José Francisco Ortiz / Cósimo Mandrillo
y parte de los asistentes en la
Universidad Bolivariana de Venezuela

 
     

TITO NÚÑEZALEP
ALE XIS FERNÁNDEZ

TODO INDICIO DE TI

José Francisco Ortiz

Cuando un libro congrega a los hombres para conversar y celebrar una pasión, estamos seguros de que el mundo será una posada más cierta para la libertad y la vida. Si esta pasión se construye desde la poesía, la casa del ser alaba lo humano; y, desde la urdimbre exacta de sus moradas, la redención es posible.

La Universidad Bolivariana de Venezuela cumple con ese noble propósito que ya definía Paúl Valery, a propósito de la lectura y análisis del Cementerio marino por parte de Gustavo Cohen en la Sorbona. “El pasado no es sino el lugar de las formas sin fuerzas, a nosotros nos incumbe procurarle vida y necesidad, y prestarle nuestras pasiones y nuestros valores”

Gustosamente he aceptado la invitación para que hable hoy acerca de un texto poético Todo indicio de ti cuya autoría corresponde a Cósimo Mandrillo con quien, sea dicho de paso, me unen largos años de amistad y trabajo, lo cual no es óbice para construir una epojé consistente que dé cuenta de la obra en cuestión.

Hay un poema de Rilke donde expresamente se interroga al poeta, siendo él mismo un creador, en busca de las respuestas que aligeren el peso de una costumbre. Quiere constatar por vía de la experiencia lo que la intuición del artista ya ha vivido hasta la saciedad, y en el diálogo, que sólo es referencial, construye, finalmente, la mayéutica de lo innombrado.

Oh di. Poeta, ¿qué haces tú? –Yo alabo.
Pero lo mortal, lo monstruoso ¿cómo
lo asumes en ti, cómo lo asimilas? –Yo alabo.

Pero lo que no tiene ningún nombre
¿cómo puedes llamarlo tú, poeta? –Yo alabo.

¿Por qué tienes derecho en toda máscara,
en todos los disfraces? –Porque yo alabo

Nuestra actividad literaria nos ha mostrado a lo largo de los años que en toda expresión hay una confesión. La puesta en escena de la realidad es el centro donde se congregan las pasiones para dirimir el espacio de lo escatológico y de lo divino, y sin embargo, el poder del artista se enseñorea sobre la realidad para alcanzar las cimas de su existencia. Este “Yo alabo” de Rilke es un hito definidor de lo esencial en el arte y un ajuste de cuentas con el positivismo.

Textos poéticos, y en este caso especial de Todo indicio de ti, nos lleva al borde de la ensoñación porque ésta actúa “en forma de estrella. Siempre vuelve a su centro para lanzar nuevos rayos” (Bachelard). Y cuando uno se encuentra con el hervor de un lenguaje esparcido en indicios que constatan la presencia de la mujer, pero no sólo en el sentido esplendente de una pasión, sino que tiene la capacidad de anunciarnos la brevedad de la vida y sus opuestos noche/día, en el sesgo de lo posible, donde “los olores, los sonidos y los colores se corresponden” (Baudelaire), el poeta dice:

“Me ennieblo
Me unto de verde
La montaña tiene caminos que le zanjan el dorso
El hombre manco lee las marcas de la tierra
Verano que esconde lluvia en agujeros celestes
El hombre manco tiene pactos con el fuego
Enciende hogueras
Repite pases en la superficie de su manos sola
Se interna en la leña encendida
La mano es candela y venas
Tizón de carne
Lienzo de luto”

El poeta se reconoce como un chamán que hace alquimia y descubre las fronteras de lo hermético. Hay un puente impreciso entre la memoria y el temblor de la mirada que recorre las imágenes del sueño y la superficie de las llamas que alientan el corazón deshabitado. Se trata con la singularidad del lenguaje de un rito de la gradación del espacio. Antiguas formas espejean en la candela.

El poeta confiesa su situación en el mundo y sus prácticas. Ciertamente, el hombre es una conquista en transición hacia la diversidad de lo humano donde lo irracional aún cuenta, por ventura, para la consciencia del futuro. Y de esas prácticas –permítamente la indicación – la poesía, entre todas las manifestaciones sociales y de la naturaleza en general, si nos atenemos al enunciado poético de Holderlin, como el “más inocente de los menesteres y el más peligroso de los bienes” , es la confesión la que palpa el espíritu que no sólo escucha su vida interior sino que puede alcanzar en el canto al universo entero.

