LUIS MORENO VILLAMEDIANA
Por: MIGUEL ANGEL CAMPOS

 

Cuando uno ha cerrado la última pagina de Cantares digestos (1995), libro de Luis Moreno Villamediana , queda convencido de la condición incidental del lenguaje en un esfuerzo de expresión donde la prefiguración del sujeto protagónico no sólo no es casual, sino enfático. Alguien nos habla desde la parsimonia y sentimos el peso de una antigua determinación, retumba en nosotros una voz entregada a la descripción de un ser real pero evanescente, es la consecuencia natural de un yo desgastado al máximo y ya lograda la gracia de mostrarse a través de una proeza de elocuencia. No resulta fácil encajar estas dos perspectivas: por un lado, la reducción de los ruidos de la palabra, por otro, la vehemencia puesta en la confesión, en el autodescubrimiento , ese revelarse para los demás sin importunarlos, sin asomar por ningún lado nada parecido al narcisismo.

¿Cómo alguien puede hablar de sí mismo sin fastidiarnos, sin hacernos sospechar la mínima vanidad, y sin embargo fuera de toda alteridad ?. He leído línea por línea ese libro, buscando la pausa del cansancio, el momento de crisis cuando una palabra se desliza para encubrir el agotamiento, la irrupción del puro lenguaje, y siempre me encuentro con un relato neutro, hasta sin las prolongaciones naturales de esas oraciones que tras haberse redimido a si mismas pueden mostrar un verbo o un adjetivo adicional que nadie denunciaría. Esta concisión, no deja de inquietarme, pues es una necesidad de asepsia venida tal vez del alejamiento de un mundo, de los otros y su ruidoso espectáculo, significa considerar su presencia al extremo de cerrar todo nexo, todo hilo de comunicación tan sólo para no perturbarlos.

Timidez ante la concurrencia de lo humano o puro desencanto de unos quehaceres, esos de la vida redundante y banal, temor de ser oído por los acostumbrados a ser oídos, o quizás la certeza de la indefensión. Tras asistir a la confesión no tenemos ninguna posibilidad de dar consejos, de alentarlo, o digamos más bien de decirle cuán prometedor es el futuro. Nos abruma con su punto de vista, y sin embargo no están en él las repeticiones de la persuasión, pues a nadie quiere convencer, si dije “yo desgastado”, debo corregir, pues he debido decir contenido , aunque no expectante. Nunca antes lo impersonal se nos mostró tan intenso, cargado de la variedad de lo indeterminado, la vida referida sin pontificación ni aleccionamiento, nos hace dudar de nuestras elecciones y nuestros estilos. Enfatizar la experiencia para mejor desbastarla, reducir la épica aparatosa de existir, desconfiar de ella y reparar en aquello alimentado por la soledad. Ciertamente, se trata del escepticismo como decisión, pero de ningún modo para salvaguardarse de lo real tangible y menos de la fe. Esa intención siempre es evidente y reconocible en filósofos y profetas, pero estamos hablando de alguien dispuesto a discutirse sin plañir, sin gemir, sin tratar de convencernos.

Luis Moreno, quiere ser sobrio y no le disgusta la solemnidad, seguramente más de uno verá en su no poca escatología una manera de lo religioso, pero es claro su desdén por el espectáculo. Escrito hacia los 25 años, este libro no debiera leerse como la experiencia contada y enjuiciada, es más bien un tenso monólogo frente a la promesa y sus tentaciones. Lo por venir y el futuro son vistos desde un centro de emociones controladas para evitar la demagogia y la falsa felicidad, la amenazante, esa venida del optimismo de los día prósperos, ante esto el acuerdo de los certificadores del éxito es cosa sin cuidado. Deberíamos preguntarnos por el lugar de los sentimientos en una confesión donde lo irremediable se tolera y la aptitud ante el otro es lo menos prometeico imaginable: a quien mentirle con eso de que el mundo nos pertenece. Me muestro como permanezco, ni siquiera como soy, menos como debería ser, dice el yo extinto ya rebelado contra la promesa. En cambio, nos da una enumeración donde cabe la ejecución de aquella permanencia, va desde las rutinas necesarias para la sobrevivencia hasta la descripción de lo imposible de mostrar ( abrirse el pecho en una plaza ,/ frente a los escolares, frente a los jubilados y las amas de casa …, dice para confirmar el tono bajo, la ausencia de patetismos).

