NELLY MÉNDEZ
GRITOS DE GÁRGOLAS

 

 

“Gritos de Gárgolas” son voces mudas que emergen e irrumpen al cielo, a un espacio de afuera, por encima de la ciudad, desde lo alto hacia la tierra desde donde se las mira con misterio. Sus bocas están allí eternamente abiertas y sus voces son “gritos mudos”, como nos dice la autora. Son desagüe de los techos, desahogos, cauces a las aguas de la lluvia que, al bajar por sus gargantas y caer en las calles, producen un sonido peculiar, propio. Arquitectónicamente pertenecen a una tradición que ya no existe, pero sigue estando allí su necesidad. En la actualidad se emplean otros recursos para suplirlas y cubrir su función. Hoy sirven a la escritora para titular su poemario y al mismo tiempo simbolizar su mundo y su percepción de la realidad, para, de algún modo, identificarse con ellas.

Tal vez, secretamente, las gárgolas seleccionadas por la autora para identificar la portada de su poemario guarden alguna simbología que ni ella misma tenga presente en su conciencia y menos aún la utilice de manera exprofesso. Nosotros al observarlas en la portada nos aventuramos a pensar que la imagen de ellas encierran un curioso y coincidencial parecido físicamente con los sexos masculinos y femeninos. Extendidas hacia fuera simulan la imagen de falos erectos con sus glandes, pero asimismo en sus aberturas albergan la imagen de vaginas receptoras, en espera de ser penetradas.

No son poemas de juventud sino de madurez, aunque muchos estén dirigidos a la vida de la infancia, de adolescencia o de juventud, y rescaten desde allá aquel mundo esfumado. Es una poesía fresca como agua de manantial, reflexiva a cada paso, espontánea, que constantemente busca hacerse planteamientos o interrogantes, o aún abocarse a la confesión íntima. Hasta en las cosas más sencillas y cotidiana penetra su poetizar y desgaja los pormenores trascendentales de ese mundo en los que justo se da el encuentro posible y el sentido del compañero, de la pareja.

En su poesía los versos se abren como venas, laten fuerte, golpean, impresionan. Son voces de una mujer que se retrata en una dimensión auténtica, cruda en sus emociones, en sus ideas, en su sentir. Aquí está ausente la diplomacia social. Nada parece amordazar la palabra; ella busca expresarse libremente, sin ataduras preconcebidas. Así, se la siente respirar, sin rebuscamientos, sin cercos, sin acudir a la moda o al fatuo camino ya trazado por otros escritores; tampoco se disfraza bajo el recurso del invento de palabras que hipnoticen a lectores desprevenidos. Su voz es de ella, como la de una gárgola. Su lenguaje brota sin deudas o préstamos, sin hurtos literarios o complacencias hacia lectores clientes de falsa literatura moderna. El hablar es espontáneo, diáfono, sin pantallas seudo intelectuales. Lo cual no quiere decir que esté ausente del normal diálogo histórico que todo escritor entabla con el mundo de la literatura, con ciertos escritores.

Temas como el erotismo (que alcanza niveles agudos y bellos) los aborda con la naturalidad requerida, justo como es la sexualidad, enmarcándola en imágenes y frases hermosas -como en “Tacto, Escucha, Te observo, Espera, Tarantín, Invitada a morir”, etc-. Aquí las miradas al sexo se las aborda espontáneamente, sin escamoteos, sin esa crudeza que los enturbie o los convierta en baratijas vendibles. Nada insano hay en esas líneas de impresionante belleza y fuerza sexual. Son fulguraciones alusivas a una relación normal (aunque este término generalmente suele ser restrictivo y equívoco), bocetos de un esplendor natural, alejado de toda clase de morbos o imágenes lúdicas comerciales.