He creído, justamente con la lectura de Todo indicio de ti de Cósimo Mandrillo, que estamos en presencia del lenguaje de la madurez. Madurez no sólo circunscrita al tono impecable de la expansión de su voz, sino que tras un tema de larga data, como es el erotismo, acusado, envilecido y vapuleado por el lugar común en todos los tiempos, tiene en los textos de Mandrillo un destino posible de dignidad y de ofrenda a los misterios del amor.

Los antiguos y nosotros mismos, de la vida veloces; practicantes y emuladores de los días, tenemos la certeza de que hay tres formas de representación del amor: Filius, de la amistad, del sentido familiar y querencia humana por las contornos que unen la figura al fondo; ágape, la fiesta del logos y lo humano, es decir celebración del espíritu con Dios y, finalmente, eros en la fusión del cuerpo y sus territorios, Dionisio en la sensualidad abarcadora y girante de sueños reveladores, exultados por el fulgor de la piel.

Mandrillo se aviene con perfección a esta alabanza del espacio femenino. Eros constante en el vórtice donde el aire es un susurro que se desliza sin prisa por los pliegues lengua-ánfora en el deleite, acallando los espasmos en el descubrimiento de indicios líquidos en vértigos hacia el nacimiento del placer. Los opuestos líquido/fuego fluyen constantemente. El fuego no aminora la humedad, hay un sentido de lo tibio, como la incandescencia de la llama de una vela, temblorosa; la humedad eleva y fortalece lo ígneo, lo condensa y proyecta sobre la extensión de la piel.

Todo indicio de ti conjuga estas tres formas: la amistad, el logos y eros en este intenso discurrir del lenguaje sobre el cuerpo de la amada. Es un convite en el lugar de la fiesta y del regocijo, porque la obra en su tono, en su metáfora viviente, es un fuego que avanza como liberación

“Hoy decido respirar por tu boca
Traer conmigo el aire que te llena
Recorrer los pasillos de tu corazón
Las ventanas que apuntan hacia adentro
Hoy me hago anatomía de ti
Cuerpo en ti
Agua salada que me sudas
Hoy decido ser tu gota de saliva
Lengua matutina
Aire vertebral que salgo por tu boca
Y vengo a mí
Para encontrarte”

El poeta llega al altar magnífico de la celebración: la mujer, espacio del rito, anunciador de una doble asechanza, el desdoblamiento que enlaza el sueño y la vigilia, y, sinembargo, es la memoria que, como hilo de Ariadna, avanza con sigilo y canta:

“Este animal que soy/Oficia en tu cuerpo/Me desplazo de tu piel a tu piel/De tus cicatrices a tu ojo en llamas” . Se trata del fuego sexualizado del cual nos habla Bachelard: “Es por excelencia el trazo de unión de todos los símbolos. Une la materia y el espíritu, el vicio y la virtud (...) Yo manipulo, dice el Alquimista. –No, tú sueñas. –Yo sueño, dice Novalis. –No, tú manipulas . La razón de una dualidad tan profunda es que el fuego está en nosotros y fuera de nosotros, invisible y brillante, espíritu y humo”

El tiempo gira y libera. El cuerpo se extiende como un río inédito que sólo consiente en rumorear en el alma, como sonaja expectante en la humedad de las palabras colmadas desde una penumbra pretérita, arcaica de una voz que lame y marca sus posesiones y enmudece en la fruición del éxtasis:

“El hombre que sueña
Que ella sueña
Que él la toma sin consideración ni sentido
La usa como tiza para marcarse el corazón
Estruja contra su alma
La piel de ella que es oración y milagro
Se moja de ella
Del río oscuro
Que le corre en las venas
Se trasfunde
Todos sus líquidos están en ella
Todo su mar
La copa entera que deletrea
Día a día

Todo indicio de ti es la polifonía del mundo, la recreación de la naturaleza humana, donde el corpus erótico, ojo especular, sólo alienta adherirse a la piel con levedad del viento; en su quietud arma incandescencias en la noche y fragua su destino desde las sombras. Acaso no adevertimos que se trata de la anunciación del verbo dejando sus rastros, sus indicios en la piel siempre nueva del ser amado para que la costumbre no acalle los sonidos que el espíritu ardoroso y triunfante redime

"La piel de mi hembra cubre esta mesa
He puesto cúrcuma y deseo en su carne
Y un grano de anís bajo la lengua
Para sus senos
Ni miel, ni vino, ni coca-cola
Sólo un grumo de sal
Cultivado en el oleaje de agosto
Sobre su vientre
Con una mezcla de achiote, ajonjolí y canela
Cocinaré el recorrido de estas manos
Boca saturada
Clavo de olor
Jengibre abrillantado y laurel
Dormiré ahíto
En el horno de sus muslos
Indigestamente enamorado"

Vuelven las cadencias de un lenguaje que sube a la inmensidad del nombre, sigue los rastros y encripta en el corazón el mar lejano de la inocencia, del niño que atraviesa las edades y lucha.

