “hombre de la madera del río”, y sus premoniciones afincadas en la verdad de su territorielaridad, mas acá de la narrativa cosmogónica de Shailili-Ko, del Doctor Anduze, donde se confiesa el río que nace de apenas una gota, más allá de los exploradores que sortearon su vida tras su remoto origen del padre de los ríos como llaman los waraos al Orinoco, más allá de los forajidos de toda laya que usufructuaron lo que atisba de oro y riqueza, más cerca, en ese horizonte de agua y despeñadero, hay un alma que se junta tras el trueno, una región que se aduce como nación, una llamarada donde existe la pertenencia de lo que es nuestro, eso que adentro es cielo, letra y tierra nuestra llamada Venezuela. Todo el país reunido y/o ese país de lo desconocido.
De esa densidad, sólo tomaré una sola de sus propuestas, la crónica, que es este inventario raigal, exhaustivo y sustantivo del País ausente. Oficio escritural de “ esa invención de nosotros mismos que es la crónica”. Para Luís Alberto, “Somos un retrato escrito en prosa y en verso, una carta y un diario que nos sitúan en uno de los ríos del Paraíso y en una Tierra de Gracia; pero también en unas tierras aridecidas y ponzoñosas, habitadas por “gente vil, comedora de arepa y casabe”, o un informe de infortunios suscrito por un fraile tocado por la lástima y un recado de injurias de otro mílite de Iglesia”. Luego de recrear exhaustivamente los aportes del oficio de la crónica en la interpretación y reconstrucción de nuestro ser societario, esa confluencia del mestizaje , amén de la condición que le atribuye al cronista, al señalar que, “Es que el cronista y su quehacer ( o su suspicacia) es escritor incómodo -por inclasificable- pues se mueve con irrespeto por la propiedad en los terrenos de la certidumbre y la incertidumbre, roza la lucidez perfecta y el delirio exacto...” para llegar a revelarnos unas cuadras más adelante, “su verdadero ingenio: ese arte de revelar la minucia preciosa de lo local, lo fragmentario, lo inmenso íntimo, la esquina de un país, el apellido de un pueblo, la familia de una nación, el paisaje individual, personal de cada uno, el ayer y el hoy embrollados de enredadera, pastizal, chubasco y verano, follaje de árbol genealógico o de libro de nacimientos y de defunciones”(pág. 356). Suma de ejercicio escritural que intenta conectar la dispersión, reunir la estructura vertebral del pensar, actuar, sentir lúdico, mágico, religioso que soportan los perfiles ideosincráticos de nuestra identidad como nación. Ejercicio que escudriña contra la desmemoria y el olvido, contra el desamparo y la agresión. La crónica que es escritura de la memoria nos relata de ese pueblo invisible al que se refiriera el poeta Gustavo Pereira en las páginas iniciales. Esa presencia que está allí a dos palmos apenas de nuestra distancia como reiterara Efraín Hurtado. Exhaustiva biografía tanto física como espiritual del país. Lejos de ese etnocentrismo que aplaude a Caracas como el centro y lo demás, es “monte y culebra”, en un sórdido ejercicio de exclusión, posición que se afianza en que el montascal y la canícula, la aldehuela y su gárrula, el mostrador del abasto y los techos atejados, incluidos sus hombre y mujeres nada tienen que decir, sólo soledad y olvido, desidia y apatía es el sentido y la porfía donde hunden su razón quienes niegan apenados su pasado e ignoran las potencialidades del presente. Esa imponderable realidad donde lo rural cabalga a horcajadas sobre lo urbano, tironeando más hacia el ser que hacia lo accidental, más hacia esa venezolanidad tantas veces negada como tantas veces asumida por quienes impugnan el olvido y la destemplanza. Reiterada escritura esta que se afianza en escudriñar en nuestras disímiles expresiones para confrontarlas ante la desidia y el olvido “ y así…, hasta el día en que la cultura y la educación funden un país menos solo, menos ausente ” (pág.. 414).
Luís Alberto Crespo: El país ausente. Fondo Editorial del Caribe- CONAC, Colección Los cuatro horizontes del cielo, 2004. Anzoátegui, Venezuela. Luís Alberto Crespo: Obra Poética. Ediciones El otro, el mismo, Colección de poesía Ramón Palomares, 2004, Mérida, Venezuela. Alexis Fernández Maracaibo, 2005. |
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