No deseamos ni queremos encasillar esta poesía en un género en particular por diversas razones. Por una parte no es en sí “encasillable”, y por la otra, la poesía, igual que la narrativa, está imbuida en la historia, se alimenta de toda una linealidad de estilos y pensamientos, con ellos se conjuga en el normal diálogo del arte (la lectura y la expresión). Pretender entonces sujetar y suscribir a un poeta y su producción a una forma única de escritura, puede fácilmente resultar un equívoco. Es más saludable definirlo como un escritor en el que se descubren diversas formas de escribir en busca de su propia voz. Es, por ejemplo, también lo que pasa con Eugenio Montejo, frente a cuyo poetizar uno prefiere más el disfrute y la admiración de su arte que apresurarse a clasificarlo. En él hay una mirada amplia, donde hace acopio de su percepción mundo y de sus vivencias con un lenguaje propio, cultivado y conjugado en la historia y en la cultura.

Los poemas de Nelly Méndez son de una expresión exaltada poco común en la literatura, aún en la poesía femenina, que en todo caso suele ofrecérsenos en los tirajes de las páginas culturales y literarias de los grandes rotativos del país y en revistas de especialidad, con sus frivolidades, ligerezas y hasta intentos fallidos de una poesía que no llena expectativas intelectuales y estéticas. Méndez consigue ir al detalle, a la sutileza, al logro, con un alcance de pincelada, de toque, con versos cortos que encierran un mundo intelectual denso. Deja a nuestros ojos un dibujo, un boceto, en el que entramos para recrearnos y participar como lectores que aportan a la vivencia mostrada, siguen la respiración contenida y los pasos de su autora.

Aún los temas de dolor suben a un grado estético de esquisitez, de satisfacción intelectual, de reflexión y amor, de belleza cincelada. Los versos sobre experiencias del mar son en muchas ocasiones casi antológicos y se funden en un encuentro con la vida. Por otra parte, las miradas a la maternidad (en “Romances fúnebres”) casi devienen confesiones poco frecuentes en la literatura.

En entrevistas y conversaciones con la autora nos ha expresado que cataloga a su poesía como “visual” y que cree tener tendencia hacia la imagen, que tal vez se deba ello a su vocación natural y a su vínculo con el cine. En verdad encontramos en sus poemas una amalgama o sincretismo de géneros. Quizás en ellos prevalezcan en ciertos momentos las vertientes surrealistas, aunque hay un “decir” discursivo-poético predominante, donde destilan ideas bien firmes, maduras, de gran sensibilidad, cuyo contenido es inteligible y no aleatorio, menos aún gratuito, fatuo o de relleno. Su poesía en momentos es potencialmente desgarradora, pero no por ello abandona el tono sublime y hermoso que la caracteriza.

No acude a un lenguaje rebuscado ni a juegos pirotécnicos de palabras, ni siquiera a un cultismo remontable a los diccionarios para encerrar ideas o sentidos. Las palabras son sencillas, las que necesita para señalar la vida, las cosas, para dibujarle al lector su percepción, su mundo, su sentir. En el acomodo de ellas, en su vínculo y enlace, en sus giros, es donde estriba su peculiaridad. Hay mucho uso del gerundio y éste suele ser en poesía peligroso. En ocasiones es recomendable que desista de él, que busque perífrasis verbales, frases adjetivadas o adverbiales, o aún otros recursos.

¿Es posible desmentir el límite que existe entre el poetizar femenino y el masculino? Aunque hay una fuerte corriente (principalmente feminista) que defiende esta tesis, -aboliendo dicha separación y linderos-, nosotros debemos pronunciarnos por una intuición como lector. Si es evidente que el hombre y la mujer no son iguales, que un sin números de diferencias de toda índole obviamente postula la desigualdad, ésta no es para menoscabo ni de uno ni de otro género. Por el contrario, nos lleva justo a puntualizar que la diferenciación corporal y espiritual es también del intelecto. Las percepciones son diferentes, diferentes son los cuerpos, lo son los cerebros, sus equilibrios hormonales. No se trata de establecer superioridad o inferioridad de pensamiento o de poesía; lo que existe entre ambos es más bien una “diferenciación”, un “ser distinto”. Así todo esto hace que obviamente sean dos las concepciones del mundo, de la vida, de cada detalle, de las miradas al mar, a los niños, a los animales, a las piedras, a la visión del cuerpo del compañero y del sexo. No existe en Nelly Méndez distorsión en su rol de mujer y de escritora en cuanto que asume ambos a plenitud, sin irrumpir sus percepciones femeninas con falsas posturas de intelectual extraviada.

