CORRECTOR DE ESTILO |
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Milton Quero Arévalo nos entrega una narración que por fuerza del humor, las peripecias de unos personajes envolventes, casi en tránsito hacia la tragedia, de la ironía y el desaliento de un pueblo; los juegos dialectales, los atavismos luminosos, como una alegoría del amor excluyente, van hacia el centro de lo que niegan: la vida y sus espejismos atravesados por el sol. Novela que, en cierta manera, es una fiesta del imaginario lacustre, expresión de una sociedad que pervive en un halo romántico contra la insistente realidad de un mundo que no se detiene. El eterno retorno de lo humano en la morosidad del destino. Nadie se atreve a conquistar otro espacio que no sea el de la memoria, y ésta abre círculos para crear el discurso de la aventura, la ficción del recuerdo, montar una historia en un mundo paralelo, el mundo posible que viene de las lecturas y sus personajes. Peripecias, entornos y retornos, como quien abre cortinas que van hacia otras habitaciones de la memoriosa ciudad que aún palpita entre nosotros. Una lengua-nudo que sólo es posible a quien conoce la semántica perfecta y sus variaciones: procacidad y lengua en la literalidad y, sin embargo, espectáculo de la literatura con sus galas de oficio y oficiante de este autor que cuenta una historia real y la hace creíble por la magia única de vivir en Maracaibo. Incluso la aventura tiene sus trampas. Nadie puede tener tantos sentimientos encontrados como el marabino: pasiones del idiolecto hechas carne como si se trataran de un evangelio en cierne pero agostado en la canícula. Trampas contra la moral velada en un viaje secreto en automóvil por la ciudad, habitación velada donde se hace el amor mientras el fragoroso templo de las calles circunscribe la historia paralela. En fin, celebramos esta excelente novela de Milton Quero Arévalo, no sólo por lo que tiene de vuelo literario, sino, igualmente, porque nos muestra y conquista una tipología de la representación que puede ser universal.
José Francisco Ortiz. |
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