Para contar un cuento

Por: Miguel Angel Campos

 

Si la escuela está hecha para el acuerdo, para poner al individuo al tanto de unas normas que tácitamente la sociedad debe observar, entonces su función es esencialmente apaciguado­ra, destinada a frenar aquello que pueda ser fuente de liti­gios. De tal manera que se ejercita a cabalidad cuando se desi­deologiza. La escuela venezolana cumple, entonces, con el obje­tivo que para ella ha trazado un determinado proyecto de poder. Entendámonos: lo escolar y su axiología se extiende desde el preescolar hasta los ruidosamente llamados “estudios de cuarto nivel”. En el lenguaje del situado constitucional se le llama el sector educación , es decir, el mecanismo de la máquina que distribuye la orden del día, y esa orden no es otra que la conformidad, el fraude, la desidia, la mala conciencia como hábito, en nuestro caso. Esa escuela no produce porque ella ni siquiera es origen sino consecuencia; así, pues, reproduce , duplica, justifica unas prácticas, un orden previo. Démosle un vistazo a ese orden y reparemos en su iniquidad esencial: es injusto y filisteo. Por ahora, y aquí y hasta nuevo aviso, olvidémonos de ese cuento que habla de “las altas funciones de la educación”. Esas funciones son importantes, sin lugar a dudas, pues ayudan a retener el poder en la forma que ya conocemos en la sociedad venezolana de los últimos treinta años, digamos. Pero no son funciones dignas, son profundamente indignas y asociales y en esa medida esa educación debe ser denunciada. ¿Quién lo hará?, ¿el Estado?, ¿la familia?, ¿la sociedad en bloque?. Parece poco probable, porque ellos han sido hasta ahora elementos activos y pasivos del fraude, como instancias han funcionado con una relativa normalidad, es así como no les resulta hostil, ese fraude es la garantía del mantenimiento de una convivencia en la que el desacuerdo no existe y el cuestionamiento es una palabra que nada dice. El conflicto sólo es conocido en sus formas subalternas de enfrentamientos entre grupos asiduos a la institución, o clanes, peleas gremiales y vendettas : todo dentro de la familia, nada fuera de ella ni contra ella. La denuncia de esa educación inicua no puede provenir sino, entonces, del ejercicio del punto de vista, de la vocación beligerante de toda auténtica práctica intelec­tual, de la lucidez ética, de la capacidad y determinación para enfrentar la farsa que impune evoluciona en el sector educa­ción y cuyos cuarteles generales se localizan desde el destar­talado y tristísimo galpón de preescolar con sus infames maes­tricas abotagadas por el insomnio y la banalidad de la lucha por la vida, hasta el gris edificio de ventanas humedecidas por el frío excesivo, a donde vemos llegar el incalificable profesorcito universitario que fastidiado va a confrontar con la nada su mediocridad y su ineptitud para pensar; abatido, al fin y al cabo, por la certeza de que el sueldo ya no le permite ampliar la casa o cambiar de carro. Esa escuela, en fin, no es una vergüenza porque a nadie escandaliza, tampoco legitima nada porque carece de discurso. Es una bonachona guillotina de la que unos niños, probablemente aptos para la felicidad, salen ahora a disputar a su hermanito el privilegio de mentir, a la que unos adolescente sin adolescencia entran con su impunidad, con su desprecio por los libros y la fraternidad, amparados en el dudoso privilegio de figurar en la lista de estudiantes activos de la Universidad.