Catálogo de posibilidades, la realidad es señalada como dimensión antiutilatria , ella nada sofoca y nada trae a un intercambio carente de expectación, cesa en su efecto condicionador de los deseos. “Larvado” puede resultar admirable para mostrar esto: el cielo, y todo lo demás, están allí o simplemente no existen. Poesía eminentemente ideológica, si la hay, cada línea, cada imagen ha construido previamente su genealogía, y nos obliga ya no a buscar secretas concordancias, sino a atar una frase a otra, como en un ritmo sordo, autárquico. Escatología, metafísica, el color de la naturaleza, lo mínimo oculto, su dimensión, es como tantear el fondo de un riachuelo con los ojos cerrados. Anatomía de una percepción o rastros de una devastación oculta, se trata de una relación capaz de retenerlo todo sin escandalizarse, opacidad del juicio y retiro hacia ese territorio de la pura beligerancia consigo mismo. Franco sigilo esa voz, dispuesta a no agobiar a nadie, y sin embargo cómo nos ata a su requisitoria, nos detiene y obliga a oír aun cuando esté de espaldas, integrada a un cosmos ni grato ni amargo lo explora con determinación , se hunde en él para palparlo con el cuerpo, regresa para decirnos cuán irremediable es todo. Ni resentimiento ni negruras del pesimismo, más bien resulta reconocible un fondo de amor por el otro mundo, aquel donde este se refleja -Murena dixit . Ni piedad ni ironía, tal vez extrañeza, y eso sí, un solipsismo que ha elegido sus objetos de entre la materia y las imágenes. Poco entusiasmo por la realidad, cómo negarlo.

El hombre Luis Moreno apenas ríe, en Cantares digestos hubo alguna vez la conciencia del humor, una remota tentación, nada más. Se aventuró en sus pausas y rápidamente renunció: ni catarsis ni demagogia le interesan. El dolor no purifica, eso queda claro y nos lo dice casi risueño, se abandona a su propio desinterés pero insiste en hundir los dedos en los lugares más sensible , es una manera de mantenerse despierto. Me pregunto por qué Manual para los días críticos (2001), el segundo libro de Luis Moreno, no resultó un estallido, monólogo obsceno omisor del entorno. Confieso mi incompetencia para adentrarme con eficacia en la docta regularidad de esas páginas, me abruma la persistencia de esa tensión sobreconciente de lo que ha empezado (y desatado), aquel universo poblado de objetos mínimos y gestos resguardados, no desaparece aquí, y no deja de ser sorprendente. Ahora, abismado en un examen de ese alrededor cósmico, describe (y reduce) desde la suficiencia de quien lo ha visto todo, la certidumbre se ha vuelto autoridad del liberado de toda urgencia, moscas y árboles han evolucionado hasta la gravedad de lo imprescindible, algo ha crecido, se ha expandido y lo notamos con alarma, Luis se da a la tarea de vindicar lo inadvertido, lo caído en desgracia sustraído de toda compañía y lo hace con palabras corteses. Apela a un discreto olvido del yo, lo sustrae para hacer un poco más abierta la elección del catálogo de lo venerable, ya se sabe: el tazón de leche, la rodaja de pan, el brillo en el charco. Ha pensado en necesidades metafísicas, diríamos, se permite hablar de la muerte y de hábitos sobrevalorados ( la grandeza del amor y el cuerpo limpio ), y ahora su parsimonia obra sobre un reino más amplio, y más grave aún: nos persuade de su conveniencia.

En este autor la erudición está traducida a la rutina de lo sensible, perceptible desde los sentidos, lo ordinario y anónimo se nos vuelve entonces complejo, extrañamente autónomo. Erudición como exploración de lo desdeñado por otros, como pulso y mirada de los saberes configuradores de una sensibilidad y una moral. De ahí la ascendencia sobre las intuiciones del lector, su cercanía alarmante y seductora, pero sobre todo su límpida persuasión, nada de encomios ni argumentos dramáticos. Esa sección llamada Alturas de Babel, o “nadie mire hacia abajo” , podría ser la apelación a un criterio de verdad, versiones, traducciones, figuraciones de simpatías, antología y trozos de la misma mirada, rendez vous de paseantes desapercibidos y observando el mismo paisaje. Desde el fondo caótico de la ilustración (la cultura como sugerencia) Luis Moreno es capaz de deslizarse a través de retóricas y barrocos, del peso de los estilos y la misma tradición, para darnos su visión personal de los hechos, y si he dicho metafísica es por la levedad de sus intenciones, sus maneras casi respetuosas.