“Hay un niño en la playa
Diminuto como un ojo herido
El niño apuesta sus monedas a la luz del día
Se sienta cual náufrago sobre el recuerdo de mujer
Se dice adiós
Se vuelve Se olvida”

Desde la orilla de los días le llegan voces lejanas, la imagen materna es un relámpago, repliega las voces atávicas, como en los versos de Valery: “ ¡No,no! ¡De pie! ¡La era sucesiva!/¡Rompa el cuerpo esta forma pensativa!/¡Beba mi seno este nacer del viento!/Una frescura del mar exhalada,/Me trae mi alma...¡Salada potencia!/¡Corramos a la onda, revivamos!”.

El recuerdo vano e insistente arma sus flechas, punzantes sobre el límpido tiempo que aún permanece en la mirada, pero este es el destino del hombre, revivir en el asombro de las manos que recorren los caminos de la hembra, y es el lazo que une la memoria a un tiempo de prodigios como “... un mar /cada vez más inmenso/Más extraño/Y más suyo”.

Hay un giro entre la piel, los indicios y los anhelos que sólo pueden ser alcanzados por la ubicuidad de la extensión (el mar) y la rugosidad del pergamino donde asegura la escritura y, al mismo tiempo, es semiosis recurrente de la nostalgia, no como dolor, sino como dolida ausencia de un espíritu que ama la aventura y calca los signos:

“Leo en el pergamino que eres
Te recorro en cada palabra
Te reconozco
Entro en ti sigiloso
Para encontrarme
Leo
Puede que estés aquí
Eres la mano que sigue la línea
La lengua que pronuncia cada palabra y su aroma”

Hay cierta opacidad, una latencia oculta en la llama que atraviesa el “cuerpo ausente”, la “textura buena de piel y lengua” cuando se buscan “estrategias para el olvido” como "Un elefante que va al cementerio" ilusión del tiempo y del nombre, la cosa nombrada al borde del misticismo: hirientes sequedades para el olvido. Indicios tras la urdimbre poética de la mujer como un bosque siempre ignoto, radiante y sonoro.

Toda esta poesía es la confesión de un destino en la unidad del ser amado contra todo juicio, contra toda valoración que subvierta la pasión. Ante el sentido del pecado, de una culpa hecha jirones, batiendo puertas contra la conciencia, contra la espiritualidad no queda más que despertar el alma con los secretos de una inocencia irredenta.

No sabemos si el que sueña posee las claves del código y el que habla abarca la signatura de la lengua, o si esta cadencia de la palabra es el postigo de la oscuridad donde secretamente la mansedumbre es perfecta.

No sabemos hasta qué punto la transfiguración es conquista alada de la ensoñación y cómo los recuerdos baten sus cautivas pócimas de amor.

“No hacer la cama
No alisar las sábanas
Buscar todo indicio de ti
Identificar cada sospecha de tu cuerpo
Determinar rastros de humores, piel, cabello
Analizarlos a conciencia
Determinar culpabilidad
Guardar el expediente al fondo del alma”

El poeta dice: “me ennieblo” , es decir me hago inocente en la blancura de las sábanas y extraviado en el deleite, untado de verde “Equidistante del azul celeste y del rojo infernal, ambos absolutos e inaccesibles, el verde, valor medio, mediatriz entre el calor y el frío, lo alto y lo bajo, es un color tranquilizador, refrescante, humano” (Chevalier/Gerbarnt).

“Uno habla y es viento
Persiste en la huida y es igual de oscuro
Toca mi alma si puedes
Reconstruye mis pedazos
Como un lego en las manos de un niño”

Todo indicio de ti es un poema circular que no se agota en sí mismo porque va en círculos concéntricos hacia su propia expansión. Las imágenes van tras las huellas tardas del hombre como una alegoría nocturna de otredad. Por estas visiones y anhelo de eros:

“Este poema ha sido escrito muchas veces
Por ese que vio por primera vez el río
(...)
Poema sin salida
Sellado como una esfera
Inmediato y finito
Como nosotros”