Augusto de Montenegro,
Caracas, marzo del 2001

 

 

GRITOS DE GÁRGOLAS

 

Atila sobre Pegaso

 

Llegaste a mí
desnudo y alado,
urgando en mi piel
promesas de mujer
en el olimpo.

Desconocido y mío,
aún arden de sed
mis labios fríos.

En el silencio de mis tumbas
tu voz hizo el milagro.

Fuiste mi encuentro,
mi adiós,
mi exilio,
mi infierno;
manto de olas,
velo celeste sobre mis desierto.

Tributo

De mí te ofrezco
el impulso de vida que soy,
el ímpetu furioso de mi sangre.

Reconocí tu piel tibia y transparente
en los remotos rincones de mi tiempo.
Amé desde mi origen
el ardor de tus ojos
musgo ámbar,
musgo verde.

Supe quién soy
al descubrir tu rostro
atado a mis memorias.

¿De qué lugar indescriptible,
impenetrable, de nuestra existencia,
nacen estas voces,
esta llamada hacia ti?

 

Resaca

Al penetrar tu barca
en mi ruta marina,
mil brújulas sin tiempo
volaron hacia el norte.

Aún era inocente
mi boca en tu velero;
era el viaje de los dos,
era el inicio.

Tal vez estuve siempre
en tu senda a la deriva,
sedienta de tu luz,
del golpe de tus olas
en mi cuerpo de sirena.

Ahora soy un soplo,
aliento de naufragio,
aliento único,
adorado y perdido,
¡abandonado!


Tacto

Tócame ahora
que mi piel evoca
la suavidad de las garzas
aladas en celo.

En la humedad de mis labios
tu falo desnudo crece en silencio
hasta mi garganta.

Tócame y pronuncia
el latir ansioso
de mi semilla coral.

Tócame profundo,
allí donde nacen
mis pliegues marinos
y entierra allí
tu lengua de ola.

 

Autorretrato

 

Yo mujer,
nacida de un susurro,
arrastrando la piel
de la serpiente bíblica,
labios de mar,
escote de nubes.

Yo mujer,
desposeída de mí,
prisionera en los espejos,
desconocida y ausente,
diluida.

Yo,
santuario vegetal,
encendida de semillas,
mordiendo las sombras,
esculpiendo la luz.

Yo mujer,
nido de pájaros,
pasto de bestias,
yerba seca,
yerba verde.
Savia y sangre
¡Dilo!


Claraliz

 

Niña de mi sangre
nacida en un diluvio,
extiendo mis manos
para acariciar tu pelo.

¡Mi niña de nácar! :
sueños marinos
coralinan tus labios,
tu piel,
y tu sexo.

Caracoles y conchas,
almejas y algas
copulan sentimientos
en tu ritual celeste.

Crecen como espuma
tus senos en la luz
de un mar sereno.
Tu vientre es una barca
anclada en mis temores.

Mi niña, aún no;
y nunca lo entiendas...

Desde la orilla
te observo en silencio,
y soy yo
otra vez.

 

Silueta de amantes

Sentí al amanecer
espuma de greda
cubriendo tus manos;
y tuve miedo,
miedo de perder
en un instante
mi humedad transparente,
miedo de enlodarme
para siempre en tus angustias,
miedo de tus miedos,
de tus memorias,
de las cenizas de tu voz,
del hedor de tus escombros.

Temo a los fantasmas
cercando aún
el lugar de nuestro encuentro.

Anochece...
Hay greda endurecida
cubriendo nuestras manos,
todo nuestro cuerpo.
Sé que al amanecer,
entre dos piedras,
con silueta de amantes al sol,
dará cuenta
de un hilo
de humedad agonizando.