SELECCIÓN DE POEMAS DEL LIBRO INÉDITO "Eme sin tilde" DE LUIS MORENO VILLAMEDIANA (Por Miguel Angel Campos)

Metafísica del acto de comer

el que habla con un trozo de pan en la boca
y a la espera el café
en la mano,
¿qué adivina qué puede anticipar
en la desaparición repentina en sí mismo
del concertado universo y el brevísimo océano
de uno y otro,
pesados
cadáveres de roca milenaria
sin nombre?;
¿cuántos años de historia se traga de intentos
de avances cuántos burdos comienzos
o fallos de eso que va a esconderse
profundamente en lo hondo?;
¿dónde empieza el destino de eso callado,
de eso que no abre los ojos ni se queja,
de eso que para sí/tal vez/guarda su candela sus ruinas
de eso callado tan en silencio que se hunde?;
¿el que habla con un trozo de pan en la boca
y a la espera (etcétera)/
lo sabe?; ¿o no le importa?;
se mira el objetivo;
se cierran un instante los dos ojos/no mucho
y la mandíbula inferior baja con un golpe tenue como un golpe
entre arrecifes/debajo del agua
y hay, se oyen, celebraciones dentro/y los ojos
se abren se cierran los ojos las ligeras
compuertas de los ojos
que miran
por quizá un segundo la sangre toda la masa
la respiración tal vez del trozo de pan casi en la boca
y siguiéndole (etcétera),
eso que se resigna,
eso que en otra fragua de uno arde
como preámbulo de algún mito distinto
de otro pan
para otros animales


Otra lámpara con algunos insectos

con poca ceremonia las luces se prenden, aquí,
como a las ocho/en el verano;
no se mueven ni mueren los pájaros cuando anda
como de paso la luz de neón/sobre el charco inmóvil,
ni necesariamente llueve
(la lluvia de otros soles quizá depende),
ni cierran los amantes los párpados,
ni los abren los muertos
los gatos
los gerentes;
sólo los insectos que de día se esconden
en los patios que exploran en los tallos, cortos, de hierba
o nadan
en un estanque/en agua
olvidada por semanas en un balde,
notan en mitad de la rutina la chispa súbita
de planetas de vidrio;
a las lámparas graves insectos vuelas descuidadamente
apenas cuartos desprotegidos balcones plazas de armas
forman otro día en la tormenta,
contra los bombillos chocan sus alas,
el polvo acumulado en varias
(no muchas)
excursiones
a las luces (no mucho) se adhiere,
como un traje cinéreo para un raro desfile
al filo del crepúsculo;
temprano en la mañana en el verano, aquí, con poca ceremonia
las luces se apagan;
se espera otro día húmedo;
se maldice;
se sacan las escobas
para algunos
(no tantos) (quizá)
insectos


El sol se pone a elegir

rara es la democracia del sol;
puede verse;
en el sofá de enfrente/por ejemplo;
hay más luz en un lado que en otro;
sólo se quema una parte, en la sombra otras mueren;
algunos dirán que es el lugar/el orden/no el sol
lo que hace que en el día brille el espaldar
a veces, y no los cojines, no las patas
de madera, cortas;
quién sabe;
ahora parece que el sol/alguien/elige
dónde cae el día,
a quién se olvida cómo, al menos
por un tiempo;
falta poco
para que todo cambie/hasta yo
cuando en las sombras
como insectos,
como caídas monedas sin valor,
a todos nos olvide una chispa,
un fuego
desde el suelo; hacia arriba

Estudio de los efectos de la brisa en las pieles

de nuevo esta semana/el viento/
muestra algo, variaciones
de su propia rutina, sesgos de frío;
el otoño ya tiene diez días;
todos los sabemos;
el guardarropas se enteró también, recientemente,
como la brisa del lunes martes; la brisa; del miércoles;
con conchas cristalinas de un tiempo en calma atemperado
que vuelve de visitar otras pieles;
cuánto vaya a quedarse/el viento;
tirado mañana quizá sobre la grama
voy a dejar que todo lo demás hable por mí
desde todo el cuerpo
con la carne erizada;
puede el tiempo durar una larga temporada;
de eso/a lo mejor/tirada
la carne entera/quizá/mañana/diga algo,
tal vez entonces como un himno cante la piel
de nuevo
de gallina